Discurso Juan XXIII - Concilio Vaticano II

| Menú Inicio | Autores | Temáticas | Novedades | Más visitados | Selección |


Juan XXIII

"Concilio Vaticano II"

Discurso del Pontífice en los comienzos del Concilio Vaticano II el 14.11.1960

Enlaces: Vaticano | Juan XXIII

"En la época moderna, con un mundo cambiante y que se sostiene difícilmente en medio de los atractivos y los peligros de la búsqueda casi exclusiva de los bienes materiales, se trata de renovar la substancia del pensar y del vivir humano y cristiano, del que la Iglesia es depositaria y maestra por los siglos.

"Venerables Hermanos, amados Hijos:

En la apertura de esta solemne e imponente reunión, que señala el comienzo de una santa vigilia de trabajo intenso y pacífico para el Concilio Ecuménico Vaticano II, parece que vienen muy a propósito las conocidas palabras que preceden a la bendición episcopal: Sit nomen Domini benedictum : Adiutorium nostrum in nomine Domini.

El nombre y el auxilio del Señor invocado y bendecido: ¿qué cosa más suave y conmovedora?

Con estos auspicios llenos de alegría deseamos hoy ocuparnos con vosotros en una conversación del todo familiar y sencilla, que añada luz y fervor al que ya cada uno de nosotros lleva en la mente y en el corazón.

Los esfuerzos humanos, que han comenzado en la luz y gracia divinas, continuarán después gradualmente, a medida que nuestra cooperación vaya creciendo en empeño, buena voluntad y santa energía.

Suele afirmarse que la incertidumbre, la sagrada emoción —diría— de los primeros pasos, siendo ejercicio de humildad, pronto se transforma en seguridad animosa, sobre todo si el sucesivo despejarse del horizonte revela gradualmente la intervención del Señor para iluminar, animar, seguir adelante corde magno et animo volenti.

Este nuestro Concilio no recibe su nombre de Jerusalén o de Nicea. Pero es natural que el alma del humilde sucesor actual de San Pedro, y del Papa Silvestre, que se siente lleno de ardor ante el proyecto de esta gran empresa, se aplique entre otras cosas a considerar principalmente el desarrollo histórico de los veinte acontecimientos de iguales o más vastas proporciones, que se han sucedido durante dos mil años, a señalar solicitudes pastorales de la Iglesia; a considerar —digamos— las particulares y graves contingencias que acompañaron la celebración de estas memorables reuniones, las dificultades y contradicciones encontradas en las vicisitudes de las diversas épocas, a veces más tempestuosas y difíciles que la actual. A este trabajo de erudición histórica, precioso en sumo grado, deseamos ante todo invitar a cuantos han recibido la particular y alta misión de colaborar más directamente en este Concilio Vaticano II.

Están a nuestra disposición las principales Colecciones monumentales de los Concilios: la Romana, ordenada por Paulo V, la Regia, de París, y la Nova et Amplissima Collectio, de Mansi, que bajo la dirección del mismo insigne Arzobispo de Luca llegó a contar más de treinta grandes volúmenes, y que, continuada después por Petit y Martin, llegó a los sesenta; por no mencionar otras preciosas publicaciones de gran valor, en muchos idiomas.

¡Cuánta doctrina y cuánta historia, erizada por desgracia, de dificultades y de luchas, pero coronada siempre de gloriosos éxitos!

Bendigamos al Señor, venerables Hermanos y amados hijos, porque, a juzgar por las primeras impresiones suscitadas en el mundo entero al mero anuncio del Concilio, hay muchos motivos que, por decirlo así, nos permiten gustar anticipadamente del espectáculo de la inmutable y siempre floreciente juventud de la obra maravillosa de la acción redentora de Cristo que es la Iglesia Católica, quam acquisivit sanguine suo (Act. 20, 28).

Otro punto de importancia es preciso destacar aquí, al comienzo del enorme trabajo que tenemos delante y deseamos presentar sin demora al mundo entero.

Los Concilios Ecuménicos del pasado han respondido preferentemente a varias e importantes preocupaciones de exactitud doctrinal relativas a la lex credendi, a medida que las herejías y errores intentaban penetrar en la antigua Iglesia en Oriente y Occidente.

En Nicea se puso en discusión la Divinidad del Verbo Divino hecho hombre por la salvación del género humano: el error de Arrio. En Efeso, la preocupación grave versó sobre la unidad de la persona del Verbo en las dos naturalezas y la maternidad de María, la Theotocos. En Calcedonia nuevas querellas y discusiones sobre la distinción de las mismas dos naturalezas. En el siglo XVI se había puesto en peligro funditus la constitución de la Iglesia, y en Trento se debió y se logró de hecho restablecer todo sobre las antiguas bases: fe, culto, sacramentos, disciplina: todo fue restablecido sobre sólidas bases y puesto en clarísima luz. Finalmente, el Concilio Vaticano I, en el breve espacio de tiempo que le fue concedido, con todo vigor revisó nuevamente la divina constitución de la Iglesia, en particular lo relativo a la infalibilidad, in rebus fidei et morum, del Romano Pontífice.

Para la convocación de los otros quince Concilios Ecuménicos, además de esos cinco ya enumerados, es verdad que las ocasiones se presentaron por diversas circunstancias y por el cuidado de salvaguardar la pureza de lo enseñado por la Iglesia acerca de algunos puntos doctrinales, pero también por el cuidado de confirmar y dirigir las conciencias turbadas ante acontecimientos de carácter religioso o político, en diversas naciones o contingencias, aunque casi siempre en relación con las más altas tareas del magisterio eclesiástico, para el servicio del orden, del equilibrio y de la paz social.

En la época moderna, con un mundo de fisonomía profundamente cambiada y que se sostiene difícilmente en medio de los atractivos y los peligros de la búsqueda casi exclusiva de los bienes materiales, ante el olvido o el debilitamiento de los principios de orden espiritual y sobrenatural que caracterizaban la implantación y la expansión de la civilización cristiana, a través de siglos: en la época moderna, digo, más bien que de uno u otro punto de doctrina o de disciplina que convenga llevar hasta las puras fuentes de la Revelación y de la Tradición, se trata de renovar en su valor y esplendor la substancia del pensar y del vivir humano y cristiano, del que la Iglesia es depositaria y maestra por los siglos.

Por lo demás, el deplorar las desviaciones del espíritu humano, tentado y arrastrado a gozar únicamente de los bienes terrenos, que los modernos progresos científicos ponen ahora con facilidad al alcance de los hijos de nuestro tiempo, ciertamente es cosa grave y obligatoria. Pero Dios nos libre de exagerar las proporciones hasta el punto de hacernos pensar que los cielos de Dios ya han quedado definitivamente cerrados sobre nuestras cabezas; que verdaderamente tenebrae factae sint super universam terram, y que no nos quede ya otra cosa que hacer sino derramar lágrimas sobre nuestro fatigoso camino.

Por el contrario, debemos llenarnos de valor.

No. Cristo, Hijo de Dios y Salvador nuestro, no se ha retirado del mundo que ha redimido, y la Iglesia fundada por El, una, santa, católica y apostólica, continúa siendo siempre su místico cuerpo, del cual El es cabeza, con el cual cada uno de nosotros, los creyentes, está relacionado, al cual pertenecemos. El punto importantísimo que todo bautizado debe tener presente es éste: el hecho de pertenecer a la Iglesia de Jesús no es una simple nota de carácter individual, para cada uno, sino de carácter eminentemente social, para todos. Y ésta es la significación del apelativo de homo catholicus, de orbis catholicus, de Ecclesia catholica: como queriendo decir que cada uno de nosotros, en la Iglesia de Cristo, somos verdaderamente de la misma familia divina, hijos y hermanos: quos (Pater) praescivit et praedestinavit conformes fieri imaginis Filii sui, ut sit ipse primogenitus in multis fratribus (Rom., 8, 29).

Así, pues; cada uno de los fieles pertenece a la catolicidad toda entera, como cada uno de los sacerdotes y, con la debida distinción de oficios, cada uno de los Obispos, y esto, en fuerza de la estructura divina que Jesús, Filius Dei fundator Ecclesiae, imprimió a su institución, hecha para la universalidad y para la eternidad.

