"Los peligros de la Indiferencia" Discurso Holocausto

"Los Peligros de la Indiferencia"
Discurso pronunciado en 1999 en Washington

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Conmovedor Discurso de Elie Wiesel "Los peligros de la Indiferencia" en 1999 en Washington. En él, el Wiesel cuenta su historia, la de un chico judío que un día creyó que nunca volvería a ser feliz, y la historia de un anciano que, 54 años después de ser liberado de la muerte, dedicó toda su vida a intentar explicar los peligros de la indiferencia como una de las lecciones más importantes que debíamos aprender:


"Estamos en el umbral de un nuevo siglo, un nuevo milenio. ¿Cuál será el legado del siglo desaparecido? ¿Cómo será recordado en el nuevo milenio? Por supuesto que será juzgado, y juzgado severamente, tanto moralmente como en términos metafísicos. Los siguientes errores han imprimido una oscura sombra sobre la humanidad: Dos guerras mundiales, incontables guerras civiles, una cadena sin sentido de asesinatos: Gandhi, los Kennedy, Martin Luther King, Sadat, Rabin, baños de sangre en Cambodia y Nigeria, India y Pakistán, Irlanda y Ruanda, Eritrea y Etiopía, Sarajevo y Kósovo, la inhumanidad en el Gulag y la tragedia de Hiroshima. Y en un nivel diferente, por supuesto, Auschwitz y Treblinka. Tanta violencia, tanta indiferencia.
 

¿Qué es indiferencia? Etimológicamente, la palabra significa “no hay diferencia.” Un estado extraño e innatural en el cual, las líneas entre la luz y la oscuridad, el anochecer y el amanecer, el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión, el bien y el mal, se funden.

¿Cuáles son sus cursos y sus inescapables consecuencias? ¿Es una filosofía? ¿Es concebible una filosofía de la indiferencia? ¿Puede uno ver la indiferencia como virtud? ¿Es necesario, de vez en cuando, practicarla, simplemente para conservar nuestra sanidad, vivir normalmente, disfrutar una buena comida y un vaso de vino, mientras el mundo alrededor nuestro experimenta una terrible experiencia.

Por supuesto, la indiferencia puede ser tentadora, más que eso, seductiva. Es mucho más fácil alejarse de las víctimas. Es tan fácil evitar interrupciones tan rudas en nuestro trabajo, nuestros sueños, nuestras esperanzas. Es, después de todo, torpe, problemático, estar envuelto en los dolores y las desesperanzas de otra persona.

Allá, detrás de las puertas negras de Auschwitz, los prisioneros más trágicos eran, como eran llamados, los “Muselmanne,” (Término alemán usado en campos de concentración para referirse a prisioneros que se encontraban al borde de la muerte, ya sea por desesperanza, hambre, enfermedad o agotamiento). Envueltos en sus propias sábanas, se sentaban o yacían en el piso, con la mirada fija en el espacio, inconscientes de dónde estaban o quiénes eran, ajenos a su entorno.

No sentían más dolor, hambre, sed. No le temían a nada. No sentían nada. Estaban muertos y no lo sabían. En lo profundo de las raíces de nuestra tradición, algunos de nosotros sentíamos que ser abandonados por la humanidad no era lo último. Nosotros sentíamos que ser abandonados por Dios era peor que ser castigados por él. Era mejor un Dios injusto que uno indiferente. Para nosotros, ser ignorados por Dios era un castigo más duro que ser víctima de su ira. El hombre puede vivir lejos de Dios, pero no sin Dios. Dios se encuentra dondequiera que estemos. ¿Aún en el sufrimiento? Aún en el sufrimiento.

En cierta forma, ser indiferente a ese sufrimiento es lo que hace al ser humano en inhumano. Indiferencia, después de todo, es más peligroso que la ira o el odio. La ira puede ser a veces creativa. Uno escribe un gran poema, una gran sinfonía pero alguien hace algo especial por el bien de la humanidad porque uno está molesto con la injusticia de la que uno es testigo. Aún el odio a veces puede obtener una respuesta. Tú lo luchas, lo denuncias, lo desarmas. Indiferencia no obtiene respuesta. Indiferencia no es una respuesta.

La indiferencia no es el comienzo; es el final. Y por lo tanto, indiferencia es siempre el amigo del enemigo porque se beneficia del agresor, nunca de su víctima, cuyo dolor es magnificado cuando él o ella se sienten olvidados.

El prisionero político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar, se sienten abandonados, no por la respuesta a su súplica, no por el alivio de su soledad sino por que no ofrecerles una chispa de esperanza es como exiliarlos de la memoria humana. Y al negarles su humanidad traicionamos nuestra propia humanidad.

Indiferencia, entonces, no es sólo un pecado, es un castigo. Y es una de las más importantes lecciones de la amplia gama de experimentos del bien y el mal del siglo pasado."