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"La marcha de la sal" - Mahatma Gandhi


Gandhi, Mahatma

"La marcha de la sal"
 Discurso de Gandhi el 11 de Marzo de 1930.

Enlaces: Pacifismo | Mahatma Gandhi

"Pero que no haya ni asomo de alteración del orden público después de que todos nosotros hayamos sido arresta­dos. Hemos resuelto emplear todos nuestros recursos en la prosecución de una lucha exclusivamente No-Violenta. ¡Que nadie cometa una irresponsabilidad en un momento de ira!..."

"Con toda probabilidad éste será el último discurso que os dirija. Aun en el caso de que el Gobierno me permi­tiera emprender la marcha mañana por la mañana, éste será mi último discurso en las orillas sagradas del Sabarmati. Puede que aquí éstas sean las últimas pala­bras de mi vida.

Ayer ya os dije lo que tenía que decir. Hoy me limi­taré a deciros qué debéis hacer después de que mis compañeros y yo seamos arrestados. El programa de la marcha a Jalalpur debe cumplirse tal como fue esta­blecido en un principio. La incorporación de nuevos voluntarios para esta acción debería limitarse sólo a Gujarat. Por lo que he visto y oído durante los últimos 15 días, me inclino a creer que el río de resistentes civi­les seguirá creciendo de forma ininterrumpida.

Pero que no haya ni asomo de alteración del orden público después de que todos nosotros hayamos sido arresta­dos. Hemos resuelto emplear todos nuestros recursos en la prosecución de una lucha exclusivamente no-violenta. Que nadie cometa una irresponsabilidad en un momento de ira.

Ésta es mi esperanza y mi plegaria.

Quisiera que estas palabras llegaran a todos los rinco­nes de la tierra. Que si perezco y si perecen mis com­pañeros, que mi tarea sea terminada. Entonces será el Comité de Trabajo del Partido del Congreso quien os indicará el camino y a vosotros os corresponderá seguir su ejemplo. En tanto llego a Jalapur, no permitáis que se haga nada que contravenga la autoridad que me ha conferido el Partido del Congreso. Pero una vez me arresten, toda la responsabilidad pasará al Partido del Congreso.

Nadie que crea en la no violencia como un credo, tiene por qué quedarse quieto. Mi acuerdo con el Partido del Congreso termina en cuanto me arres­ten. En ese caso, ofreceos voluntarios. Siempre que sea posible debería empezar la desobediencia civil de la sal. Hay tres modos de infringir estas leyes. Es una infracción fabricar la sal allí donde haya instalaciones para hacerlo.

La tenencia y la venta de sal de contra­bando, tanto de sal marina como de sal de roca, es tam­bién una infracción. Quienes compren esa sal comete también delito. Llevarse sal marina de los depósitos que hay en la orilla del mar es asimismo un modo de infringir la ley. Al igual que lo es la venta ambulante de esa sal. En resumen, podéis escoger todos estos recursos o cualquiera de ellos para romper el mono­polio de la sal.

Sin embargo, no debemos conformarnos sólo con esto. El Partido del Congreso no ha impuesto ninguna prohibición y allí donde los trabajadores locales con­fíen en sí mismos se pueden adoptar otras medidas adecuadas. Sólo hago hincapié en una condición, a saber, que se cumpla fielmente nuestro compromiso con la verdad y la no violencia como los únicos medios para la consecución de Swaraj. En cuanto al resto, todos tenéis carta blanca.

Pero, eso no os autoriza a todos sin excepción a seguir adelante bajo vuestra propia res­ponsabilidad. En cualquier lugar donde haya dirigen­tes locales, el pueblo debe obedecer sus órdenes. Allí donde no los haya y sólo se encuentre un puñado de hombres que tienen fe en el programa, pueden hacer lo que esté en su mano, si tienen la suficiente fe en sí mismos.

Tienen el derecho, mejor dicho, es su deber hacerlo así. La historia de la India está llena de hom­bres que se alzan hasta el liderazgo, por la pura fuer­za de la confianza que tienen en sí mismos, la valen­tía y la tenacidad. Nosotros también, si sinceramente aspiramos a la Swaraj y nos sentimos impacientes por alcanzarla, deberíamos tener una confianza similar en nosotros mismos. Nuestras filas se engrosarán y nues­tros corazones se fortalecerán a medida que aumen­te el número de los nuestros que son arrestados por el Gobierno.

Mucho es lo que cabe hacerse de otras maneras ade­más de éstas. Los licores y los vestidos extranjeros pue­den ser objeto de la acción de piquetes. Podemos negarnos a pagar impuestos si tenemos la fuerza nece­saria. Los abogados pueden darnos asistencia jurídica. El público puede boicotear los tribunales de justicia absteniéndose de entablar pleito.

Los funcionarios del Gobierno pueden renunciar a sus puestos. En medio de la desesperación que impera por todas partes, hay quienes aún tiemblan de miedo por si pierden su empleo. Estos hombres no son aptos para la Swaraj. ¿Pero por qué tanta desesperación? El número de fun­cionarios gubernamentales en el país no pasa de unos pocos cientos de miles. ¿Y el resto? ¿Adonde van?

Ni tan sólo una India libre podrá dar cabida a un número mayor de funcionarios públicos. Un recaudador de impuestos, por ejemplo, no va a necesitar de toda la serie de criados que hoy tiene. Él será su propio siervo.

Nuestros millones de compatriotas que mueren de hambre no se pueden permitir de ningún modo este enorme gasto. Si, por tanto, somos lo bastante sensibles, despidámonos del empleo del Gobierno sin que impor­te si se trata de un puesto de juez o de peón.

Que todos los que cooperan de un modo u otro con el Gobierno, sea pagando impuestos o enviando a sus hijos a las escuelas oficiales, etc., que todos pongan fin a su coo­peración con toda la intensidad y energía como les sea posible. Luego están las mujeres que pueden ir hom­bro con hombro junto a los hombres en esta lucha.

Podéis considerarlo como mi voluntad. Éste era el mensaje que quería transmitiros antes de empezar la marcha o el camino hacia la prisión.

Quiero que no se suspenda ni se abandone el combate que empezará mañana a primera hora o quizá más temprano aún, en el caso de que me arresten antes de ese momento. En cuanto mi grupo sea arrestado, aguardaré con entu­siasmo la noticia de que diez grupos están ya prepa­rados.

Creo que hay hombres en la India que pueden terminar esta tarea nuestra que he empezado. Tengo fe en la justicia de nuestra causa y en la pureza de nues­tras armas. Y allí donde los medios son limpios, allí está sin duda Dios con su bendición. Y allí donde estas tres cosas se combinan, la derrota es algo imposible.

Un Satyagrahi, esté libre o en prisión, siempre se alza victorio­so. Sólo se le vence cuando renuncia a la verdad y a la no violencia, y hace oídos sordos a la voz de su interior. Si, por tanto, aun para un Satyagrahi existe algo como la derrota, sólo él tiene la culpa.

Que Dios os bendiga a todos y que aparte los obstáculos y los escollos del cami­no en la lucha que comienza mañana."


"Una Paz basada en la Justicia" - Anwar el Sadat

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Anwar el Sadat

 "Una Paz permanente basada en la Justicia"
 Discurso pronunciado en el parlamento de Israel , 1977.

Enlaces: Conflicto Árabe-Israelí | Anwar el Sadat


"Cualquier conversación acerca de la paz permanente basada en la justicia y de cualquier medida para asegurar nuestra coexistencia en paz y seguridad en esta parte del mundo acabará careciendo de sentido mientras ustedes sigan ocupando territorios árabes por la fuerza de las armas...."

"En el nombre de Dios, señor presidente de la Knesset, señoras y señores, permítanme en primer lugar expresarle mi honda gratitud al presidente de la Knesset por haberme concedido esta oportunidad de dirigirme a ustedes. Me presento hoy ante ustedes con firme convicción para dar forma a una nueva vida y para instaurar la paz. Todos amamos esta tierra, la tierra de Dios, todos: musulmanes, cristianos y judíos. Todos veneramos a Dios.

No culpo a todos los que recibieron mi decisión cuando la anuncié al mundo entero ante la Asamblea del Pueblo egipcia, no los culpo por haberla recibido con sorpresa e incluso con asombro. A algunos los tomó totalmente desprevenidos. Otros la interpretaron incluso como una decisión política para camuflar mis intenciones de emprender una nueva guerra.

No obstante tomé esta decisión tras una larga reflexión, consciente de que constituye un riesgo inmenso, pues Dios Todopoderoso ha hecho que mi destino sea el de asumir la responsabilidad de agotar todos y cada uno de los medios en el intento por salvar a mi pueblo árabe egipcio y a la nación panárabe de nuevas guerras de dolor y destrucción.

