"Se me acabó la Paciencia" - Adolf Hitler


Adolf Hitler

 "Paz o Guerra, se me Acabó la Paciencia"

 Discurso de Hitler exigiendo a los países europeos la entrega de territorios checoslovacos, 26.09.1938.

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"¡Todo el pueblo germano se va a unir conmigo, sentirá que mi voluntad es su voluntad! Su futuro y su destino son la fuerza que me lleva a actuar de este modo. Queremos que nuestra voluntad sea tan fuerte como en el momento de nuestra lucha, en que yo, un simple soldado desconocido, conquistó un imperio y nunca dudó del éxito ni de la victoria final...."


"Tenemos ahora ante nosotros el último problema que hay que solucionar y solucionaremos. Es la última exigencia territorial que debo hacer en Europa, pero es una exigencia que no pienso retirar y que, Dios mediante, haré que se cumpla.

La historia del problema es la siguiente. En 1918, bajo el lema del «derecho de los pueblos a la autodeterminación», Europa Central fue hecha pedazos y reconstruida por una serie de supuestos «estadistas» dementes. Sin consideración por el origen de los pueblos, sin consideración por su deseo como naciones o por sus necesidades económicas, Europa Central fue dividida en átomos y se crearon arbitrariamente esos supuestos nuevos Estados.

A este procedimiento debe su existencia Checoslovaquia. Este Estado checo nació gracias a una mentira, el padre de la cual fue Benes (Nota: Edward Benes, presidente de ese país desde 1935 hasta el Tratado de Munich de 1939). El señor Benes apareció por entonces en Versailles y lo primero que hizo fue asegurar que existía una nación checoslovaca. Se vio obligado a inventar esta mentira para otorgar una importancia mayor al escaso número de sus propios compatriotas y, de este modo, justificarse. En ese momento, a los estadistas anglosajones, que no eran, como ocurre siempre, muy versados en lo que respecta a cuestiones de geografía o nacionalidad, no les pareció necesario comprobar las afirmaciones del señor Benes. En caso de que lo hubieran hecho, podrían haber comprobado que no existe tal cosa como una nación checoslovaca, sino tan sólo checos y eslovacos, y que éstos no querían tener nada que ver con los checos.

De modo que al final, gracias al señor Benes, Eslovaquia fue anexada por los checos. Pero como este Estado no parecía suficientemente apropiado para vivir, tuvieron que incorporar a tres millones y medio de alemanes, lo que supuso una violación de su derecho a la autodeterminación y de su deseo por la autodeterminación. Como aquello no bastó, tuvieron que añadir a más de un millón de magiares, luego, algunos rusos de los Cárpatos y, al final, a varios cientos de miles de polacos. Este es el Estado que luego procedió a llamarse a sí mismo Checoslovaquia, lo que supuso una violación del derecho de los pueblos a la autodeterminación, una violación del claro deseo y la voluntad de las naciones a las que se había causado este daño.

Sin embargo, la parte vergonzosa de la historia empieza ahora. Este Estado, cuyo gobierno se encuentra en manos de una minoría, compele a las otras nacionalidades a cooperar en una política que un día de éstos los obligará a matar a tiros a sus propios hermanos. El señor Benes exige a los alemanes que: «Si declaro la guerra a Alemania, tendrán que disparar contra alemanes. Y si se niegan a hacerlo, serán unos traidores del Estado y haré que los fusilen». Y lo mismo espera de Hungría y de Polonia. Exige a los eslovacos que apoyen objetivos que les resultan totalmente indiferentes, ya que el pueblo eslovaco desea la paz y no aventuras. De hecho, el señor Benes convierte a estas personas en traidores al país o traidores a su pueblo. O se muestran dispuestos a traicionar a su pueblo, a disparar contra sus compatriotas, o el señor Benes les dice: «Son unos traidores a su país y yo mismo los fusilaré». ¿Acaso puede haber algo más vergonzoso que obligar a personas de otro pueblo, que se encuentra en unas circunstancias muy especiales, a disparar contra sus compatriotas por el mero hecho de que un gobierno criminal, malvado y ruinoso se lo exige? Puedo afirmar que cuando ocupamos Austria mi primera orden fue: ningún checo tiene por qué servir en el ejército alemán, es más, no debe hacerlo. Yo no les he provocado ningún conflicto de conciencia.