Vosotros comprendéis, Venerables Hermanos y amados hijos, cómo corresponden a estas sencillas indicaciones, las palabras de unidad, de caridad y de altísimas virtudes, los charismata meliora que San Pablo en su primera epístola a los Corintios se adelanta a enumerar, para común aliento y edificación (1 Corinth., 12 y 13).

¡Oh, qué páginas de sublime y emocionada elevación son ésas del incomparable Apóstol de las gentes, que corresponden al anhelo expresado por el "unum sint" de la trágica víspera de la Divina Pasión, y que todavía resuenan, desde el fondo de esa edad, incluso sobre las innumerables fracciones separadas de la unidad católica que no dejan de suspirar por el retorno a la senda del auténtico fundamentum Apostolorum et prophetarum, ipso summo angulari lapide Christo Iesu: in quo omnis aedificatio constructa crescit in templum sanctum Domino (Ephes., 2, 19).

Amados hijos: todo lo que hemos querido recordar hasta aquí en estas Nuestras palabras, aunque haya sido ligeramente, nos lleva a indicar algunas líneas de procedimiento práctico, sobre el desarrollo del trabajo que hoy se inaugura, tanto por parte de esta Comisión Central —la más alta— presidida por el mismo Papa, como para la coordinación de las otras Comisiones o Secciones de trabajo, sobre las cuales recaerá la parte formidable de esta gran tarea, a la que cada uno de vosotros fue llamado desde los más lejanos horizontes, con una intención de pacífica concordia y de exultante fervor.

Queridos hijos: Cuando en la fiesta de Pentecostés de este año publicamos el Motu Proprio Superno Dei nutu, grande fue el consuelo de entrever y casi presagiar, en el diverso y rápido crecimiento del fervor religioso, la edificante vitalidad de las energías espirituales, capaces de llevar Nuestro buen designio y propósito del Concilio a feliz y alegre término. A pocos meses de distancia, fieles a una sencilla invitación Nuestra, os encontráis aquí presentes ante Nos, constituyendo un noble ejército, bajo las bóvedas del templo máximo de la Cristiandad, como diciendo: "Adsumus, ecce tibi".

¡Oh, sed bienvenidos y que Dios os bendiga!

Algunas informaciones os serán de inmediato y pleno agrado. En la fase antepreparatoria se ha podido reunir y preparar un material precioso de investigación y de estudio. Obispos, Prelados, Congregaciones Romanas, Universidades, han expresado su parecer sereno, motivado, persuasivo, acerca de varios problemas de inmediata solución. Estas primeras respuestas se están ahora imprimiendo en una edición ejemplar, que consta ya de cinco volúmenes, y esperamos otros tantos poco después de Navidad.

De este copioso arsenal fue de donde se escogieron los asuntos que parecieron más dignos de atención para las discusiones particulares. Ahora esos mismas asuntos serán confiados a vuestra pericia, queridos hijos, que podría además señalar o profundizar otros que pareciese necesario y oportuno proponer y prear.

Bajo la sabia y prudente guía de cada uno de los presidentes, las Comisiones y los Secretariados están asimismo ya preparados para su tarea, como Nos lo aseguran las primeras constataciones, y están particularmente dedicados a satisfacer los deseos y proposiciones de los Obispos, padres venerables de la noble asamblea.

¡Qué hermoso trabajo, amados hermanos e hijos nuestros, va a ser esto!

Al sólo pensarlo el ánimo conmovido se regocija y da gracias al Señor por toda la brillantez y belleza espiritual que la Santa Iglesia va a conseguir ante el mundo para su edificación y su aliento.

Es natural que el estudio de preparación requiera amplitud de tiempo, paciencia perseverante en el trabajo y ejercicio de la caridad que se embellece con los charismata meliora, mencionados en el capítulo XIII de la primera carta de San Pablo a los Corintios. La experiencia más cercana a nuestros tiempos, la de Trento y del Vaticano I, servirá de buena dirección y enseñanza a las proposiciones, discusiones y conclusiones.

Es también natural que el amor silentii, el sentido de la moderación, el respeto mutuo sea precioso ornamento de los estudios y de las reuniones. Todo en el Concilio ha de estar rodeado de grande circunspección, manteniéndose en su puesto cada uno de los que en él toman parte. El que las primeras informaciones que han circulado por el gran mundo hayan suscitado aún extra saepta Ecclesiae Catholicae respetuosa atención de parte de los hermanos separados, Nos consuela sobre manera y Nos hace pregustar la alegría de la unidad de todos los cristianos en los sentimientos y en la misma oración de Cristo a su Padre: "Ut unum sint; ut sanctifices eos in veritate (Io. 17, 19).

Sin embargo, el Concilio, como es ya sabido y ha sido repetidamente anunciado, tiene un campo peculiar suyo, como civitas in monte, y se ocupará al principio exclusivamente de cuanto concierne a la Iglesia Católica, nuestra madre, y su actual organización interna.

Spiritus Domini replevit orbem terrarum, et hoc od continet omnia scientiam habet vocis. Magníficas son estas expresiones del capítulo I del Libro de la Sabiduría, como es estupendo y conmovedor todo el libro. Pero todos los que, aun sin participar en la profesión íntegra de la fe católica, desean con ánimo leal y confiado informarse sobre los trabajos del Concilio, Nos queremos esperar que no encontrarán menos oportuna y cortés Nuestra invitación a aguardar un poco a que los Padres hayan terminado su obra y todo esté bien preparado y mejor dispuesto para los contactos más elevados: inteligencia, corazón y visión de lo sobrenatural, sobre todo lo cual pueda posar el Spiritus Domini a gloria y amor de Jesucristo, fundador de su santa y gloriosa Iglesia.

Bien sabido es, por lo demás, que para completar el cuadro oficial de las 10 Comisiones entre las cuales está distribuido el trabajo del Concilio, hemos procedido a la institución de un Secretariado especial que pueda responder a las referencias de todos aquellos hermanos nuestros que, aunque separados —como suele decirse—, desean seguir la obra del Concilio a la luz de la verdad, con sentimientos de respeto, de bondad y de amable discreción.

Venerables Hermanos y amados hijos.

A esta Nuestra familiar conversación deseamos añadir algunas palabras que eleven nuestras almas a una animosa confianza, y a una santa emulación en las virtudes cristinas y sacerdotales, que todo el pueblo deba mirar con edificación, para salud, alegría y paz del mundo entero.

La celebración de un Concilio de la Iglesia Católica lleva consigo el estudio de todo un conjunto de materias que se relacionan con el orden no sólo de los individuos y de las familias, sino también de todas las naciones, orden que rige las bases de la convivencia humana.

Desde el decálogo de Moisés hasta los cuatro Evangelios todo recibe su fuerza de esto: a saber, de Cristo y de su Iglesia, en cuyo centro Jesús bendito continúa siempre repitiendo las solemnes palabras: Ego sum lux mundi. Ego sum via, veritas et vita (Io. 8, 12; 14, 6). A estas palabras y a lo que ellas significan ponen después un divino sello las últimas, con que termina el Evangelio de San Mateo: Ecce: ego vobiscum sum omnibus diebus usque ad consummationem saeculi (Mat., XXVIII, 20).

¡Amados hijos! Durante estos meses, revisando numerosos escritos de la copiosa literatura relativa al último Concilio Ecuménico Vaticano I, celebrado por Nuestro Predecesor, de venerada memoria, Pío IX en el año 1869-1870, hemos descubierto un escrito público impreso, redactado por uno de los espíritus más agitados y aplaudidos en aquel tiempo de acentuado paroxismo antirromano. Iba enderezado con una ironía de mal gusto a los Obispos, que desde todo el mundo habrían de acudir al Vaticano, y los comparaba con los antiguos Obispos de Oriente, reunidos en Nicea para el primer Concilio en el año 325: "Vosotros os habéis reunido hoy en Roma para el nuevo y último Concilio. El primero —el Niceno— fue un solemne y venerado bautismo de triunfo y de ordenada unidad para la religión que requerían los tiempos. Este último, el vuestro, sean las que fueren vuestras intenciones, probará la gran realidad de una religión agonizante, y consiguientemente el necesario y no lejano nacimiento de otra nueva" (Scritti editi ed inediti di G. M., Vol. LXXXVI; Política, Vol. XXVIII), Imola, Cooperativa Tip. Ed. P. Galeati, 1940, p. 241.