Tras larga reflexión, me convencí de que ese compromiso de responsabilidad ante Dios y ante el pueblo hace que sea labor mía llegar hasta los rincones más remotos del mundo, incluso a Jerusalén, para dirigirme a los miembros de la Knesset, ponerlos al corriente de todos los hechos que me ocupan y dejar después que decidan por ustedes mismos. He asumido la carga de los requisitos previos de la responsabilidad histórica y, en consecuencia, el 4 de febrero de 1971 declaré estar dispuesto a firmar un acuerdo de paz con Israel.

¿Cómo podemos conseguir una paz permanente basada en la justicia? Bien, me presento ante ustedes con una respuesta clara y franca a esta gran pregunta, para que el pueblo de Israel, así como el mundo entero, pueda oírla. Antes de proclamarla, deseo asegurarles que mi respuesta clara y sincera está asentada en una serie de hechos innegables:

El primer hecho es que nadie puede construir su felicidad a costa de la desgracia de otros.

El segundo hecho: jamás he hablado, ni hablaré jamás, con dos discursos. Jamás he adoptado, ni adoptaré jamás, dos políticas. Nunca trato con nadie más que con un solo discurso, con una sola política y un solo rostro.


El tercer hecho: la confrontación directa es el método más inmediato y con mayor probabilidad de éxito para alcanzar un objetivo claro.

El cuarto hecho: el llamamiento a una paz justa y permanente, basada en el respeto por las resoluciones de las Naciones Unidas, se ha convertido en un llamamiento universal.

El quinto hecho, y puede que éste sea el más claro y destacado, es que la nación árabe, en su voluntad por alcanzar la paz permanente basada en la justicia, no parte de una posición de debilidad.

Al contrario, posee el poder y la estabilidad necesarios para un sincero deseo de paz.

En nombre de la honestidad debo comunicarles lo siguiente: en primer lugar, no he venido aquí para obtener un acuerdo por separado entre Egipto e Israel.

Eso no forma parte de la política egipcia, este problema no es entre Egipto e Israel. En segundo lugar, no me presento ante ustedes en busca de una paz parcial, esto es, para poner fin al estado de belicosidad en esta etapa y postergar el problema completo para una etapa subsiguiente. Esta no es la solución radical que nos conduciría a una paz permanente.

De igual modo, no me presento ante ustedes por un tercer acuerdo de retirada del Sinaí, ni del Golán, ni de Cisjordania. Me presento ante ustedes para que logremos construir una paz duradera basada en la justicia, para evitar el derramamiento de una sola gota más de sangre.
¿Qué significa la paz para Israel? Significa que Israel conviva con sus vecinos árabes de la región con seguridad y garantías. ¿Es eso lógico? Yo digo que sí.

Significa que Israel viva dentro de sus fronteras, seguro ante cualquier agresión. ¿Es eso lógico? Yo digo que sí. Significa que Israel obtenga todo tipo de garantías que le aseguren estos dos factores.

A esta petición, yo digo sí. Más allá de esto, declaramos que aceptamos todas las garantías internacionales que ustedes conciban y acepten.

Existen factores que deberían arrostrarse con valentía y claridad. Israel ha ocupado y sigue ocupando por la fuerza territorios árabes. Insistimos en la completa retirada de estos territorios, incluido el Jerusalén árabe. He venido a Jerusalén, la ciudad de la paz, que siempre será prueba viviente de la coexistencia entre creyentes de las tres religiones.

Es inadmisible que nadie pueda concebir la condición especial de la ciudad de Jerusalén en el marco de la anexión o del expansionismo.

Debería ser una ciudad libre y abierta para todos los creyentes. Déjenme que les diga que no me presento ante ustedes para hacerles la petición de que sus tropas evacuen los territorios ocupados.

La retirada completa de los territorios árabes ocupados después de 1967 es un hecho lógico e incontestable. Nadie debería suplicar por ello.

Cualquier conversación acerca de la paz permanente basada en la justicia y de cualquier medida para asegurar nuestra coexistencia en paz y seguridad en esta parte del mundo acabará careciendo de sentido mientras ustedes sigan ocupando territorios árabes por la fuerza de las armas.

Así pues, no hay paz que pueda construirse sobre la ocupación de la tierra de otros, de lo contrario no sería una paz seria. No obstante, ésta es una conclusión obvia e irrebatible si las intenciones son sinceras y los intentos de establecer una paz justa y duradera para sus generaciones venideras y las nuestras son genuinos.

En cuanto a la causa palestina, nadie podría negar que es la clave de todo el problema. No hay nadie en el mundo capaz de aceptar hoy los eslóganes que se propagan aquí en Israel, que hacen caso omiso a la existencia del pueblo palestino y ponen incluso en duda su paradero. Puesto que hoy ya nadie niega la realidad del pueblo palestino ni sus derechos legítimos.

Incluso Estados Unidos de América, su primer aliado, que está absolutamente comprometido con la salvaguarda de la seguridad y la existencia de Israel, y que ofreció y sigue ofreciendo a Israel todo el apoyo militar, material y moral.

Digo que incluso Estados Unidos ha optado por enfrentarse a la realidad y admitir que el pueblo palestino tiene derechos legítimos, que el problema palestino es la causa y la esencia del conflicto y que, mientras continúe sin resolverse, el conflicto seguirá agravándose hasta alcanzar nuevas dimensiones. Pasar por alto o dejar de lado esta causa es un grave error de consecuencias impredecibles.

No me permitiré ahondar en acontecimientos pasados como la declaración Balfour, de hace 60 años. De sobra conocen ustedes este relevante texto. Puesto que han encontrado la justificación legal y moral de constituir un hogar nacional en una tierra que no les pertenecía, les corresponde mostrar comprensión ante la insistencia del pueblo de Palestina para que se proclame de nuevo un Estado en su territorio.

Cuando algunos extremistas piden a los palestinos que abandonen su objetivo supremo, les están pidiendo, de hecho, que renuncien a su identidad y a toda esperanza de futuro. Aclamo las voces israelíes que pidieron el reconocimiento del derecho del pueblo palestino a conseguir y salvaguardar la paz. Aquí les digo, señoras y señores, que de nada sirve negarse a reconocer al pueblo palestino y su derecho a constituir un Estado, así como su derecho al regreso.

Deben afrontar esta realidad con valentía, como he hecho yo. La paz no puede durar si se continúan intentando imponer conceptos fantasiosos a los que el mundo ha dado la espalda. Concibamos juntos un acuerdo de paz basado en los siguientes puntos:

- El fin de la ocupación de los territorios árabes tomados en 1967.

- La obtención por parte del pueblo palestino de sus derechos fundamentales y su derecho a la autodeterminación, incluido el derecho a proclamar su Estado.

- El derecho de todos los Estados de la zona a vivir en paz dentro de sus fronteras, unas fronteras seguras, consolidadas y garantizadas mediante procedimientos que habrán de convenirse.

- El compromiso de todos los Estados de la zona a administrar las relaciones entre sí de acuerdo con los objetivos y los principios de la Carta de las Naciones Unidas. En especial los principios que se refieren a la no utilización de la fuerza y a la solución de diferencias por medios pacíficos.

- El fin del estado de guerra en la zona.

He decidido presentar ante ustedes, en su patria, las realidades, sin ningún plan y sin ningún capricho, sino para que juntos ganemos la batalla por la paz permanente basada en la justicia. No es sólo mi batalla. Tampoco es sólo la batalla de los dirigentes israelíes.

Es la batalla de todos y cada uno de los ciudadanos de todos nuestros territorios, cuyo derecho es el de vivir en paz. Es el compromiso de conciencia y de responsabilidad que millones de personas albergan en sus corazones. He venido aquí a entregar un mensaje.

El mensaje ha sido entregado y que Dios sea mi testigo.".


"Declaración Universal Derechos Humanos" - 1948

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Eleanor Roosevelt

 "Declaración Universal de los Derechos Humanos"
 Discurso pronunciado en la Asamblea de las Naciones Unidas, 9 de Enero de 1948.

Enlaces: Derechos Humanos | Eleanor Roosevelt

"Nos encontramos en el umbral de un gran acontecimiento, tanto en la vida de las Naciones Unidas como en la vida de la humanidad. Esta Declaración está basada en el hecho espiritual de que el hombre debe tener libertad para desarrollarse totalmente y por el esfuerzo común, levantar el nivel de dignidad humana..."


"Señor Presidente y señores delegados:

Esta Declaración Universal de Derechos Humanos, refleja las variadas opiniones de muchos hombres y gobiernos que han contribuido a su formulación y es el resultado de un largo y meticuloso estudio y debate.

Ningún hombre ni gobierno en particular, sin embargo, puede tener lo que él quiere en un documento de esta clase. Desde luego que, hay previsiones particulares en la Declaración, con las que nosotros no podemos estar totalmente satisfechos. Y esta indudable verdad, lo es también para los otros miembros de la Comisión, y todavía constituiría siendo una verdad, si nosotros continuáramos nuestro trabajo durante muchos años.

No obstante, la delegación de los Estados Unidos cree que, tomada en su conjunto, ella constituye un buen documento -incluso un gran documento-; y proponemos darle todo nuestro apoyo.

