Persuadir Usando Argumentos Falsos

Falacia del Falso Argumento ó Ex Silentio


El argumento ex silentio  alega que algo no es cierto porque no existen datos que lo sostengan (silencio). Da por supuestas dos cosas: 1. que estamos hablando de datos que podemos buscar y, 2. que los hemos buscado adecuadamente. Estos dos supuestos constituyen sus premisas.

El argumento puede ser falaz por dos caminos:

1. Cuando la primera premisa es falsa.

2. Cuando, a partir de premisas probables, se pretende imponer una conclusión categórica.

1. Cuando la primera premisa es falsa. Por ejemplo:

Carlos no es un insensato: tiene un electroencefalograma normal.

Quien esto afirma, argumenta del modo siguiente:

Si fuera un insensato lo sabríamos gracias al electroencefalograma.

Pero no lo sabemos porque el E.E.G. es normal.

Luego, no es un insensato.

El supuesto de la primera premisa es absolutamente falso. Tan falso como suponer que si existiera el alma humana podríamos verla en el quirófano. De premisas falsas resultan conclusiones falaces.

Si fuera terrorista figuraría en los archivos de la policía.

Pero no figura.

Luego, no es terrorista.

2. Si una de las premisas es presuntiva, la conclusión no puede ser categórica.

Si mi abuelo hubiera nacido en Numancia, probablemente constaría en algún archivo.

Pero no consta.

Luego, mi abuelo, sin duda, no nació en Numancia.

La conclusión hereda el carácter presuntivo de la primera premisa y debiera decir, más humildemente: Es probable que mi abuelo no naciera en Numancia. Con la misma inconsistencia se puede argüir:

Si me hacen un chequeo probablemente sabrán si tengo cáncer.

No me han detectado un cáncer.

No tengo cáncer.

Si no tiene manchas de sangre, probablemente no es el asesino.

No las tiene.

Sin duda, no es el asesino.

No es raro encontrarse con falsos argumentos ex silentio que dan un salto hasta la falacia ad ignorantiam. En esta, característicamente, se traslada la carga de la prueba al interlocutor, es decir, con todo desparpajo se viene a decir: Pruebe usted que no es cierto lo que yo afirmo y no pruebo. Supongamos, por ejemplo, el siguiente falso argumento ex silentio:

Si usted no fuera comunista habría constancia de ello en los archivos del FBI.

No consta que no sea comunista

Luego, no es cierto que usted no sea comunista.

El salto al argumento ad ignorantiam es como sigue:

No consta que usted no sea comunista, luego debe serlo.

Mientras no demuestre usted lo contrario hemos de considerar que es comunista.

Estamos ante un abuso que desarma a la víctima. Por eso se llama falacia ad ignorantiam porque explota nuestra incapacidad (ignorantiam) para demostrar lo que no nos corresponde demostrar.

En resumen: Cuando empleamos un argumento ex-silentio débil y, para compensar su debilidad, tratamos de imponerlo abusivamente como si fuera conclusivo, y trasladamos la carga de la prueba al oponente, incurrimos en una falacia ad ignorantiam.

Argumentos Falsos

Falacia del Falso Argumento ó Ex Silentio


El argumento ex silentio  alega que algo no es cierto porque no existen datos que lo sostengan (silencio). Da por supuestas dos cosas: 1. que estamos hablando de datos que podemos buscar y, 2. que los hemos buscado adecuadamente. Estos dos supuestos constituyen sus premisas.

El argumento puede ser falaz por dos caminos:

1. Cuando la primera premisa es falsa.

2. Cuando, a partir de premisas probables, se pretende imponer una conclusión categórica.

1. Cuando la primera premisa es falsa. Por ejemplo:

Carlos no es un insensato: tiene un electroencefalograma normal.

Quien esto afirma, argumenta del modo siguiente:

Si fuera un insensato lo sabríamos gracias al electroencefalograma.

Pero no lo sabemos porque el E.E.G. es normal.

Luego, no es un insensato.

El supuesto de la primera premisa es absolutamente falso. Tan falso como suponer que si existiera el alma humana podríamos verla en el quirófano. De premisas falsas resultan conclusiones falaces.

Si fuera terrorista figuraría en los archivos de la policía.

Pero no figura.

Luego, no es terrorista.

2. Si una de las premisas es presuntiva, la conclusión no puede ser categórica.

Si mi abuelo hubiera nacido en Numancia, probablemente constaría en algún archivo.

Pero no consta.

Luego, mi abuelo, sin duda, no nació en Numancia.

La conclusión hereda el carácter presuntivo de la primera premisa y debiera decir, más humildemente: Es probable que mi abuelo no naciera en Numancia. Con la misma inconsistencia se puede argüir:

Si me hacen un chequeo probablemente sabrán si tengo cáncer.

No me han detectado un cáncer.

No tengo cáncer.

Si no tiene manchas de sangre, probablemente no es el asesino.

No las tiene.

Sin duda, no es el asesino.

No es raro encontrarse con falsos argumentos ex silentio que dan un salto hasta la falacia ad ignorantiam. En esta, característicamente, se traslada la carga de la prueba al interlocutor, es decir, con todo desparpajo se viene a decir: Pruebe usted que no es cierto lo que yo afirmo y no pruebo. Supongamos, por ejemplo, el siguiente falso argumento ex silentio:

Si usted no fuera comunista habría constancia de ello en los archivos del FBI.

No consta que no sea comunista

Luego, no es cierto que usted no sea comunista.

El salto al argumento ad ignorantiam es como sigue:

No consta que usted no sea comunista, luego debe serlo.