Hasta aquí las auténticas palabras del desafío, y de las profecías. A un siglo de distancia podemos comprobar su insania y lo que merecen estos profetas de Baal —y nunca falta alguno— qui viderunt tibi falsa et stulta (Thren. 2, 14). ¡Dejémosles hablar!, para nuestro ejercicio de vigilancia y de paciencia, ut reportemus promissionem. Nosotros sigamos fieles a la palabra de Cristo, la última palabra con la cual Mateo termina su Evangelio, y que es la confirmación de la victoria de la Iglesia de Jesús, de nuestra Iglesia, hasta el fin de los siglos.

Esta reunión de hoy, que congrega a representantes de todo el mundo, no es todavía la inauguración del nuevo Concilio; sino el comienzo y como la consagración de la decidida y amplia preparación de nuestras energías con miras a su buen éxito, a tomar determinaciones, a iniciar estudios y discusiones, para proporcionar vida y doctrina segura.

¿No os parece oír el eco de una voz lejana que llega a nuestros oídos y a nuestros corazones? Surge, illuminare, Ierusalem, quia venit lumen tuum, et gloria Domini super te orta est (Is. 60, 1). El lejanoIsaías nos ofrece las notas para el primer cántico triunfal, que recoge los ecos del melodioso fervor que se eleva ex omnibus linguis, et tribubus et populis.

Grandes cosas en verdad —deseamos repetirlo— esperamos Nos de este Concilio, que no sólo pretende vigorizar la fe, la doctrina, la disciplina eclesiástica, la vida religiosa y espiritual; sino contribuir en gran manera a la consolidación de los principios del orden cristiano, en los que se inspira y por los que se rige el desenvolvimiento de la vida civil. económica, política y social. La ley del Evangelio debe llegar a todo esto, y no hay nada que no deba envolver y penetrar de cuanto nos viene de rore coeli et de pinguedine terrae (Gen. 27, 28). Llegar a todo esto supone una participación consciente, sincera, elevada, de todos los que integran el orden social —sacerdocio y laicado; autoridades constituidas; actividades intelectuales; trabajo—, del orden social absorbido con la preocupación de la perfecta unión de las relaciones entre cielo y tierra, entre vida presente incierta y peligrosa, y vida eterna y felicísima en la proporción de nuestra correspondencia como hombres y como cristianos a los dones de la gracia y de la misericordia del Señor.

Venerables Hermanos, amados hijos.

En la gloria serena y tranquila de este hermoso comienzo de los trabajos del Concilio, confiado a la competencia y a las buenas y sabias inspiraciones de cada uno, dignaos recibir el sursum corda que deseamos dirigir a todos y cada uno de los presentes en persona o en espíritu; a los Señores Cardenales, cercanos y preciosos colaboradores del humilde Sumo Pontífice episcopus Ecclesiae Romanae y Pastor de la Iglesia Universal; a los Patriarcas, Arzobispos, Obispos de toda la cristiandad, extendida en diversos ritos y por todas las regiones del mundo entero, a los Abades, a todos los miembros del clero, secular y regular, y a todos los que del estado eclesiástico han sido llamados in partem sollicitudinis, y que pertenecen al corpus universale Ecclesiae para contribuir con la oración, el consejo, la actividad, al gran acontecimiento, al cual nos ha llamado la Providencia del Señor, o puesto en condiciones de cooperar.

Desde el primer anuncio del Concilio Ecuménico Vaticano II, el mundo cristiano ha notado que una. corriente de espiritualidad conmueve las almas con vibraciones insólitas.

Y en las almas sinceras estas vibraciones toman acento de oración confiada, suave al oído y al corazón: voces de almas inocentes, voces de almas consagradas, voces de los que sufren, que se elevan desde todos los puntos de la tierra.

En los primeros años de la historia de la Iglesia, el primer Papa, Pedro, fue objeto de persecuciones, privado de libertad y recluido en prisión. El libro de los "Hechos" es conmovedor cuando nos refiere cómo toda la Iglesia comenzó a orar por él sine intermissione. Desde hace veinte siglos continúa la oración por el Jefe de la Iglesia Católica, y podéis comprender vosotros cuánto consuelo, seguridad espiritual y tranquilidad produzca en el Papa el sentirse sostenido así por sus venerables Hermanos y amados hijos, esparcidos en todo el mundo. Este sentimiento lo mantiene en continua comunión con la Sancta Ecclesia universalis, comunión de oración que responde a la oración, comunión de sufrimientos que responde al sufrimiento. ,

La bondadosa Providencia de Nuestro Señor ha dispuesto que el Obispo de Roma, reconocido en todos los siglos como su Vicario en la tierra, goza ahora de una libertad personal que le permite el ejercicio de su sagrado ministerio espiritual, como sucedió al primer Pontífice, Pedro, libre ya de la cárcel de Herodes.

Pero el Papa tiene una gran pena que llena siempre su corazón el recuerdo de muchos, por demás numerosos, amados Hermanos suyos en el episcopado, de excelentes sacerdotes y fervorosos fieles que aquí y allá en varias partes del mundo sufren privación de libertad humana y religiosa, y aun a veces física y moral, y hasta opresión comparable a la que sufrieron los primeros héroes y mártires del cristianismo.

Sabemos lo que significa vivir con Cristo, con su Evangelio, con su Cruz, y lo que podemos esperar de los enemigos de Cristo y de la civilización cristiana. Esto Nos hace mucho más sensibles a las aflicciones de Nuestros hermanos que continúan sufriendo en la tribulación; y nos anima a apresurar para ellos y para todo el mundo el triunfo de la verdad, de la justicia, de la libertad y de la paz.

El diligente y reflexivo trabajo de la preparación, más directa del Concilio Ecuménico, con la contribución ordenada y preciosísima de los componentes de las diez Comisiones y de los Secretariados ya a punto de entregarse a la gran tarea propuesta a cada uno, tenga siempre presente la voz de la Iglesia, hecha signo de persecución, en una no interrumpida comunión de oraciones, de fatigas, y de méritos que asegurarán el buen éxito de la santa empresa, que nos confía la Providencia, y asegurarán también la recompensa cierta de la vida presente y eterna en Cristo Jesús, Rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos: Así sea."

Discurso de Juan Pablo II 1978

| Menú Inicio | Autores | Temáticas | Novedades | Más visitados | Selección |


Juan Pablo II

"A los representantes de la Prensa"

Discurso del Pontífice a la prensa en 1978 reflexionando sobre la importancia de los medios de comunicación

Enlaces: Vaticano | Juan Pablo II

"Conocemos las posibilidades nuevas y felices que los medios de comunicación ofrecen al hombre de hoy, para conocer mejor y acercarse a los propios semejantes, para percibir más de cerca el ansia de justicia, de paz, de fraternidad, para instaurar con ellos vínculos más profundos de participación, de comprensión, de solidaridad en orden a un mundo más justo y humano"

"Egregios señores y queridos hijos:

Nos alegramos de poder recibir ya en la primera semana de nuestro pontificado una representación tan calificada y numerosa del «mundo» de las comunicaciones sociales, reunida en Roma con ocasión de dos acontecimientos, que han tenido un profundo significado para la Iglesia católica y para el mundo entero: la muerte de nuestro llorado predecesor Pablo VI y el reciente cónclave, en el cual ha sido colocado sobre nuestros humildes y frágiles hombros el peso formidable del servicio eclesial de Sumo Pastor.

Este grato encuentro nos permite agradeceros los sacrificios y fatigas que habéis afrontado durante el mes de agosto para servir a la opinión pública mundial —también el vuestro es un servicio y muy importante—, ofreciendo a vuestros lectores, oyentes y telespectadores, con la rapidez y prontitud que requiere vuestra responsable y delicada profesión, la posibilidad de participar en estos históricos acontecimientos, en su dimensión religiosa y en su profunda conexión con los valores humanos y las esperanzas de la sociedad de hoy.

Queremos expresaros en particular nuestra gratitud por el empeño que habéis puesto estos días, para dar a conocer mejor a la opinión pública la figura, las enseñanzas, la obra y el ejemplo de Pablo VI, y por la sensibilidad y esmero con que habéis tratado de captar y dar a conocer en vuestros amplios comentarios, como también en la multitud de imágenes que habéis transmitido desde Roma, la expectación reinante en esta ciudad, en la Iglesia Católica y en todo el mundo, de un nuevo Pastor que asegurase la continuidad de la misión de Pedro.