En cuanto, a la posición de mi país sobre varias partes de la Declaración, queda como una cuestión de registro en el Tercer Comité. Y, por lo tanto, yo no sumaré a esta Asamblea, y particularmente a mis colegas del Comité, con una nueva exposición aquí de aquella posición.

Me gustaría comentar brevemente las enmiendas propuestas por la comisión soviética. Su lenguaje si bien ha sido adecuado un poco, conserva en sustancia las propuestas de la delegación soviética y que después de su intensa discusión fueron rechazadas. Esas mismas enmiendas han sido antes también ampliamente consideradas y rechazadas en la Comisión de los Derechos Humanos.

En los Estados Unidos admiramos aquéllos que luchan para sus convicciones e indudablemente la delegación soviética está luchando para sus convicciones. Pero en las más viejas democracias, hemos aprendido que a veces debe aceptarse la voluntad de la mayoría, sin que ello importe resignar las propias convicciones. Seguiremos a veces intentando convencer, y tarde o temprano podremos tener éxito. Pero sabemos que ante todo tenemos que trabajar juntos y progresar. Por lo tanto, pensamos, que cuando hemos hecho un buen debate y la mayoría está en nuestra contra, tal vez esa sea la mejor táctica para tratar de cooperar.

Me siento en la obligación de decir que quizás sea una suerte de imposición a esta Asamblea que estas enmiendas son traídas aquí nuevamente, aunque estoy segura que se rechazarán sin debate.

Los dos primeros párrafos de la enmienda al artículo 3 se refieren a la cuestión de las minorías, que el Tercer Comité decidió que requería más estudio, y ha recomendado, en una resolución separada, su consulta al Consejo Económico y Social y a la Comisión de Derechos Humanos.

Según lo establecido en la enmienda Soviética, esta disposición establece claramente que este derecho se reconoce a un "grupo," y no a "el individuo".

La enmienda soviética del artículo 20 es, evidentemente, una declaración muy restrictiva del derecho a la libertad de opinión y de expresión. En él se establecen pautas que permitirían a cualquier estado negar prácticamente toda la libertad de opinión y de expresión, sin violar el artículo. Introduce términos como "punto de vista democrático", "los sistemas democráticos", "estado democrático", y "fascismo", que sabemos muy bien de los debates en esta Asamblea de los últimos dos años sobre belicismo -y los asuntos relacionados-, son los responsables de la mayoría de los abusos mas flagrantes y de las interpretaciones más diversas.

La declaración de esta noche del delegado soviético en la sesión, es un ejemplo muy bueno de lo que vengo diciendo.


La enmienda soviética del artículo 22 introduce nuevos elementos en el artículo sin mejorar su texto y otra vez introduce la referencia específica "a la discriminación". Como se ha señalado en repetidas ocasiones en el Tercer Comité, la cuestión de la discriminación esta razonablemente cubierta en el artículo 2 de la Declaración, por lo que su repetición en otras partes es completamente innecesaria y también tiene el efecto de debilitar los principios indicados en el artículo 2. El nuevo artículo propuesto por la delegación soviética no es más que una reafirmación de las obligaciones del estado, que intentó introducir prácticamente en cada artículo de la Declaración. De aceptarlo, convertiría la Declaración en un documento que declara obligaciones de los estados, cambiando así por completo su carácter de una declaración de principios que sirva como una norma común de logros para los miembros de las Naciones Unidas.

La propuesta soviética por aplazar la consideración de la Declaración a la 4a sesión de la Asamblea, no requiere ningún comentario. Un texto idéntico fue rechazado por el Tercer Comité con una diferencia de 6 votos a favor y 26 en contra.

Estoy segura que todos estaremos de acuerdo, que se ha trabajado en la Declaración, con tanto esfuerzo y devoción, y durante un período tan largo de tiempo, que debe ser aprobada en esta sesión por la Asamblea.

Ciertas disposiciones de la Declaración se proyectan en términos tan amplios a los fines de que puedan ser aceptadas debido a las previsiones del artículo 30 que establece la limitación en el ejercicio de los derechos sólo para cumplir con las exigencias de moralidad, orden público, y bienestar general. Un ejemplo de esto es la norma que establece el derecho de cada uno a la igualdad en el acceso al empleo público en su país. El principio básico de igualdad y de no discriminación acerca del empleo público es legítimo, pero no puede aceptarse sin limitación.

Mi gobierno, por ejemplo consideraría que sin duda esta sujeto a una limitación en el interés del orden público y del bienestar general. Pero no consideraría la exclusión del empleo público de las personas que posean ideas políticas subversivas o no leales a los principios básicos y prácticas de la Constitución y las leyes del país, ni que de cualquier forma pudiera infringirse este derecho.


Igualmente, mi gobierno ha aclarado en el curso del desarrollo de la Declaración que no considera que los derechos económicos y sociales y culturales indicados en la Declaración, implican una obligación sobre los gobiernos para asegurar el goce de estos derechos por la acción directa gubernamental. Esto quedo muy claro en el texto de Comisión de Derechos Humano del artículo 23, que sirvió como un "paraguas", y es llamado el artículo de los artículos de derechos económicos y sociales. Consideramos que el principio no se ha visto afectado por el hecho de que este artículo ya no contiene una referencia a los artículos que le siguen. Y esto de ninguna manera afecta nuestro apoyo incondicional a los principios básicos de los derechos económicos, sociales y culturales enunciados en esos artículos.

Cuando demos nuestra aprobación a la Declaración hoy, será de importancia primordial tener muy en cuenta el carácter básico del documento. No es un tratado, no es un acuerdo internacional. Tampoco es, ni pretende serlo, una declaración de derecho o de obligaciones legales. Es sólo una declaración de principios básicos de los derechos humanos y las libertades, para ser sellada con la aprobación de la Asamblea General por el voto formal de sus miembros, y para servir como ideal común a lograr por los pueblos de todas las naciones.

Nos encontramos en el umbral de un gran acontecimiento, tanto en la vida de las Naciones Unidas como en la vida de la humanidad. Esta Declaración Universal de Derechos Humanos, bien puede llegar a ser la Carta Magna de la Humanidad. Esperamos su proclamación por la Asamblea General, que será un evento comparable a la proclamación de la Declaración de los Derechos del Hombre por el pueblo francés en 1789; la adopción de la Declaración de Derechos por el pueblo de los Estados Unidos, y la adopción de declaraciones semejantes en diferentes épocas en otros países.

En una época cuando hay tantos temas sobre los que nos resulta difícil alcanzar una base común de acuerdo, es un hecho significativo que 58 estados hayan encontrado un amplio acuerdo en el complejo campo de los derechos humanos. Esto debe ser tomado primero como el testimonio de nuestra aspiración común expresado en la Carta de las Naciones Unidas, para elevar a los hombres a un mejor nivel de vida en todo lugar y a un goce mayor de libertad. Esta detrás de esta Declaración el deseo del hombre por la paz. La comprensión de que la violación flagrante de los derechos humanos por países nazis y fascistas, sembró las semillas de la última guerra mundial, ha proporcionado el impulso necesario para la obra que nos lleva hoy aquí al momento de su realización.

En un reciente discurso en Canadá, Gladstone Murray dijo:


“El hecho central es que el hombre es fundamentalmente un ser moral, que aquella luz que tenemos es imperfecta, no importa siempre que tratemos de mejorar… somos iguales en compartir la libertad moral que nos distingue como hombres. El estado del hombre hace a cada individuo a un fin en si mismo. Ningún hombre es por naturaleza simplemente el siervo del estado o de otro hombre… el ideal y el hecho de la libertad —y no la tecnología—son las verdaderas marcas distintivas de nuestra civilización”.

Esta Declaración está basada en el hecho espiritual de que el hombre debe tener libertad para desarrollarse totalmente y por el esfuerzo común, levantar el nivel de dignidad humana. Tenemos mucho que hacer para lograr plenamente y asegurar los derechos enunciados en esta Declaración. Pero una vez que haya sido puesta delante de nosotros, con el respaldo de moral de 58 naciones, se habrá dado un gran un paso adelante.

A medida que aquí llevamos a buen término nuestro trabajo en esta Declaración de Derechos Humanos, debemos al mismo tiempo volver a dedicarnos a la tarea inconclusa que queda por delante de nosotros. Pero, ahora podremos seguir avanzando con nuevos ánimos e inspiración para la realización de un pacto internacional sobre derechos humanos y de las medidas para la aplicación de los derechos humanos.

Para concluir siento que no puedo hacer mejor que repetir la llamada a la acción por el Secretario Marshall en su declaración de apertura a esta Asamblea:
Que esta tercera sesión ordinaria de la Asamblea general apruebe por una mayoría aplastante la Declaración de Derechos humanos, como una norma de conducta para todos; y déjenos, como los Miembros de las Naciones Unidas, que conscientes de nuestros propios defectos e imperfecciones, nos unamos de buena fe, en nuestro esfuerzo para cumplir con este alto estándar.

Gracias.".