¡Ahora el señor Benes deposita sus esperanzas en el mundo! Y él y sus diplomáticos no lo ocultan. Lo afirman claramente: «Tenemos la esperanza de que Chamberlain sea derrocado, de que Daladier sea obligado a dimitir, y creemos que la revolución está en camino». Depositan sus esperanzas en la Rusia soviética. Aún creen que será capaz de rehuir el cumplimiento de sus obligaciones.

Así pues, sólo puedo decir una cosa más: en este momento hay dos hombres dispuestos uno frente al otro. El señor Benes está allí, y yo estoy aquí. Somos dos hombres de carácter muy distinto. Durante la gran lucha de los pueblos, mientras el señor Benes se dedicaba a vagar por el mundo, yo cumplí con mi trabajo como un honrado soldado alemán. ¡Y hoy me encuentro frente a este hombre como el soldado de mi gente!

Tan solo quisiera decir un par de cosas más: estoy agradecido al señor Chamberlain por todos sus esfuerzos. Le he asegurado que no hay nada que el pueblo alemán anhele más que la paz, pero también le he dicho que no puedo ir más allá de los límites de nuestra paciencia. También le he asegurado, y lo repito aquí, que cuando este problema se haya resuelto, para Alemania se habrán acabado los problemas territoriales de Europa. Y le he asegurado que en el momento en que Checoslovaquia solucione sus problemas, lo que significa que los checos alcancen un acuerdo con sus otras minorías, y mediante medios pacíficos y no la opresión, entonces cesará todo mi interés por el Estado checo. ¡Y se lo he prometido! ¡No queremos a los checos!

Pero del mismo modo, deseo afirmar ante el pueblo alemán que, en lo referente al problema de los Sudetes alemanes, ¡se me ha acabado la paciencia! Le he hecho una propuesta al señor Benes que no es más que la puesta en práctica de lo que él mismo prometió. Ahora, la decisión está en sus manos: ¡Paz o guerra! O acepta esta oferta y les concede la libertad a los alemanes, o iremos nosotros mismos a buscar esa libertad. El mundo debe tomar nota de que en cuatro años y medio de guerra, y durante mi larga vida política, hay una cosa que nadie podrá echarme en cara: ¡Nunca he sido un cobarde! ¡Ahora me sitúo al frente de mi pueblo como su primer soldado y detrás de mí, para que lo sepa el mundo, marcha un pueblo muy distinto al de 1918! Si en aquel momento un erudito trotamundos fue capaz de inyectarle a nuestro pueblo el veneno de los lemas democráticos, la gente de hoy en día ya no es como la de entonces. Tales lemas son para nosotros como los aguijones de avispa: no pueden hacernos daño, ahora somos inmunes. ¡Todo el pueblo germano se va a unir conmigo, sentirá que mi voluntad es su voluntad! Del mismo modo que su futuro y su destino son la fuerza que me lleva a actuar de este modo. Ahora queremos que nuestra voluntad sea tan fuerte como en el momento de nuestra lucha, el momento en que yo, un simple soldado desconocido, conquistó un imperio y nunca dudó del éxito ni de la victoria final.

Entonces se reunió en torno a mí un grupo de hombres y mujeres valientes que me acompañaron. Así que les pido, mi pueblo alemán, que se sitúen detrás de mí, hombre junto a hombre y mujer junto a mujer. En este momento, todos deseamos formar una voluntad común, y esta voluntad debe ser más fuerte que cualquier dificultad y peligro. Y si esta voluntad es más fuerte que todas las dificultades y todos los peligros, llegará un día en que los hará añicos. ¡Estamos decididos! ¡Ahora dejemos que el señor Benes tome una decisión!".