La sagrada herencia que nos han dejado el Concilio Vaticano II y nuestros predecesores Juan XXIII y Pablo VI, de querida y santa memoria, nos exige la promesa de una atención especial, de una colaboración franca, honesta y eficaz con los instrumentos de comunicación social, que vosotros representáis aquí dignamente. Es una promesa que os hacemos con mucho gusto, consciente como somos de la función cada vez más importante que los medios de comunicación social han ido asumiendo en la vida del hombre moderno.

No nos pasan inadvertidos los riesgos de masificación y de despersonalización, que dichos medios comportan, con las consiguientes amenazas para la interioridad del individuo, para su capacidad de reflexión personal y para su objetividad de juicio. Pero conocemos también las posibilidades nuevas y felices que los citados medios ofrecen al hombre de hoy, para conocer mejor y acercarse a los propios semejantes, para percibir más de cerca el ansia de justicia, de paz, de fraternidad, para instaurar con ellos vínculos más profundos de participación, de comprensión, de solidaridad en orden a un mundo más justo y humano. En una palabra, conocemos la meta ideal hacia la que cada uno de vosotros, a pesar de las dificultades y desilusiones, orienta el propio esfuerzo: la de llegar a través de la «comunicación» a una más auténtica y plena «comunión» Es la meta hacia la que aspira también, como bien podéis comprender, el corazón del Vicario de Aquel, que nos ha enseñado a invocar a Dios como Padre único y amoroso de todo ser humana.

Antes de dar a cada uno de vosotros y a vuestras familias mi bendición especial, que quisiera extender a todos los colaboradores de los órganos de información que representáis, agencias, periódicos, radios y televisiones, quiero aseguraros el aprecio que siento hacia vuestra profesión y el cuidado que tendré de facilitar vuestra noble y difícil misión en el espíritu de las indicaciones del Decreto Conciliar Inter mirifica y la Instrucción Pastoral Communio et progressio.

Con ocasión de acontecimientos de mayor relieve o de la publicación de documentos importantes de la Santa Sede, tendréis que presentar frecuentemente a la Iglesia, hablar de la Iglesia, tendréis que comentar, a veces, nuestro humilde ministerio. Estamos seguro de que lo haréis con amor a la verdad y con respeto de la dignidad humana, porque tal es la finalidad de toda comunicación social.

Os pedimos que tratéis de contribuir también vosotros a salvaguardar en la sociedad de hoy, aquella profunda estima de las cosas de Dios y de la misteriosa relación entre Dios y cada uno de nosotros, que constituye la dimensión sagrada de la realidad humana.

Tratad de comprender las razones profundas por las que el Papa, la Iglesia y sus Pastores deben pedir a veces, en el ejercicio de su servicio apostólico, espíritu de sacrificio, de generosidad, de renuncia para edificar un mundo de justicia, de amor y de paz.

Con la seguridad de conservar también en el futuro el lazo espiritual iniciado con este encuentro, os concedemos de todo corazón nuestra bendición apostólica."

Discurso Emile Zola - Yo Acuso

| Menú Inicio | Autores | Temáticas | Novedades | Más visitados | Selección |


Émile Zola

"Yo acuso"

Discurso dirigido al Presidente de la República Francesa

Enlaces: Émile Zola

"Y el acto que realizo aquí, no es más que un medio revolucionario de activar la explosión de la verdad y de la justicia"

"Señor: Me permitís que, agradecido por la bondadosa acogida que me dispensasteis, me preocupe de vuestra gloria y os diga que vuestra estrella, tan feliz hasta hoy, esta amenazada por la más vergonzosa e imborrable mancha?

Habéis salido sano y salvo de bajas calumnias, habéis conquistado los corazones. Aparecisteis radiante en la apoteosis de la fiesta patriótica que, para celebrar la alianza rusa, hizo Francia, y os preparáis a presidir el solemne triunfo de nuestra Exposición Universal, que coronará este gran siglo de trabajo, de verdad y de libertad. ¡Pero qué mancha de cieno sobre vuestro nombre -iba a decir sobre vuestro reino- puede imprimir este abominable proceso Dreyfus! Por lo pronto, un consejo de guerra se atreve a absolver a Esterhazy, bofetada suprema a toda verdad, a toda justicia. Y no hay remedio; Francia conserva esa mancha y la historia consignará que semejante crimen social se cometió al amparo de vuestra presidencia.

Puesto que se ha obrado tan sin razón, hablaré. Prometo decir toda la verdad y la diré si antes no lo hace el tribunal con toda claridad.

Es mi deber: no quiero ser cómplice. Todas las noches me desvelaría el espectro del inocente que expía a lo lejos cruelmente torturado, un crimen que no ha cometido.

Por eso me dirijo a vos gritando la verdad con toda la fuerza de mi rebelión de hombre honrado. Estoy convencido de que ignoráis lo que ocurre. ¿Y a quién denunciar las infamias de esa turba malhechora de verdaderos culpables sino al primer magistrado del país?

Ante todo, la verdad acerca del proceso y de la condenación de Dreyfus.

Un hombre nefasto ha conducido la trama; el coronel Paty de Clam, entonces comandante. Él representa por sí solo el asunto Dreyfus; no se le conocerá bien hasta que una investigación leal determine claramente sus actos y sus responsabilidades. Aparece como un espíritu borroso, complicado, lleno de intrigas novelescas, complaciéndose con recursos de folletín, papeles robados, cartas anónimas, citas misteriosas en lugares desiertos, mujeres enmascaradas. Él imaginó lo de dictarle a Dreyfus la nota sospechosa, él concibió la idea de observarlo en una habitación revestida de espejos, es a él a quien nos presenta el comandante Forzineti, armado de una linterna sorda, pretendiendo hacerse conducir junto al acusado, que dormía, para proyectar sobre su rostro un brusco chorro de luz para sorprender su crimen en su angustioso despertar. Y no hay para que diga yo todo: busquen y encontrarán cuanto haga falta. Yo declaro sencillamente que el comandante Paty de Clam, encargado de instruir el proceso Dreyfus y considerado en su misión judicial, es en el orden de fechas y responsabilidades el primer culpable del espantoso error judicial que se ha cometido.

La nota sospechosa estaba ya, desde hace algún tiempo, entre las manos del coronel Sandherr, jefe del Negociado de Informaciones, que murió poco después, de una parálisis general. Hubo fugas, desaparecieron papeles (como siguen desapareciendo aún), y el autor de la nota sospechosa era buscado cuando se afirmó a priori que no podía ser más que un oficial del Estado mayor, y precisamente del cuerpo de artillería; doble error manifiesto que prueba el espíritu superficial con que se estudió la nota sospechosa, puesto que un detenido examen demuestra que no podía tratarse más que de un oficial de infantería.

Se procedió a un minucioso registro; examinándose las escrituras; aquello era como un asunto de familia y se buscaba al traidor en las mismas oficinas para sorprenderlo y expulsarlo. Desde que una sospecha ligera recayó sobre Dreyfus, aparece el comandante Paty de Clam, que se esfuerza en confundirlo y en hacerle declarar a su antojo.

Aparecen también el ministro de la Guerra, el general Mercier, cuya inteligencia debe ser muy mediana, el jefe de Estado Mayor, general Boisdeffre, que habrá cedido a su pasión clerical, y el general Gonse, cuya conciencia elástica pudo acomodarse a muchas cosas.

Pero en el fondo de todo esto no hay más que el comandante Paty de Clam, que a todos los maneja y hasta los hipnotiza, porque se ocupa también de ciencias ocultas, y conversa con los espíritus.

Parecen inverosímiles las pruebas a que se ha sometido al desdichado Dreyfus, los lazos en que se ha querido hacerle caer, las investigaciones desatinadas, las combinaciones monstruosas... ¡qué denuncia tan cruel!

¡Ah! Por lo que respecta a esa primera parte, es una pesadilla insufrible, para quien esta al corriente de sus detalles verdaderos.