"La pena de muerte" - J. Stuart Mill


John Stuart Mill

"La pena de muerte"
 Discurso pronunciado por Stuart Mill, 1868.

Enlaces: Derechos Humanos | John Stuart Mill

"Si, en nuestro horror por infligir la muerte, nos esforzamos en diseñar algún castigo para el criminal viviente que actúe en la mente humana con una fuerza disuasoria comparable en alguna medida con la de la muerte, nos veremos llevados a sufrimientos menos severos por cierto en apariencia, y por tanto menos eficaces, pero mucho más crueles en realidad..."

"Sería para mí una gran satisfacción el poder apoyar esta moción. Me es siempre lamentable hallarme, en una cuestión pública, enfrentado a quienes son llamados —a veces como un honor, y a veces con intención de ridiculizarles— filántropos. De todas las personas que participan en los asuntos públicos son aquellos por quienes, en conjunto, siento el mayor respeto; pues les es característico el dedicar su tiempo, su esfuerzo y mucho de su dinero a objetos puramente públicos, con una menor mezcla de egoísmo personal o de clase que cualquiera otra clase de políticos.

En casi todas las grandes cuestiones, a casi ningunos otros se hallará tan constantemente, y casi uniformemente, del lado de lo correcto; y rara vez yerran, excepto por una aplicación exagerada de algún principio justo y de elevada importancia.

En el mismo asunto que ahora nos ocupa, todos conocemos qué señalado servicio han prestado.

Es gracias a sus esfuerzos como nuestras leyes criminales —que en tiempos que yo recuerdo ahorcaban por robar por valor de cuarenta chelines en una casa habitada; leyes en virtud de las cuales cualquiera que subiese o bajase de Ludgate Hill podía ver hileras de seres humanos suspendidos ante Newgate— han relajado tanto su extremadamente repugnante y extremadamente impolítica ferocidad, que el asesinato agravado es ahora prácticamente el único crimen que cualquiera de nuestros tribunales legales castiga con la muerte; e incluso estamos ahora deliberando si debería retenerse la última pena en ese solitario caso.

Este enorme avance, no sólo para la humanidad, sino para los fines de la justicia penal, se lo debemos a los filántropos; y si se equivocan, como no puedo menos que pensar, en el presente caso, es sólo al no percibir los oportunos tiempo y lugar para detener una carrera hasta ahora tan eminentemente beneficiosa.

Señor, hay un punto en el que pienso que esta carrera debería detenerse. Cuando se ha mostrado a todos, por pruebas concluyentes, que se ha cometido el mayor crimen conocido por la Ley; y cuando las circunstancias concurrentes no sugieren ninguna paliación de la culpa, ninguna esperanza de que el culpable pudiera ser aún no indigno de vivir entre la humanidad, nada que haga probable que el crimen fuera una excepción en su carácter más que una consecuencia de él, entonces confieso que me parece que privar al criminal de la vida de la cual ha demostrado ser indigno —borrarle solemnemente de la comunidad humana y del catálogo de los vivos— es la manera más apropiada, así como ciertamente la más impresionante, en la cual la sociedad puede adherir a un crimen tan grande las consecuencias penales que, por la seguridad de la vida, es necesario unirle.

Defiendo esta pena, cuando se la confina a casos atroces, por la misma razón por la cual se la ataca comúnmente: por humanidad hacia el criminal; como, sin comparación, el modo menos cruel en el cual es posible disuadir adecuadamente del crimen. Si, en nuestro horror por infligir la muerte, nos esforzamos en diseñar algún castigo para el criminal viviente que actúe en la mente humana con una fuerza disuasoria comparable en alguna medida con la de la muerte, nos veremos llevados a sufrimientos menos severos por cierto en apariencia, y por tanto menos eficaces, pero mucho más crueles en realidad.

Pocos, pienso, se aventurarían a proponer como castigo para el asesinato agravado menos que la prisión con trabajos forzados de por vida; ese es el sino al cual consignaría a un asesino la misericordia que no osa darle muerte. Pero ¿se ha considerado lo bastante qué suerte de misericordia es esta, y qué clase de vida le deja?

Si, en efecto, el castigo no se inflige verdaderamente —si se convierte en la ficción en la que hace unos años se estaban rápidamente convirtiendo tales castigos— entonces, en efecto, su adopción sería casi equivalente a renunciar del todo al intento de reprimir el asesinato. Pero si realmente es lo que profesa ser, y si se hace presente con todo su rigor en la imaginación popular, como muy probablemente no se haría, pero como debe hacerse si ha de tener eficacia, será tan horrible que, cuando la memoria del crimen ya no sea reciente, habrá una dificultad casi insuperable para ejecutarlo.

¿Qué comparación puede realmente haber, en punto a severidad, entre consignar a un hombre al breve dolor de una muerte rápida y emparedarle en una tumba viviente, para languidecer allí durante la que puede ser una larga vida en el esfuerzo más duro y monótono, sin ninguno de sus alivios ni recompensas; privado de todo espectáculo y sonido placenteros y separado de toda esperanza terrenal, excepto una leve mitigación de las restricciones corporales o una pequeña mejoría en la dieta?

Y sin embargo una suerte como esta, por no haber ningún momento en el que el sufrimiento sea de intensidad aterradora y, sobre todo, por no contener el elemento, tan imponente para la imaginación, de lo desconocido, se considera universalmente un castigo más suave que la muerte; figura en todos los códigos como una mitigación de la pena capital, y como tal se la acepta con gratitud.

Pues es característico de todos los castigos que dependen para su eficacia de la duración (de todos, por tanto, los que no son corporales o pecuniarios) que son más rigurosos de lo que parecen; mientras que es, por el contrario, una de las más firmes recomendaciones que puede tener un castigo el parecer más riguroso de lo que es; pues su poder en la práctica depende mucho menos de lo que es que de lo que parece.

No hay, pensaría yo, ningún sufrimiento infligido por humanos que impresione a la imaginación de manera tan enteramente desproporcionada a su auténtica severidad como la pena de muerte. Debe ser ciertamente suave el castigo que no añada más a la suma de la miseria humana que lo que necesaria o directamente añade la ejecución de un criminal.

Como mi honorable amigo el Miembro por Northampton [el sr. Gilpin] ha hecho notar, lo más que las leyes humanas pueden hacer a nadie en lo tocante a la muerte es acelerarla; el hombre habría muerto en cualquier caso; no tanto tiempo después y en conjunto, me temo, con una cantidad considerablemente mayor de sufrimiento corporal. Se pide, pues, a la sociedad que se desnude a sí misma de un instrumento de castigo que, en los graves casos en los que únicamente es aplicable, lleva a efecto sus propósitos con un coste en sufrimiento humano menor que cualquier otro; que, inspirando más terror, es menos cruel en realidad que cualquier castigo que debiéramos considerar para sustituirlo.

Mi honorable amigo afirma que no inspira terror, y que la experiencia prueba que es un fracaso. Pero la influencia de un castigo no ha de estimarse por su efecto en criminales encallecidos. Aquellos a quienes su modo de vida habitual tiene siempre, por así decirlo, a la vista del patíbulo, llegan en efecto a preocuparse menos; como, para comparar cosas buenas con malas, a un viejo soldado no le afecta mucho la posibilidad de morir en combate. Puedo permitirme admitir todo lo que a menudo se dice de la indiferencia hacia la horca de los criminales profesionales.

Aunque de esa indiferencia probablemente un tercio es bravata y otro tercio confianza en que tendrán la suerte de escapar, es bastante probable que el último tercio sea auténtico. Pero la eficacia de un castigo que actúa principalmente mediante la imaginación ha de estimarse sobre todo por la impresión que hace en quienes son aún inocentes; por el horror con que rodea las primeras incitaciones de la culpa; la influencia restrictiva que ejercita sobre los comienzos del pensamiento que, de ser consentido, daría en tentación; el freno que ejerce sobre la caída gradual hacia el estado —que nunca se alcanza repentinamente— en el que el crimen ya no repugna y el castigo ya no aterra.

En cuanto a lo que se llama el fracaso de la pena capital, ¿quién es capaz de juzgarlo? Sabemos en parte quiénes son aquellos a quienes no ha disuadido; pero ¿quién hay que sepa a quién ha disuadido, o a cuántos seres humanos ha salvado que habrían llegado a ser asesinos de no haber esa horrible asociación circundado la idea del asesinato desde su más temprana infancia?

No olvidemos que el hecho más imponente pierde su poder sobre la imaginación si se abarata demasiado. Cuando un castigo adecuado solamente para los más atroces crímenes se prodiga sobre ofensas menores hasta que el sentimiento humano retrocede ante él, entonces, ciertamente, deja de intimidar, porque deja de creerse en él. El fracaso de la pena capital en casos de robo se explica fácilmente: el ladrón no creía que se le fuese a infligir.

Había aprendido por experiencia que los jurados cometerían perjurio antes que hallarle culpable; que los jueces se aferrarían a cualquier excusa para no sentenciarle a muerte, o para recomendar clemencia; y que si, ni jurados ni jueces eran misericordiosos, había aún esperanzas en una autoridad superior a ambos.

Llegadas las cosas a este punto era hora de desistir del vano intento. Cuando es imposible infligir un castigo, o cuando infligirlo se convierte en un escándalo público, la ociosa amenaza no puede desaparecer demasiado pronto del código penal. Y, en el caso de la hueste de ofensas que antes fueron capitales, me regocija de corazón que se hiciese impracticable ejecutar la ley.

Si el mismo estado del sentimiento público llega a existir en el caso del asesinato; si llega la hora en que los jurados rehúsen encontrar culpable a un asesino; cuando los jueces no le sentencien a muerte, o recomienden clemencia para con él; o cuando, si jurados y jueces no rehúyen su deber, los Ministros del Interior, bajo la presión de diputaciones y memoriales, rehúyen el suyo, y la amenaza se convierte, como en los otros casos, en vana; entonces, ciertamente, puede llegar a ser necesario hacer en este caso lo que se hizo en los otros: abrogar la pena.
Ese tiempo puede llegar; mi honorable amigo piensa que casi ha llegado.

No sé si lo lamentaba o se enorgullecía de ello, pero él y sus amigos tienen derecho a enorgullecerse; pues si llega habrá sido por obra suya, y habrán logrado lo que no puedo sino llamar una victoria fatal, pues la habrán alcanzado trayendo, si me perdonan por decirlo así, una enervación, un afeminamiento de la opinión general del país. Pues ¿qué, sino afeminamiento, es quedar muchísimo más conmocionado por tomar la vida de un hombre que por privarle de todo lo que hace la vida deseable o valiosa? ¿Es la muerte, entonces, el peor de todos los males terrenales? Usque adeone mori miserum est? ¿Es, ciertamente, tan terrible morir? ¿No ha sido desde antiguo una parte principal de una educación viril el hacernos desdeñar la muerte; enseñarnos a tenerla, si acaso por un mal, de ninguna manera por uno de los peores; en cualquier caso por uno inevitable, y a sostener, por así decirlo, nuestras vidas en nuestras manos, preparados para entregarlas o arriesgarlas en cualquier momento por una causa lo bastante valiosa?

Estoy seguro de que mis honorables amigos saben tan bien todo esto y tienen tanto de todos estos sentimientos como cualquiera del resto de nosotros; posiblemente más. Pero no puedo pensar que sea éste verosímilmente el efecto de su enseñanza en la opinión general. No puedo pensar que el cultivo de una peculiar sensibilidad de la conciencia en este único punto, por encima de lo que resulta del cultivo general de los sentimientos morales, sea permanentemente consistente con el asignar, en nuestras propias mentes, al hecho de la muerte no más que el grado de importancia relativa que le pertenece entre los otros incidentes de nuestra humanidad. Los hombres de antaño se preocupaban demasiado poco de la muerte, y entregaban sus propias vidas o tomaban las ajenas con igual temeridad.

Nuestro peligro es de la especie opuesta: que nos conmocione tanto la muerte, en general y en abstracto, que nos preocupemos demasiado por ella en casos individuales, tanto de otras personas como nuestros, que precisen que se la arriesgue. Y no estoy poniéndome en lo peor, pues la experiencia de otros países muestra que el horror del verdugo en manera alguna implica necesariamente horror del asesino. El reducto, como todos sabemos, del asesinato por precio en el siglo XVIII era Italia; y sin embargo se dice que en algunas de las poblaciones italianas la ejecución de una muerte por sentencia de ley era ofensiva y revulsiva en el más alto grado para el sentimiento popular.

Mucho se ha dicho de la santidad de la vida humana y del absurdo de suponer que podemos enseñar respeto por la vida destruyéndola nosotros mismos. Pero me sorprende el empleo de este argumento, pues es uno que podría dirigirse contra cualquier castigo. No es sólo la vida humana, ni la vida humana como tal, lo que debiera sernos sagrado, sino los sentimientos humanos. La capacidad humana de sufrir es lo que debiéramos hacer que se respete, no la mera capacidad humana de existir. Y podemos imaginar a alguien preguntando: ¿cómo podemos enseñar a la gente a no infligir sufrimiento infligiéndolo nosotros mismos?

Pero a esto yo respondería —todos nosotros responderíamos— que disuadir de infligir sufrimiento es no sólo posible, sino el propósito mismo de la justicia penal. ¿Da muestras el multar a un criminal de falta de respeto por la propiedad, o encarcelarlo por la libertad personal? Igual de irrazonable es pensar que tomar la vida de un hombre que ha tomado la de otro es mostrar falta de consideración por la vida humana. Mostramos, por el contrario, de la manera más enérgica nuestra consideración por ella con la adopción de la regla de que quien viola ese derecho en otro lo pierde para sí mismo y de que, mientras ningún otro crimen que pueda cometer le priva de su derecho a vivir, éste sí lo hará.

Hay un argumento contra la pena capital, incluso en casos extremos, que no puedo negar que tiene peso, en el cual mi honorable amigo ha hecho con justicia mucho hincapié y que nunca puede eliminarse completamente. Es este: que si por un error de justicia se da muerte a una persona inocente, el error no puede jamás corregirse; toda compensación, toda reparación del perjuicio es imposible.

Esta sería ciertamente una seria objeción si estos desdichados errores —que están entre los más trágicos sucesos de la esfera toda de los asuntos humanos— no pudieran hacerse extremadamente raros.

El argumento es invencible donde el modo del procedimiento criminal es peligroso para el inocente, o donde no se confía en los tribunales de justicia. Y esta es probablemente la razón por la que la objeción a un castigo irreparable empezó, según creo, antes y es más intensa y está más ampliamente difundida en algunas partes del continente europeo que aquí.

Hay en el Continente grandes y esclarecidos países en los que el procedimiento criminal no es tan favorable a la inocencia, no proporciona la misma seguridad contra una condena errónea, como entre nosotros; países en los que los tribunales de justicia parecen pensar que faltan a su deber si no encuentran a alguien culpable; y, en su verdaderamente laudable deseo de dar caza a la culpa en sus escondrijos, se exponen a un serio peligro de condenar a inocentes.

Si nuestros propios procedimientos y tribunales de justicia dieran lugar a parecida aprensión, sería yo el primero en tomar parte en la retirada a tales tribunales del poder de infligir un castigo irreparable. Pero todos sabemos que los defectos de nuestro procedimiento son precisamente los opuestos.

Nuestras reglas de evidencia son incluso demasiado favorables para el prisionero; y los jurados y jueces siguen la máxima “mejor es que escapen diez culpables que que sufra un inocente” no literalmente, sino más que literalmente. Los jueces están de lo más ansiosos por señalar, y los jurados de lo más dispuestos a conceder crédito, a la más ligera posibilidad de la inocencia del prisionero. Ningún juicio humano es infalible; casos tan tristes como los que citó mi honorable amigo ocurrirán algunas veces; pero en un caso tan grave como el de un asesinato el acusado, en nuestro sistema, tiene siempre el beneficio de la más leve sombra de una duda.

Y esto sugiere otra consideración muy pertinente a la cuestión. El hecho mismo de que la pena de muerte es más impresionante para la imaginación que cualquiera otra hace necesariamente a los tribunales de justicia más escrupulosos al requerir la más completa evidencia de la culpa.

Aun lo que es la mayor objeción a la pena capital, la imposibilidad de corregir un error una vez cometido, debe hacer, y hace, a los jurados y jueces más cuidadosos al formar su opinión y más celosos en el escrutinio de la evidencia. Si la sustitución de la muerte por la servidumbre penal en casos de asesinato hubiese de causar alguna relajación de esta concienzuda escrupulosidad, habría un gran mal que oponer a la ventaja real, mas espero que rara, de ser posible reparar el daño causado a una persona condenada que se descubre después que era inocente.

Para que esa posibilidad de corrección pueda quedar abierta dondequiera que la probabilidad de esta triste contingencia sea más que infinitesimal, sería muy adecuado que el juez recomendase a la Corona una conmutación de la sentencia no sólo cuando la prueba de la culpa está sujeta a la menor sospecha, sino siempre que quede algo inexplicado y misterioso en el caso, suscitando un deseo de más luz, o haciendo verosímil que pueda obtenerse información adicional en algún tiempo futuro. Querría también sugerir que siempre que la sentencia sea conmutada los motivos de la conmutación deberían darse a conocer al público en alguna forma auténtica.

Todo esto concedo de buena gana a mi honorable amigo; pero en la cuestión de la abolición total me inclino a la esperanza de que el sentimiento del país no está con él, y de que la limitación de la pena de muerte a los casos mencionados en la ley del año pasado se considerará generalmente suficiente.

La manía que existió hace poco tiempo de recortar todos nuestros castigos parece haber alcanzado sus límites, y no antes de que fuese oportuno. Estábamos en peligro de quedar sin ningún castigo efectivo, excepto para las ofensas menores. El que fue nuestro principal castigo secundario —la deportación— antes de ser abolido se había convertido casi en una recompensa. La servidumbre penal, su sustituto, se estaba convirtiendo, para las clases que principalmente estaban sujetas a él, en casi nominal, tan confortables hicimos nuestras prisiones, y tan fácil había llegado a ser salir rápidamente de ellas.