El comandante Paty de Clam prende a Dreyfus y lo incomunica. Corre después en busca de la señora de Dreyfus y le infunde terror, previniéndola de que, si habla, su esposo está perdido. Entre tanto, el desdichado se arranca la carne y proclama con alaridos su inocencia, mientras la instrucción del proceso se hace como una crónica del siglo XV, en el misterio, con una terrible complicación de expedientes, todo basado en una sospecha infantil, en la nota sospechosa, imbécil, que no era solamente una traición vulgar, era también un estúpido engaño, porque los famosos secretos vendidos eran tan inútiles que apenas tenían valor. Si yo insisto, es porque veo en este germen, de donde saldrá más adelante el verdadero crimen, la espantosa denegación de justicia, que afecta profundamente a nuestra Francia. Quisiera hacer palpable cómo pudo ser posible el error judicial, cómo nació de las maquinaciones del comandante Paty de Clam y como los generales Mercier, Boisdeffre y Gonse, sorprendidos al principio, han ido comprometiendo poco a poco su responsabilidad en este error, que más tarde impusieron como una verdad santa, una verdad indiscutible, desde luego, solo hubo de su parte incuria y torpeza; cuando más, cedieran a las pasiones religiosas del medio y a prejuicios de sus investiduras. ¡Y vayan siguiendo las torpezas!

Cuando aparece Dreyfus ante el Consejo de Guerra, exigen el secreto más absoluto. Si un traidor hubiese abierto las fronteras al enemigo para conducir al emperador de Alemania hasta Nuestra Señora de París, no se hubieran tomado mayores precauciones de silencio y misterio.

Se murmuran hechos terribles, traiciones monstruosas y, naturalmente, la Nación se inclina llena de estupor, no halla castigo bastante severo, aplaudir la degradación pública, gozar viendo al culpable sobre su roca de infamia devorado por los remordimientos...

¿Luego es verdad que existen cosas indecibles, dañinas, capaces de revolver toda Europa y que ha sido preciso para evitar grandes desdichas enterrar en el mayor secreto? ¡No! Detrás de tanto misterio solo se hallan las imaginaciones románticas y dementes del comandante Paty de Clam. Todo esto no tiene otro objeto que ocultar la más inverosímil novela folletinesca. Para asegurarse, basta estudiar atentamente el acta de acusación leída ante el Consejo de guerra.

¡Ah! ¡Cuánta vaciedad! Parece mentira que con semejante acta pudiese ser condenado un hombre. Dudo que las gentes honradas pudiesen leerlas sin que su alma se llene de indignación y sin que se asome a sus labios un grito de rebeldía, imaginando la expiación desmesurada que sufre la víctima en la Isla del Diablo.

Dreyfus conoce varias lenguas: crimen. En su casa no hallan papeles comprometedores; crimen. Algunas veces visita su país natal; crimen. Es laborioso, tiene ansia de saber; crimen. Si no se turba; crimen. Todo crimen, siempre crimen... Y las ingenuidades de redacción, ¡las formales aserciones en el vacío! Nos habían hablado de catorce acusaciones y no aparece más que una: la nota sospechosa. Es más: averiguamos que los peritos no están de acuerdo y que uno de ellos, M. Gobert, fue atropellado militarmente porque se permitía opinar contra lo que se deseaba. Háblase también de veintitrés oficiales, cuyos testimonios pasarían contra Dreyfus. Desconocemos aún sus interrogatorios, pero lo cierto es que no todos lo acusaron, habiendo que añadir, además, que los veintitrés oficiales pertenecían a las oficinas del Ministerio de la Guerra. Se las arreglan entre ellos como si fuese un proceso de familia, fijaos bien en ello: el Estado Mayor lo hizo, lo juzgó y acaba de juzgarlo por segunda vez.

Así, pues, solo quedaba la nota sospechosa acerca de la cual los peritos no estuvieron de acuerdo. Se dice que, en el Consejo, los jueces iban ya, naturalmente a absolver al reo, y desde entonces, con obstinación desesperada, para justificar la condena, se afirma la existencia de un documento secreto, abrumador; el documento que no se puede publicar, que lo justifica todo y ante el cual todos debemos inclinarnos: ¡el Dios invisible e incognoscible! Ese documento no existe, lo niego con todas mis fuerzas. Un documento ridículo, sí, tal vez el documento en que se habla de mujercillas y de un señor D... que se hace muy exigente, algún marido, sin duda, ¡que juzgaba poco retribuidas las complacencias de su mujer! Pero un documento que interese a la defensa nacional, que no puede hacerse público sin que se declare la guerra inmediatamente, ¡no! ¡No! Es una mentira, tanto mas odiosa y cínica, cuanto que se lanza impunemente sin que nadie pueda combatirla. Los que la fabricaron, conmueven el espíritu francés y se ocultan detrás de una legítima emoción; hacen enmudecer las bocas, angustiando los corazones y pervirtiendo las almas. ¡No conozco en la historia un crimen cívico de tal magnitud!

He aquí, señor Presidente, los hechos que demuestran cómo pudo cometerse un error judicial. Y las pruebas morales, como la posición social de Dreyfus, su fortuna, su continuo clamor de inocencia, la falta de motivos justificados, acaban de ofrecerlo como una víctima de las extraordinarias maquinaciones del medio clerical en que se movía, y del odio a los puercos judíos que deshonran nuestra época.

Y llegamos al asunto Esterhazy. Han pasado tres años y muchas conciencias permanecen turbadas profundamente, se inquietan, buscan, y acaban por convencerse de la inocencia de Dreyfus.

No historiaré las primeras dudas y la final convicción de M. Scheurer-Kestner. Pero mientras él rebuscaba por su parte, acontecían hechos de importancia en el Estado Mayor. Murió el coronel Sandherr y sucedióle como jefe del Negociado de informaciones, el teniente coronel Picquart, quien por esta causa, en ejercicio de sus funciones, tuvo un día ocasión de ver una carta telegrama dirigida al comandante Esterhazy por un agente de una potencia extranjera. Era su deber abrir una información y no lo hizo sin consultar con sus jefes, el general Gonse y el general Boisdeffre y luego con el general Billot, que había sucedido al de la Guerra. El famoso expediente Picquart, de que tanto se ha hablado, no fue más que el expediente Billot, es decir, el expediente instruido por un subordinado cumpliendo las órdenes del ministro, expediente que debe existir aún en el ministerio de la Guerra. Las investigaciones duraron de mayo a septiembre de 1896, y es preciso decir bien alto que el general Gonse estaba convencido de la culpabilidad de Esterhazy y que los generales Boisdeffre y Billot no ponían en duda que la célebre nota sospechosa fuera de Esterhazy. El informe del teniente coronel Picquart había conducido a esta prueba cierta. Pero el sobresalto de todos era grande, porque la condena de Esterhazy obligaba inevitablemente a la revisión del proceso Dreyfus; y el Estado Mayor a ningún precio quería desautorizarse.

Debió haber un momento psicológico de angustia suprema entre todos los que intervinieron en el asunto; pero es preciso notar que, habiendo llegado al ministerio el general Billot, después de la sentencia dictada contra Dreyfus, no estaba comprometido en el error y podía esclarecer la verdad sin desmentirse. Pero no se atrevió, temiendo acaso el juicio de la opinión pública y la responsabilidad en que habían incurrido los generales Boisdeffre y Gonse y todo el Estado Mayor. Fue un combate librado entre su conciencia de hombre y todo lo que suponía el buen nombre militar. Pero luego acabó por comprometerse, y desde entonces, echando sobre sí los crímenes de los otros, se hace tan culpable como ellos; es más culpable aún, porque fue árbitro de la justicia y no fue justo. ¡Comprended esto! Hace un año que los generales Billot, Boisdeffre y Gonse, conociendo la inocencia de Dreyfus, guardan para sí esta espantosa verdad. ¡Y duermen tranquilos, y tienen mujer e hijos que los aman!

El coronel Picquart había cumplido sus deberes de hombre honrado. Insistió cerca de sus jefes, en nombre de la justicia, suplicándoles, diciéndoles que sus tardanzas eran evidentes ante la terrible tormenta que se les venía encima, para estallar, en cuanto la verdad se descubriera. Moinsieur Scheurer-Kestner rogó también al general Billot que por el patriotismo activara el asunto antes de que se convirtiera en desastre nacional. ¡No! El crimen estaba cometido y el Estado Mayor no podía ser culpable de ello. Por eso, el teniente coronel Picquart fue nombrado para una comisión que lo apartaba del ministerio, y poco a poco fueron alejándose hasta el ejército expedicionario de África, donde quisieron honrar un día su bravura, encargándole una misión que le hubiera la vida en los mismos parajes donde el marqués de Mopres encontró la muerte. Pero no había caído aún en desgracia; el general Gonse mantenía con él una correspondencia muy amistosa. Su desdicha era conocer un secreto de los que no debieran conocerse jamás.