De la flagelación —un castigo de lo más objetable en los casos ordinarios, pero particularmente apropiado para crímenes de brutalidad, especialmente crímenes contra las mujeres— no quisimos ni oír hablar, excepto, por supuesto, en el caso de los agarrotadores, para cuyo particular beneficio se restableció apresuradamente justo después de que un miembro del Parlamento fuese agarrotado. Con esta excepción las ofensas, incluso las atroces, contra la persona, como mi honorable y erudito amigo el Miembro por Oxford [el señor Neate] bien hizo notar, son vengadas con penas tan ridículamente inadecuadas que son casi un estímulo para el crimen.

Pienso, señor, que en el caso de la mayoría de las ofensas, excepto aquellas contra la propiedad, hay más necesidad de reforzar nuestros castigos que de debilitarlos; y que sentencias más severas, en una proporción con las diferentes especies de ofensas que concuerde mejor que la presente con los sentimientos morales de la comunidad, son la clase de reforma que ahora necesita nuestro sistema penal. Votaré por tanto contra la enmienda."


"Coexistencia y existencia" - Indira Gandhi


Indira Gandhi

"Solo con coexistencia puede haber existencia"
 Discurso pronunciado en Nueva Delhi el 7 de Marzo de 1983.

Enlaces: Pacifismo | Indira Gandhi

"Nosotros estamos aquí porque creemos que las mentes y actitudes pueden y deben ser cambiadas; y la injusticia y el sufrimiento pueden y deben ser disminuidas. Nuestro mundo es pequeño pero hay lugar para todos nosotros para vivir juntos y mejorar la calidad de las vidas de nuestros pueblos en la paz y la belleza..."

"Cuando asumió las riendas del gobierno en 1946, mi padre, Jawaharlal Nehru, declaró la determinación de la India de “mantenerse lejos de los bloques o grupos de poder, alineados uno contra otro, que han conducido en el pasado a guerras mundiales y que pueden nuevamente conducir a desastres en una escala aún mayor.”

Luego, el explicó que de lo contrario “las relaciones exteriores dejan de estar en vuestras manos para estar a cargo de algún otro, hasta el punto y en la medida que no se es independiente... De manera que nuestra política será no sólo mantenernos lejos de los alineamientos, sino también tratar de hacer posible la cooperación amistosa. Nos acercamos al mundo entero sobre la base de la amistad.”

A medida que más países se volvían libres, se incrementaba rápidamente el número de quienes creían en la coexistencia pacífica y deseaban mantenerse al margen de las alianzas militares. Era natural para estos países no-alineados el unirse, no para formar otro bloque sino para alzar las voces de los millones de explotados mediante un movimiento moral y político.

El propio crecimiento en la membresía de nuestro Movimiento -veinticinco en Belgrado, cien hoy- prueba que el no-alineamiento es sentido como una necesidad por un gran número de gente en varios continentes.


Su significancia no debe ser medida por el número de divisiones militares o el de megatones de poder destructivo que comandamos sino por la intensidad con la que deseamos la paz y la libertad, el desarrollo y la justicia internacional.

Otros gobiernos tendrán opiniones contrastadas sobre lo que es correcto y lo que no lo es. Nosotros, los no-alineados hemos elegido la paz, la cual seguramente es la opción correcta e inevitable. Hemos buscado y continuamos buscando la amistad con todos, excepto con los gobiernos que son racistas o amenazan la libertad difícilmente conseguida por otros. El no-alineamiento no es algo vago, ni negativo, ni neutral.

No-alineamiento es independencia nacional y libertad. Sostiene la paz y el evitar la confrontación. Alienta el mantenerse lejos de las alianzas militares. Significa igualdad entre las naciones y la democratización de las relaciones internacionales, económicas y políticas. Quiere la cooperación global para el desarrollo sobre la base del beneficio mutuo. Es una estrategia para el reconocimiento y preservación de la diversidad mundial.

...La humanidad se está balanceando al borde del colapso del sistema económico mundial y de la aniquilación a través de una guerra nuclear. ¿Si ocurrieran estas tragedias, podría alguno de nosotros, grande o chico, rico o pobre, del norte o del sur, de este o del oeste, escapar? Déjennos analizar la crisis económica.

Nosotros los del mundo en desarrollo no tenemos margen de seguridad. Seremos las peores víctimas en cualquier retroceso económico. En este mundo interdependiente, en el que no se puede “mover una flor sin poner en problemas a una estrella”, aún los más influyentes no son inmunes a tales disturbios.

...El desarrollo, la independencia, el desarme y la paz están relacionados estrechamente. ¿Puede haber paz junto a armas nucleares? Sin paz, decía mi padre, todos nuestros sueños de desarrollo se convierten en cenizas. Se ha señalado que nuestros gastos militares mundiales son veinte veces más que el total de asistencia al desarrollo. Cada día, cada hora, se incrementa el tamaño y la letalidad de las armas nucleares. Un misil nuclear cuesta cuatro billones, lo que es más que el producto nacional bruto de 53 países.

La amenaza de la serpiente está difundida. La humanidad observa con miedo aterrador, esperando contra toda esperanza que no atacará. Nunca antes la Tierra ha enfrentado tanta muerte y tanto peligro.

El poder destructivo contenido en almacenes nucleares puede eliminar la vida humana, incluso toda la vida, muchas veces y prevenir su reaparición en el futuro. Es terrorífica por su vivacidad la descripción que hacen de esto los científicos. Sin embargo, algunos estadistas y estrategas actúan como si no hubiera mucha diferencia entre esto y las primeras piezas de artillería.

La carrera armamentista continúa a causa de la búsqueda de poder de algunos hombres, y también a causa de que a su sombra florecen muchas industrias e intereses. Más recientemente, se ha propagado la noción de que son utilizables armas nucleares tácticas en “guerras limitadas”. Poderosos estados propagan la insostenible doctrina de la disuasión. Nuevas áreas son puestas dentro del alcance de los grupos estratégicos, los bloques y alianzas militares. Están siendo establecidas nuevas bases y facilidades. Por esto es que nuestras respuestas deben ser más seguras, más veloces y más cortantes.

El deseo de paz es universal incluso en aquellos países que producen armas nucleares y en aquellos donde son desplegadas. El Movimiento No-Alineado es el mayor movimiento pacifista de la historia. Da la bienvenida a las manifestaciones espontáneas de los pueblos.

Pero los gobiernos persisten en proponer, practicar y seguir los autodenominados intereses estratégicos, esferas de influencia, equilibrio de poder, relaciones tutelares que son una reminiscencia de la antigua teoría del derecho divino.

La paradoja de nuestra época es que en tanto las armas se vuelven crecientemente sofisticadas, las mentes permanecen prisioneras en ideas de tiempos más simples. Técnicamente, la época colonial ha terminado. Pero el deseo de dominar persiste. El neocolonialismo viene envuelto en todo tipo de disfraces -en la tecnología y las comunicaciones, en el comercio y la cultura. Hace falta determinación e integridad para resistirlo.

Hay presiones políticas y económicas intensas. La limitada viabilidad económica, de hecho la propia supervivencia de muchos de los no-alineados, especialmente de aquellos con poca población, está amenazada mediante barreras artificiales. En el comercio, la transferencia de tecnología y el acceso a recursos.

Estará en nuestra habilidad delinear medidas para auxiliar a estas naciones pequeñas a mantener su independencia y no-alineamiento.

Sólo con coexistencia puede haber existencia. Nosotros observamos la no-interferencia y no-intervención como a leyes básicas de la conducta internacional. Sin embargo diferentes formas de intervención, abierta o encubierta, tienen lugar en Asia, en África, en América Latina. Todas son intolerables e inaceptables. La interferencia conduce a la intervención y una intervención frecuentemente trae otra.

Ninguna potencia individual ni grupo de potencias tiene la justificación o autoridad moral para interferir o intervenir de esa manera. Ustedes no pueden condenar una instancia y perdonar la otra. Cada situación tiene sus propios orígenes. Cualesquiera sean, las soluciones deben ser políticas y pacíficas. Todos los estados deben sostener el principio de que la fuerza o la amenaza de fuerza no sea usada contra la integridad territorial o la independencia política de otro estado.

...Nuestros planes para una vida mejor para cada uno de nuestros pueblos depende de la paz mundial y de la reversión de la carrera armamentista. Las negociaciones confinadas a un círculo estrecho de potencias nucleares han hecho poco progreso.

Nosotros somos estados no-nucleares, que queremos a la energía nuclear utilizada solamente para la paz. Pero nosotros también tenemos el derecho a vivir y a ser oídos. En el nombre de la humanidad y en bien de todos nosotros, convoco a las potencias nucleares a dejar de lado el uso de armas nucleares en cualquier circunstancia; suspender todas las armas nucleares, y reanudar las negociaciones por el desarme con la determinación de llegar a un acuerdo.