En París la verdad se abría camino, y sabemos ya de que modo la tormenta estalló. M. Mathieu Dreyfus denunció al comandante Esterhazy como verdadero autor de la nota sospechosa; mientras M.Scheurer-Kestner depositaba entre las manos del guardasellos una solicitud pidiendo la revisión del proceso. Desde ese punto el comandante Esterhazy entra en juego. Testimonios autorizados lo muestran como loco, dispuesto al suicidio, a la fuga. Luego, todo cambia, y sorprende con la violencia de su audaz actitud. Había recibido refuerzos: un anónimo advirtiéndole los manejos de sus enemigos; una dama misteriosa que se molesta en salir de noche para devolver un documento que había sido robado de las oficinas militares y que le interesaba conservar para su salvación. Comienzan de nuevo las novelerías folletinescas, en la que reconozco los medios ya usados por la fértil imaginación del teniente coronel Paty de Clam. Su obra, la condenación de Dreyfus, peligraba, y sin duda quiso defenderla. La revisión del proceso era el desquiciamiento de su novela folletinesca, tan extravagante como trágica, cuyo espantoso desenlace se realiza en la Isla del Diablo. Y esto no podía consentirlo. Así comienza el duelo entre el teniente coronel Picquart, a cara descubierta, y el teniente coronel Paty de Clam, enmascarado. Pronto se hallarán los dos ante la justicia civil. En el fondo no hay más que una cosa: el Estado Mayor defendiéndose y evitando confesar su crimen, cuya abominación aumenta de hora en hora.

Se ha preguntado con estupor cuáles eran los protectores del comandante Esterhazy. Desde luego, en la sombra, el teniente coronel Paty de Clam, que ha imaginado y conducido todas las maquinaciones, descubriendo su presencia en los procedimientos descabellados. Después los generales Boisdeffre, Gonse y Boillot, obligados a defender al comandante, puesto que no pueden consentir que se pruebe la inocencia de Dreyfus, cuando este acto habría de lanzar contra las oficinas de la Guerra el desprecio del público. Y el resultado de esta situación prodigiosa es que un hombre intachable, Picquart, el único entre todos que ha cumplido con su deber, será la víctima escarnecida y castigada. ¡Oh justicia! ¡Que triste desconsuelo embarga el corazón! Picquart es la víctima, se lo acusa de falsario y se dice que fabricó la carta telegrama para perder a Esterhazy. Pero, ¡Dios mío!, ¿por qué motivo? ¿Con qué objeto? Que indiquen una causa, una sola. ¿Estar pagado por los judíos? Precisamente Picquart es un apasionado antisemita. Verdaderamente asistimos a un espectáculo infame; para proclamar la inocencia de los hombres cubiertos de vicios, deudas y crímenes, acusan un hombre de vida ejemplar. Cuando un pueblo desciende a esas infamias, esta próximo a corromperse y aniquilarse.

A esto se reduce, señor Presidente de la república, el asunto Esterhazy, un culpable a quien se trata de salvar haciéndole parecer inocente, hace dos meses que no perdemos de vista esa interesante labor. Y abrevio porque solo quise hacer el resumen, a grandes rasgos, de la historia cuyas ardientes páginas un día serán escritas con toda extensión. Hemos visto al general Pellieux, primero, y al comandante Ravary, mas tarde, hacer una información infame, de la cual han de salir transfigurados los bribones y perdidas las gentes honradas. Después se ha convocado al Consejo de Guerra. ¿Cómo se pudo suponer que un Consejo de Guerra deshiciese lo que había hecho un Consejo de Guerra?

Aparte la fácil elección de los jueces, la elevada idea de disciplina que llevan esos militares en el espíritu, bastaría para debilitar su rectitud. Quien dice disciplina dice obediencia. Cuando el ministro de la guerra, jefe supremo, ha declarado públicamente y entre las aclamaciones de la representación nacional, la inviolabilidad absoluta de la cosa juzgada, ¿queréis que un Consejo de Guerra

se determine a desmentirlo formalmente? Jerárquicamente no es posible tal cosa. El general Billot, con sus declaraciones, ha sugestionado a los jueces que han juzgado como entrarían en fuego a una orden sencilla de su jefe: sin titubear. La opinión preconcebida que llevaron al tribunal fue sin duda esta: "Dreyfus ha sido condenado por crimen de traición ante un Consejo de Guerra; luego es culpable y nosotros, formando un Consejo de Guerra, no podemos declararlo inocente. Y como suponer culpable a Esterhazy, sería proclamar la inocencia de Dreyfus, Esterhazy debe ser inocente".

Y dieron el inocuo fallo que pesará siempre sobre nuestros Consejos de Guerra, que hará en adelante sospechosas todas sus deliberaciones. El primer Consejo de guerra pudo equivocarse; pero el segundo ha mentido. El jefe supremo había declarado la cosa juzgada inatacable, santa, superior a los hombres, y ninguno se atrevió a decir lo contrario. Se nos habla del honor del ejército; se nos induce a respetarlo y amarlo. Cierto que sí; el ejército que se alzará en cuanto se nos dirija la menor amenaza, que defenderá el territorio francés, lo forma todo el pueblo, y solo tenemos para el ternura y veneración. Pero ahora no se trata del ejército, cuya dignidad justamente mantenemos en el ansia de justicia que nos devora; se trata del sable, del señor que nos darán acaso mañana. Y besar devotamente la empuñadura del sable del ídolo. ¡No, eso no!

Por lo demás queda demostrado que el proceso Dreyfus no era mas que un asunto particular de las oficinas de guerra; un individuo del Estado Mayor, denunciado por sus camaradas del mismo cuerpo, y condenado, bajo la presión de sus jefes.

Por lo tanto, lo repito, no puede aparecer inocente sin que todo el Estado mayor aparezca culpable. Por esto las oficinas militares, usando todos los medios que les ha sugerido su imaginación y que les permiten sus influencias, defienden a Esterhazy para hundir de nuevo a Dreyfus. ¡Ah!, que gran barrido debe hacer el Gobierno republicano en esa cueva jesuítica (frase del mismo general Billot). ¿Cuándo vendrá el ministerio verdaderamente fuerte y patriota, que se atreva de una vez a refundirlo, y renovarlo todo? Conozco a muchas gentes que, suponiendo posible una guerra, tiemblan de angustia, ¡porque saben en qué manos esta la defensa nacional! ¡En qué albergue de intrigas, chismes y dilapidaciones se ha convertido el sagrado asilo donde se decide la suerte de la patria! Espanta la terrible claridad que arroja sobre aquel antro el asunto Dreyfus; el sacrificio humano de un infeliz, de un puerco judío. ¡Ah! se han agitado allí la demencia y la estupidez, maquinaciones locas, prácticas de baja policía, costumbres inquisitoriales; el placer de algunos tiranos que pisotean la nación, ahogando en su garganta el grito de verdad y de justicia bajo el pretexto, falso y sacrílego, de razón de estado.

Y es un crimen más apoyarse con la persona inmunda, dejarse defender por todos los bribones de París, de manera que los bribones triunfen insolentemente, derrotando el derecho y la probidad. Es un crimen haber acusado como perturbadores de Francia a cuantos quieren verla generosa y noble a la cabeza de las naciones libres y justas, mientras los canallas urden impunemente el error que tratan de imponer al mundo entero. Es un crimen extraviar la opinión con tareas mortíferas que la pervierten y la conducen al delirio. Es un crimen envenenar a los pequeños y a los humildes, exasperando las pasiones de reacción y de intolerancia, y cubriéndose con el antisemitismo, de cuyo mal morirá sin duda la Francia libre, si no sabe curarse a tiempo. Es un crimen explotar el patriotismo para trabajos de odio; y es un crimen, en fin, hacer del sable un dios moderno, mientras toda la ciencia humana emplea sus trabajos en una obra de verdad y de justicia.

¡Esa verdad, esa justicia que nosotros buscamos apasionadamente, las vemos ahora humilladas y desconocidas! Imagino el desencanto que padecerá sin duda el alma de M. Scheurer-Kestner, y lo creo atormentado por los remordimientos de no haber procedido revolucionariamente el día de la interpelación en el Senado, desembarazándose de su carga, para derribarlo todo de una vez. Creyó que la verdad brilla por si sola, que se lo tendría por honrado y leal, y esta confianza lo ha castigado cruelmente. Lo mismo le ocurre al teniente coronel Picquart que, por un sentimiento de dignidad elevada, no ha querido publicar las cartas del general Gonse; escrúpulos que lo honran de tal modo que, mientras permanecía respetuoso y disciplinado, sus jefes lo hicieron cubrir de lodo instruyéndole un proceso de la manera mas desusada y ultrajante. Hay, pues, dos víctimas; dos hombres honrados y leales, dos corazones nobles y sencillos, que confiaban en Dios, mientras el diablo hacia de las suyas. Y hasta hemos visto contra el teniente coronel Picquart este acto innoble: un tribunal francés consentir que se acusara públicamente a un testigo y cerrar los ojos cuando el testigo se presentaba para explicar y defenderse. Afirmo que esto es un crimen más, un crimen que subleva la conciencia universal. Decididamente, los tribunales militares tienen una idea muy extraña de la justicia.

Tal es la verdad, señor Presidente, verdad tan espantosa, que no dudo quede como una mancha en vuestro gobierno. Supongo que no tengáis ningún poder en este asunto, que seáis un prisionero de la Constitución y de la gente que os rodea; pero tenéis un deber de hombre en el cual meditaréis cumpliéndolo, sin duda honradamente. No creáis que desespero del triunfo; lo repito con una certeza que no permite la menor vacilación; la verdad avanza y nadie podrá contenerla.

Hasta hoy no principia el proceso, pues hasta hoy no han quedado deslindadas las posiciones de cada uno; a un lado los culpables, que no quieren la luz; al otro los justicieros que daremos la vida porque la luz se haga. Cuanto más duramente se oprime la verdad, más fuerza toma, y la explosión será terrible. Veremos como se prepara el más ruidoso de los desastres.

Señor Presidente, concluyamos, que ya es tiempo.

Yo acuso al teniente coronel Paty de Clam como laborante -quiero suponer inconsciente- del error judicial, y por haber defendido su obra nefasta tres años después con maquinaciones descabelladas y culpables.

Acuso al general Mercier por haberse hecho cómplice, al menos por debilidad, de una de las mayores iniquidades del siglo.

Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus, y no haberlas utilizado, haciéndose por lo tanto culpable del crimen de lesa humanidad y de lesa justicia con un fin político y para salvar al Estado Mayor comprometido.

Acuso al general Boisdeffre y al general Gonse por haberse hecho cómplices del mismo crimen, el uno por fanatismo clerical, el otro por espíritu de cuerpo, que hace de las oficinas de Guerra un arca santa, inatacable.

Acuso al general Pellieux y al comandante Ravary por haber hecho una información infame, una información parcialmente monstruosa, en la cual el segundo ha labrado el imperecedero monumento de su torpe audacia.

Acuso a los tres peritos calígrafos, los señores Belhomme, Varinard y Couard por sus informes engañadores y fraudulentos, a menos que un examen facultativo los declare víctimas de ceguera de los ojos y del juicio.

Acuso a las oficinas de Guerra por haber hecho en la prensa, particularmente en L'Éclair y en L'Echo de París. una campaña abominable para cubrir su falta, extraviando a la opinión pública.

Y por último: acuso al primer Consejo de Guerra, por haber condenado a un acusado fundándose en un documento secreto, y al segundo Consejo de Guerra, por haber cubierto esta ilegalidad, cometiendo el crimen jurídico de absolver conscientemente a un culpable.

No ignoro que, al formular estas acusaciones, arrojo sobre mí los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que se refieren a los delitos de difamación. Y voluntariamente me pongo a disposición de los Tribunales.

En cuanto a las personas a quienes acuso, debo decir que ni las conozco ni las he visto nunca, ni siento particularmente por ellas rencor ni odio. Las considero como entidades, como espíritus de maleficencia social. Y el acto que realizo aquí, no es más que un medio revolucionario de activar la explosión de la verdad y de la justicia.

Sólo un sentimiento me mueve, sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito de mi alma. Que se atrevan a llevarme a los Tribunales y que me juzguen públicamente.

Así lo espero."

Discurso de Pío Baroja - Ateneo San Sebastián

| Menú Inicio | Autores | Temáticas | Novedades | Más visitados | Selección |


Pío Baroja

"Conferencia en el Ateneo de San Sebastián"

Discurso pronunciado por Pío Baroja


Enla
ces: Pío Baroja

1 Si la sociedad puede sostenerse tensa con una idea racionalista y relativista, nadie lo sabe. Ya los rusos, como desconfiando de toda teoría relativista, convierten el comunismo en religión, a Lenin en profeta y hacen que la Dialéctica de Hegel, que no parece más que un juego de seminario laico, se considere algo de un rigor científico absoluto.

Por ahora, el monoideísmo y el espíritu sectario es lo que produce la acción; las gentes agnósticas, saturadas de relativismo y de libre examen, con pluralidad de ideas, viven entre dudas y vacilaciones.

No hay hombre de espíritu relativista y comprensivo capaz de ordenar las matanzas que ordenaron los Lenin, los Trotsky y los Zinovief en Rusia, ayudados por unos judíos descendientes, sin duda, del mal ladrón, a juzgar por sus intenciones. Tampoco manda una persona de buen sentido las estúpidas matanzas que se hicieron en España en Casas Viejas. Para eso hay que ser un fanático y un pedante, fruta que abunda entre los políticos rusos y entre los españoles.

2 Yo supongo que en España debe haber gente harta de tanta palabrería, de tanto aspaviento, de tanto gesto histriónico y de tanta vulgaridad como ha destilado siempre la política.

Dicen que nos debemos dividir en izquierdas, derechas y centro. Todo eso de izquierda, derecha y centro yo lo veo muy claro en los descansillos de las escaleras, pero en la vida no lo noto absolutamente en nada.

Supongo que tiene que haber personas que quieran trabajar en lo suyo con un poco de silencio y con cierto pudor. Si no las hay, peor para nosotros. Esto querrá decir que no servimos más que para charlatanes de plazuela.

3 Que el político hable de los aranceles y de los presupuestos está bien; ¿pero de su alma?, ¿para qué? Para eso ya están los poetas; los Byron, los Bécquer, los Verlaine, los Baudelaire.

El público español corriente parece que quiere dar como trozo lírico de algún valor el alegato chabacano del político que exhibe sus sentimientos, probablemente falsos, con una literatura de último orden.

La retórica, que ni siquiera es la buena, nos envenena. La frase histriónica, la metáfora usada y efectista quieren hacerla pasar por un producto intelectual y hasta práctico.

Esta retórica de tono mayor, de grandes brochazos, de lugares comunes solemnes, esconde todos los gérmenes de porvenir, si es que los hay en España.

Discurso María Lejárraga

| Menú Inicio | Autores | Temáticas | Novedades | Más visitados | Selección |


María Lejárraga

"La situación de España"

Discurso pronunciado sobre la situación de España


Enla
ces: II República | María Lejárraga

"La situación de España, como la situación de todo el mundo, es realmente temerosa. El sistema capitalista, la economía del siglo, se derrumba...hay en el mundo millones de seres humanos que no pueden satisfacer las necesidades mas importantes de su vida. Y esto ¿tal vez es porque la humanidd se ha multiplicado más que los medios de vida? De ningún modo.

La humanidad tiene medios de producir tan eficientes que existe una superabundancia de productos. Hay demasiado de todo, pero lo producido se halla acumulado ,cerrado en un solo almacén, del que se ha perdido la llave. El que abre este almacén es el dinero. El dinero se gana trabajando. Pero como hay más productos que necesidades no hace falta que todos trabajen. Hay parados. Y el que está parado no compra ni consume.

El que tiene dinero, el privilegiado, puede usar de todos los bienes necesarios. El resto de la humanidad , la mayoría, carece absolutamente de lo necesario para poder vivir..."