...El nacionalismo no nos aparta de nuestra común humanidad. Qué maravillosa oportunidad es la nuestra con un conocimiento inmenso y una creciente capacidad. Déjennos alcanzarlo, aunque sea en medio de peligros. La fe en el futuro ha traído a tantos a través de continentes y océanos para encontrarse aquí.

Nosotros estamos aquí porque creemos que las mentes y actitudes pueden y deben ser cambiadas; y la injusticia y el sufrimiento pueden y deben ser disminuidas. Nuestro mundo es pequeño pero hay lugar para todos nosotros para vivir juntos y mejorar la calidad de las vidas de nuestros pueblos en la paz y la belleza."


"Muerte de Martin Luther King" - Robert Kennedy


Robert Kennedy

"Anuncio de la muerte de Martin Luther King"
 Discurso pronunciado tras la muerte de Martin Luther King, 4 de Abril de 1968.

Enlaces: Martin Luther King | Robert Kennedy
  
"Lo que necesitamos en los Estados Unidos no es división, no es odio; lo que necesitamos no es violencia o anarquía, sino amor y sabiduría, y compasión unos con otros, y un sentimiento de justicia hacia aquellos que aun sufren dentro de nuestra nación, independientemente si estos si blancos o si son negros..."

"Damas y Caballeros - Esta tarde solo voy a hablar para Ustedes por algo así como un minuto. Debido a...

Tengo noticias muy tristes para todos Ustedes, y creo que igualmente son noticias tristes para todos nuestros con-ciudadanos, y para las personas que aman la paz en todo el mundo, y trata de que: Martin Luther King recibió un disparo y murió esta noche en Memphis, Tennessee.

Martin Luther King dedico su vida al amor y la justicia entre la fraternidad de seres humanos. Él murió por la causa de ese esfuerzo. En este día difícil, en esta hora difícil para los Estados Unidos, tal vez esté bien preguntar que clase de nación somos y en que dirección nos queremos embarcar.

Para aquellos entre ustedes que son negros - considerando la evidencia, se hace evidente que personas blancas fueron las responsables - puede que les llene de amargura, y de odio, y de un deseo de venganza.

Podríamos movernos en esa dirección como nación, hacia una polarización mayor - personas negras entre los negros, y blancos entre los blancos, llenos de odio unos contra otros. O podríamos hacer un esfuerzo, como Martin Luther King lo hizo, para entender y para comprender, y sustituir esa violencia, esa mancha de matanza que se ha extendido a lo largo de nuestra tierra, con un esfuerzo para entender, compadecer y amar.

Para aquellos entre ustedes que son negros y están tentados a llenarse con odio y desconfianza, por la injusticia de semejante acto, en contra de todas las personas blancas, yo solo les diría que en mi propio corazón puedo también sentir la misma clase de sentimiento. Yo tuve un miembro de mi familia asesinado, empero el fue asesinado por un hombre blanco.

Más necesitamos hacer un esfuerzo en los Estados Unidos, necesitamos hacer un esfuerzo para entender, para sobreponernos a estos tiempos definitivamente difíciles.

Lo que necesitamos en los Estados Unidos no es la división; lo que necesitamos en los Estados Unidos no es odio; lo que necesitamos en los Estados Unidos no es violencia o anarquía, sino amor y sabiduría, y compasión unos con otros, y un sentimiento de justicia hacia aquellos que aun sufren dentro de nuestra nación, independientemente si estos si blancos o si son negros.

(Interrumpido por aplausos)

Así que les pido esta noche para volver a casa, para hacer una oración por la familia de Martin Luther King, en verdad, pero con mas importancia hacer una oración por nuestro propio país, al cual todos amamos - una oración por la comprensión y aquella compasión de la cual hablaba. Podemos estar bien en este país. Tendremos tiempos difíciles. Hemos tenido tiempos difíciles en el pasado. Y tendremos tiempos difíciles en el futuro. Esto no es el fin de la violencia; no es el fin de la anarquía. Y esto no es el fin del desorden.

Pero la vasta mayoría de las personas blancas y la vasta mayoría de las personas negras de este país quieren vivir juntos, quieren mejorar la calidad de nuestras vidas, y quieren justicia para todos los seres humanos que abriga nuestra tierra.

(Interrumpido por aplausos)

Permitámonos dedicarnos a lo que los griegos escribieron hace muchísimos años: A dominar el salvajismo existente en el hombre y hacer apacible la vida de este mundo.

Permitámonos dedicarnos a eso, y decir una oración por nuestro país y por nuestro pueblo. Muchísimas Gracias. (Aplausos)"


"Salgan de la India" - Mahatma Gandhi


Gandhi, Mahatma

"¡Salgan de la India!"
 Discurso de Gandhi el 8 de Agosto de 1942.

Enlaces: Pacifismo | Mahatma Gandhi

"He conocido la humanidad. He estudiado algo de psicología. Aunque sé con exactitud qué es, no sé cómo describirlo. Esa voz dentro de mi me dice, «tienes que oponerte al mundo con firmeza aunque te quedes solo. Debes mirar a la cara a todo el mundo aunque el mundo te mire con ojos inyectados en sangre. No temas»..."

"¡Ha llevado tanto tiempo revelar lo que inquietaba mi alma a aquellos a los que ahora tengo el honor de servir! Me han llamado su líder o, en lenguaje militar, su comandante. Pero no veo yo mi posición de ese modo. No tengo otra arma salvo el amor con el que ejercer mi autoridad sobre cualquiera. Llevo, es cierto, un bastón, pero lo podéis romper en pedazos sin el menor esfuer­zo.

Es sólo el báculo con el que me ayudo para caminar. Un tullido como yo no se siente eufórico cuando ha sido invitado a llevar la carga más pesada. Podéis compartir esa carga sólo si ante vosotros me presento no como vuestro comandante, sino como un humilde servidor.

Y aquel que mejor sirve es el primero entre los iguales.


De ahí que me sienta obligado a compartir con vos­otros estos pensamientos que invaden mi pecho y deciros, de forma tan breve como me sea posible, lo que espero que hagáis como primer paso.

De entrada, dejadme que os diga que la lucha real no comienza hoy. Como siempre, voy a tener que dar muchos rodeos. La carga, lo confieso, será casi insopor­table. Debo seguir razonando en aquellos círculos en los que he perdido mi crédito y ya no confían en mí. Sé que en el curso de las últimas semanas, he perdido mi crédito ante un amplio número de amigos, tanto es así, que han empezado a dudar no sólo de mi saber, sino también de mi honestidad.

Si bien no considero que mi saber sea un tesoro tal que no pueda permitirme perderlo, en cambio, mi honestidad sí es un tesoro muy preciado para mí y no puedo permitirme perderlo. Y, sin embargo, me parece que, de momento, lo he perdido.

Ocasiones así surgen en la vida de un hombre que sólo busca la verdad y que trata deservir a la humani­dad y a su país según su mejor entender, sin miedo ni hipocresía. Durante los últimos 50 años no he conoci­do otro modo de hacerlo. He sido un humilde servidor de la humanidad, y en más de una ocasión he presta­do tantos servicios como me fue posible al Imperio, pero, y dejadme que aquí, sin temor a que nadie lo pon­ga en entredicho, diga bien alto que a lo largo de toda mi carrera nunca he pedido ningún favor personal. He disfrutado del honor de la amistad como la que hoy disfruto con lord Linlithgow.

Se trata de una amistad que ha dejado atrás la relación oficial. No sé si lord Linlithgow confirmará mis palabras, pero entre él y yo existe un vínculo personal (...).

Si me tomo la libertad de hacer públicas estas cosas personales y sagradas es sólo para daros una prueba de que el vínculo per­sonal nunca interferirá en la tenaz lucha que si asilo quiere mi suerte tal vez deba entablar contra lord Lin­lithgow como representante del Imperio.

Tendré que resistirme al poder de ese Imperio con el poder de los millones de seres sin voz, sin tener más límite que la no violencia como línea política para esta lucha. Es una tarea espantosa tener que ofrecer resis­tencia a un virrey con quien disfruto de una relación así. En más de una ocasión él ha escuchado mis pala­bras sobre mi pueblo. Me encantaría repetir esa expe­riencia, dicho sea en su honor. Y lo digo con gran orgullo y placer.

Lo digo como muestra de mi deseo de seguir siendo fiel al Imperio cuando ese Imperio perdió mi confianza y el inglés que era su virrey lo supo.

También me invade el sagrado recuerdo de Charlie Andrews. En este momento, siento el espíritu de Andrews a mi lado. Para mí, él resume las tradiciones más brillantes de la cultura inglesa. Con él disfrutaba de una relación mucho más íntima que con la mayo­ría de los indios. Disfrutaba de su confianza. Entre no­sotros no había secretos. Cada día sincerábamos nues­tros corazones.