Discurso Saramago - No a la Guerra de Irak

| Menú Inicio | Autores | Temáticas | Novedades | Más visitados | Selección |


José Saramago

"No a la Guerra de Irak"

Discurso pronunciado durante las protestas en Madrid contra la Guerra de Irak 15.03.2003


Enla
ces: Guerra de Irak | José Saramago

"Ellos quieren la guerra, pero nosotros no les vamos a dejar en paz"

"Ellos creían que nos habíamos cansado de protestas y que les habíamos dejado libres para seguir en su alucinada carrera hacia la guerra. Se equivocaron. Nosotros, los que hoy nos estamos manifestando aquí y en todo el mundo, somos como aquella pequeña mosca que obstinadamente vuelve una vez y otra a clavar su aguijón en las partes sensibles de la bestia. Somos, en palabras populares, claras y rotundas para que mejor se entiendan, la mosca cojonera del poder.

Ellos quieren la guerra, pero nosotros no les vamos a dejar en paz. A nuestro compromiso, ponderado en las conciencias y proclamado en las calles, no le harán perder vigencia y autoridad (también nosotros tenemos autoridad...) ni la primera bomba ni la última que vengan a caer sobre Irak.

No digan los señores y las señoras del poder que nos manifestamos para salvar la vida y el régimen de Sadam Husein. Mienten con todos los dientes que tienen en la boca. Nos manifestamos, eso sí, por el derecho y por la justicia. Nos manifestamos contra la ley de la selva que los Estados Unidos y sus acólitos antiguos y modernos quieren imponer al mundo. Nos manifestamos por la voluntad de paz de la gente honesta y en contra de los caprichos belicistas de políticos a quienes les sobra en ambición lo que les va faltando en inteligencia y sensibilidad. Nos manifestamos en contra del concubinato de los Estados con los super-poderes económicos de todo tipo que gobiernan el mundo. La tierra pertenece a los pueblos que la habitan, no a aquellos que, con el pretexto de una representación democrática descaradamente pervertida, al final les explotan, manipulan y engañan. Nos manifestamos para salvar la democracia en peligro.

Hasta ahora la humanidad ha sido siempre educada para la guerra, nunca para la paz. Constantemente nos aturden las orejas con la afirmación de que si queremos la paz mañana no tendremos más remedio que hacer la guerra hoy. No somos tan ingenuos para creer en una paz eterna y universal, pero si los seres humanos hemos sido capaces de crear, a lo largo de la historia, bellezas y maravillas que a todos nos dignifican y engrandecen, entonces es tiempo de meter manos a la más maravillosa y hermosa de todas las tareas: la incesante construcción de la paz. Pero que esa paz sea la paz de la dignidad y del respeto humano, no la paz de una sumisión y de una humillación que demasiadas veces vienen disfrazadas bajo la mascarilla de una falsa amistad protectora.

Ya es hora de que las razones de la fuerza dejen de prevalecer sobre la fuerza de la razón. Ya es hora de que el espíritu positivo de la humanidad que somos se dedique, de una vez, a sanar las innúmeras miserias del mundo. Esa es su vocación y su promesa, no la de pactar con supuestos o auténticos "ejes del mal".

Amenamente estaban Bush, Blair y Aznar charlando sobre lo divino y sobre lo deshumano, seguros y tranquilos en su papel de poderosos hechiceros, expertos en trucos de trilero y conocedores en méritos de todas las trampas de la propaganda engañosa y de la falsedad sistemática, cuando en el despacho oval, donde se encontraban reunidos irrumpió la terrible noticia de que los Estados Unidos de América del Norte habían dejado de ser la única gran potencia mundial. Antes de que Bush pudiera asestar el primer puñetazo en la mesa, vuestro presidente José María Aznar se dio prisa en declarar que esa nueva gran potencia no era España. "Te lo juro, George", dijo. "Mi Reino Unido tampoco", añadió rápidamente Blair para cortar la naciente suspicacia de Bush. "Si no eres tú y tu no eres, ¿quién es entonces?", preguntó Bush. Fue Collin Powell, mal creyendo él mismo en lo que estaba pronunciando su propia boca quien dijo: "La opinión pública, señor presidente".

Ya habéis comprendido que esta historieta es un simple invento mío. Os pido por tanto que no le deis importancia. Pero sí la tiene los que ya es una evidencia para todos, la más exaltadora y feliz evidencia de estos conturbados tiempos: los hechiceros Bush, Blair y Aznar, sin quererlo, sin proponérselo, nada más que por sus malas artes y peores intenciones, han hecho surgir, espontáneo e incontenible, un gigantesco, un inmenso movimiento de opinión pública. Un nuevo grito de "No pasarán", con las palabras "No a la guerra", recorre el mundo.

No hay ninguna exageración en decir que la opinión pública mundial contra la guerra se ha convertido en una potencia con la cual el poder tiene que contar. Nos enfrentamos deliberadamente a los que quieren la guerra, les decimos "NO", y si aún así siguen empecinados en su demencial afán y desencadenan una vez más los caballos del apocalipsis, entonces les avisamos desde aquí que esta manifestación no es la última, que continuaremos las protestas durante todo el tiempo que dure la guerra, e incluso más allá, porque a partir de hoy ya no se tratará simplemente de decir “No a la guerra”, se tratará de luchar todos los días y en todas las instancias para que la paz sea una realidad, para que la paz deje de ser manipulada como un elemento de chantaje emocional y sentimental con que se pretenden justificar las guerras.

Sin paz, sin una paz auténtica, justa y respetuosa, no habrá derechos humanos. Y sin derechos humanos – todos ellos, uno por uno – la democracia nunca será más que un sarcasmo, una ofensa a la razón, una tomadura de pelo. Los que estamos aquí somos una parte de la nueva gran potencia mundial. Asumimos nuestras responsabilidades. Vamos a luchar con el corazón y el cerebro, con la voluntad y la ilusión. Sabemos que los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ellos (no necesito ahora decir sus nombres) han elegido lo peor. Nosotros hemos elegido lo mejor."

Discurso Kawabata - Entrega Premio Nobel

| Menú Inicio | Autores | Temáticas | Novedades | Más visitados | Selección |


Yasunari Kawabata

"Entrega Premio Nobel"

Discurso pronunciado al recibir el Premio Nobel en 1968


Enla
ces: Premios Nobel | Kawabata

"La emoción ante lo bello despierta fuertes anhelos de amistad y compañerismo"

"En primavera, flores de cerezo;
en verano, el cuclillo.
En otoño, la luna, y en
Invierno, la nieve fría y transparente.

Luna de invierno, que vienes de las nubes
a hacerme compañía:
el viento es penetrante, la nieve, fría.

Elijo ese primer poema, cuando me piden ejemplos de mi escritura autógrafa, por su notable calidez y comunicación. Luna de invierno, que sales y entras de las nubes, haciendo brillantes mis pasos al ir y venir del Pabellón para meditar, y que haces que no tema el aullido del lobo, ¿no sientes que el viento te penetra, no te da frío la nieve? Elijo ese poema porque habla del espíritu profundamente apacible y afectuoso del pueblo japonés; es un canto, de honda y cálida devoción, al hombre y a la naturaleza.

El doctor Yukio Yashiro internacionalmente conocido como estudioso de la obra de Botticelli; hombre de gran erudición acerca del arte del pasado y del presente, de Oriente y de Occidente ha dicho que una de las características distintivas del arte japonés se puede resumir en una simple frase poética: "La época de la nieve, de la luna, de los cerezos en flor: entonces, más que nunca, pensamos en quienes amamos". Al contemplar la belleza de la nieve, de la luna llena, de los cerezos en flor, es decir, cuando despertamos ante las bellezas de las cuatro estaciones y entramos en contacto con ellas, cuando sentimos la felicidad de habernos encontrado con la belleza, es cuando más pensamos en quienes amamos y deseamos compartir con ellos esa felicidad.

La emoción ante lo bello despierta fuertes anhelos de amistad y compañerismo, de modo que la expresión "ser querido" puede ser tomada como equivalente a "ser humano". La nieve, la luna, las flores de cerezo, palabras que representan la belleza de cada una de las estaciones que se suceden una tras otra, abarcan en la tradición japonesa toda la belleza de las montañas y los ríos y las hierbas y los árboles, todas las múltiples manifestaciones tanto de la naturaleza como de los sentimientos humanos."