Lo que hubiera en su corazón, lo decía sin el menor titubeo ni reserva. Es cierto que era ami­go de Gurudev, pero Andrews le miraba con un respe­to reverencial. Tenía aquella humildad peculiar. Pero conmigo llegó a hacerse un amigo muy íntimo. Hace años, vino a verme con una carta de presentación de Gokhale. Pearson y él eran especímenes ingleses de primera categoría. Sé que su espíritu me escucha. Entonces recibí una cálida carta de felicitación envia­da por el metropolitano de Calcuta.

Le considero un hombre de Dios que hoy, no obstante, lucha contra mí.

Con todo estos antecedentes, quiero declarar ante el mundo aunque tal vez haya perdido la considera­ción de muchos amigos en Occidente y deba llevar muy baja la cabeza, pero ni tan sólo por su amistad o por su amor y aprecio debo acallar la voz de la conciencia hoy quiero hacer pública mi naturaleza interior esen­cial. Hay algo dentro de mí que me impele a expresar en voz alta mi dolor.

He conocido la humanidad. He estudiado algo de psicología. Aunque sé con exactitud qué es, no sé cómo describirlo. Esa voz dentro de mi me dice, «tienes que oponerte al mundo con firmeza aunque te quedes solo. Debes mirar a la cara a todo el mundo aunque el mundo te mire con ojos inyectados en sangre. No temas».

Confiad en esta vocecita que reside en el interior de vuestro corazón. Y dice. «Renun­cia a tus amigos, a tu esposa y a todo, y da testimonio de aquello por lo que has vivido y por lo que has de morir».

Quiero vivir todo lo que me quede de vida. Y si por mí fuese haría que la duración de esa vida fuera 120 años. Por entonces, la India sería ya libre, el mun­do sería libre.

Dejad que os diga que no considero a Inglaterra ni, en realidad, tampoco a Estados Unidos, países libres. Son libres a su manera, libres de mantener esclaviza­das a las razas de color de la tierra. ¿Inglaterra o Esta­dos Unidos luchan hoy por la libertad de estas razas? Si no es así, no me pidan que espere hasta que la gue­rra haya terminado. No limiten mi concepto de liber­tad.

Los maestros ingleses y norteamericanos, su his­toria, su magnífica poesía, no dijeron nunca que no se debiera ampliar la interpretación de la libertad. Y de acuerdo con aquella interpretación de la libertad, me veo en la obligación de decir que son ajenos a esa mis­ma libertad que sus maestros y poetas describieron.

Si quisieran conocer la libertad real, deberían venir a la India.Tienen que venir, no con orgullo o arrogancia, sino con el espíritu de quienes buscan la verdad con sinceridad y tenacidad. Se trata de una verdad funda­mental cuya experiencia ha venido haciendo la India a lo largo de 22 años.

De forma inconsciente desde su misma fundación hace ya mucho tiempo, el Partido del Congreso ha veni­do basándose en la no violencia, en los métodos que llaman constitucionales.

Dadabhai y Pherozeshah, que tuvieron el Partido del Congreso de la India en la pal­ma de sus manos, acabaron siendo rebeldes. Amaban al Partido del Congreso. Ellos eran quienes mandaban, pero ante todo, eran sus auténticos servidores.

Nunca toleraré el asesinato, ni el secretismo ni cosas similares. Confieso que entre nosotros, hombres del Partido del Congreso, hay muchas ovejas negras. Pero confío en que toda la India emprenda hoy una lucha no violenta.

Y confío porque mi carácter me lleva a confiaren la bondad innata de la naturaleza humana,que percibe la verdad y se impone casi por instinto en los momentos de crisis. Pero aun en el caso de que pueda estar engañado en esto, no cejaré.

No vacilaré. Desde su creación, el Partido del Congreso basó su política en métodos pacíficos, entre ellos la Swaraj, y generacio­nes posteriores añadieron la no violencia.

Cuando Dadabhai entró en el Parlamento británico, Salisbury le apodó el hombre negro pero el pueblo inglés desbancó a Salisburyy Dadabhai entró en el Parlamento gracias a aquellos votos. La India enloqueció de ale­gría. Estas cosas, no obstante, a la India ya se ie han quedado pequeñas.

Con todas estas cosas como telón de fondo, quisie­ra, no obstante, que ingleses, europeos y todas las Naciones Unidas examinaran en sus corazones qué crimen ha cometido la India al exigir la independen­cia.

Y les pregunto ¿hacen bien en desconfiar de una organización (como el Partido del Congreso), con toda su experiencia, tradición y logros durante más de medio sigloy en tergiversar sus esfuerzos ante todo el mun­do con los instrumentos que tienen a su disposición? ¿Está bien que, por las buenas o por las malas, con la ayuda de la prensa extranjera, con la ayuda del presi­dente de Estados Unidos de América o incluso del gene­ralísimo de China que aún no se ha ganado los laure­les, presenten la lucha de la India como una espantosa caricatura?

Me reuní con el generalísimo (Chiang-kai-Shek) al que conocí gracias a la señora Shek que fue mi intér­prete. Aunque él me pareció un ser inescrutable, no sucedió así con la señora Shek,y él me permitió adivi­nar sus pensamientos a través de ella.

Han orquestado un coro de desaprobación y justi­ficada protesta en todo el mundo contra nosotros. Dicen que nos equivocamos, que el paso que estamos dando es inoportuno.Tengo en muy alta considera­ción a la diplomacia de los británicos que durante tan­to tiempo les ha permitido conservar el Imperio. Pero ahora percibo su tufillo en mi nariz, y proviene de otros que la han estudiado a fondo y ahora la están ponien­do en práctica.

Puede que consigan, mediante estos métodos, hacer que por un tiempo la opinión interna­cional se decante a su favor, pero la India hablará con­tra esa opinión internacional.
Alzará su voz contra toda esa propaganda organizada. Yo la denunciaré, aunque tenga en contra a las Naciones Unidas en pleno, aun­que toda la India me abandone, les diré «están equi­vocados. Con la no violencia, la India arrancará la liber­tad de las manos de quienes no están dispuestos a dársela».

Seguiré adelante no sólo por la India, sino por el bien de todo el mundo. Aun en el caso de que mis ojos se cierren antes de que haya libertad, la no violen­cia no terminará. Asestarán un golpe mortal a China o a Rusia si se oponen a la libertad que la India de la no violencia suplica postrada de rodillas para que se salde una deuda que, desde hace ya mucho tiempo, ha vencido.

¿Alguna vez un acreedor se ha presentado de este modo ante su deudor? Y aun así, cuando la India se enfrenta a una oposición tan enconada, dice «no vamos a dar ningún golpe bajo, hemos aprendido nobleza de sobra. Hemos hecho un juramento de no violencia».

He sido el artífice de la política de evitar situaciones violentas seguida por el Partido del Con­greso y, sin embargo, hoy os hablo con palabras contundentes. Hacerlo es coherente con nuestro honor. Si un hombre me agarrara del cuello y quisiera ahogarme, ¿acaso no iba a luchar por liberarme de inmedia­to? En lo que hoy proponemos no hay inconsecuencia alguna.

Aquí se han congregado hoy representantes de la prensa extranjera. A través de ellos quisiera decirle al mundo que las potencias aliadas que, de un modo u otro, afirman necesitara la India, tienen ahora la oca­sión de proclamar la libertad de la India y demostrar su buena fe. Si dejan pasar esta ocasión, dejarán esca­par la oportunidad de su vida, y la historia levantará acta de que no liberaron a tiempo de sus obligaciones a la India, y que perdieron la batalla.

Necesito la apro­bación del mundo entero para que pueda conseguir ­lo con ellos. No quiero que las potencias aliadas vayan más allá de sus evidentes limitaciones. No quiero que abracen la no violencia y que, hoy mismo, se desarmen. No. Hay una diferencia fundamental entre el fascismo y este imperialismo contra el que lucho.

Aquí se trata de hacer que los británicos se vayan de la India que tie­nen esclavizada. Imaginemos lo diferente que sería si la India participara [en la guerra] como un aliado libre. La libertad, si ha de llegar, debe hacerlo hoy mismo.

De esto no quedará nada si ustedes, que tienen la capacidad de ayudar, no la ejercen hoy. Pero si la ejer­cen, el fulgor de una libertad que hoy parece imposi­ble, será posible mañana. Si la India goza de esa liber­tad, exigirá esa misma libertad para China. Se abrirá el camino para correr en ayuda de Rusia.

En la penín­sula Malaya o en las tierras de Birmania no morían los ingleses. ¿Qué nos permitirá salvar la situación? ¿Adon­de iré, adonde llevaré los 40 crores de la India? Esta inmensa masa de humanidad no brillará en la causa de la liberación del mundo, a menos que palpe y has­ta que haya sentido la libertad.

Hoy no les queda pizca de vida. Les ha sido aplastada. Es preciso devolver el brillo a sus ojos, la libertad debe llegar hoy mismo, no mañana. Hacerlo o morir.

He comprometido al Partido del Congreso y el Partido del Congreso lo hará o morirá."