Mientras no demuestre usted lo contrario hemos de considerar que es comunista.

Estamos ante un abuso que desarma a la víctima. Por eso se llama falacia ad ignorantiam porque explota nuestra incapacidad (ignorantiam) para demostrar lo que no nos corresponde demostrar.

En resumen: Cuando empleamos un argumento ex-silentio débil y, para compensar su debilidad, tratamos de imponerlo abusivamente como si fuera conclusivo, y trasladamos la carga de la prueba al oponente, incurrimos en una falacia ad ignorantiam.

Ex Silentio

Falacia del Falso Argumento ó Ex Silentio


El argumento ex silentio  alega que algo no es cierto porque no existen datos que lo sostengan (silencio). Da por supuestas dos cosas: 1. que estamos hablando de datos que podemos buscar y, 2. que los hemos buscado adecuadamente. Estos dos supuestos constituyen sus premisas.

El argumento puede ser falaz por dos caminos:

1. Cuando la primera premisa es falsa.

2. Cuando, a partir de premisas probables, se pretende imponer una conclusión categórica.

1. Cuando la primera premisa es falsa. Por ejemplo:

Carlos no es un insensato: tiene un electroencefalograma normal.

Quien esto afirma, argumenta del modo siguiente:

Si fuera un insensato lo sabríamos gracias al electroencefalograma.

Pero no lo sabemos porque el E.E.G. es normal.

Luego, no es un insensato.

El supuesto de la primera premisa es absolutamente falso. Tan falso como suponer que si existiera el alma humana podríamos verla en el quirófano. De premisas falsas resultan conclusiones falaces.

Si fuera terrorista figuraría en los archivos de la policía.

Pero no figura.

Luego, no es terrorista.

2. Si una de las premisas es presuntiva, la conclusión no puede ser categórica.

Si mi abuelo hubiera nacido en Numancia, probablemente constaría en algún archivo.

Pero no consta.

Luego, mi abuelo, sin duda, no nació en Numancia.

La conclusión hereda el carácter presuntivo de la primera premisa y debiera decir, más humildemente: Es probable que mi abuelo no naciera en Numancia. Con la misma inconsistencia se puede argüir:

Si me hacen un chequeo probablemente sabrán si tengo cáncer.

No me han detectado un cáncer.

No tengo cáncer.

Si no tiene manchas de sangre, probablemente no es el asesino.

No las tiene.

Sin duda, no es el asesino.

No es raro encontrarse con falsos argumentos ex silentio que dan un salto hasta la falacia ad ignorantiam. En esta, característicamente, se traslada la carga de la prueba al interlocutor, es decir, con todo desparpajo se viene a decir: Pruebe usted que no es cierto lo que yo afirmo y no pruebo. Supongamos, por ejemplo, el siguiente falso argumento ex silentio:

Si usted no fuera comunista habría constancia de ello en los archivos del FBI.

No consta que no sea comunista

Luego, no es cierto que usted no sea comunista.

El salto al argumento ad ignorantiam es como sigue:

No consta que usted no sea comunista, luego debe serlo.

Mientras no demuestre usted lo contrario hemos de considerar que es comunista.

Estamos ante un abuso que desarma a la víctima. Por eso se llama falacia ad ignorantiam porque explota nuestra incapacidad (ignorantiam) para demostrar lo que no nos corresponde demostrar.

En resumen: Cuando empleamos un argumento ex-silentio débil y, para compensar su debilidad, tratamos de imponerlo abusivamente como si fuera conclusivo, y trasladamos la carga de la prueba al oponente, incurrimos en una falacia ad ignorantiam.

Persuadir mediante el Sofisma Patético

Sofisma Patético


Llamado así porque apela al pathos (la emoción) y no al logos (la razón). Comprende todos los medios de persuasión no argumentativos que pretenden sostener un punto de vista provocando las emociones de los oyentes.

             ¡Qué disgusto le vas a dar a tu padre!

             ¿Es que quieres hacer llorar a la Virgen?

             Me decepcionaría que dijeras lo contrario.

 No se nos explican las razones por las que debamos hacer o dejar de hacer algo. Se apela a nuestra sensibilidad para exhortarnos o disuadirnos una acción. No es que hurgar en nuestras emociones esté mal o sea condenable. Pero si ésa es toda la argumentación disponible, estamos ante una falacia. Su señor padre puede estar completamente equivocado; y eso de que llore la Virgen no deja de ser una manera de hablar. Deberíamos disponer de argumentos más sólidos, que tengan algo que ver con el fondo del asunto.

 Pueden ser muy útiles para suscitar respuestas irracionales, porque para la mayor parte de la gente es más fácil dejarse llevar por los sentimientos que pensar críticamente. También es más fácil para el orador excitar las pasiones del auditorio que construir  un argumento convincente. Por ello, los que tratan de persuadirnos más a menudo —políticos y anunciantes— tienden a despertar nuestra emotividad para inclinarnos a hacer cosas que probablemente no haríamos si pretendieran convencer­nos con argumentos.

Este tipo de maniobras es muy eficaz cuando se emplea ante un auditorio numeroso, como ocurre en manifestaciones callejeras, mítines políticos o asambleas religiosas, donde triunfa quien mejor manipule las emociones colectivas, sean éstas positivas (lealtad, piedad, solidaridad, espíritu de emulación) o negativas (miedo, envidia, rencor) ligadas o no a prejuicios sociales o étnicos.

             ¿Dejaremos que alguien piense que los españoles hemos sido cobardes?

             ¿Qué será de Francia, de nuestra lengua, de nuestras tradiciones, cuando abramos la puerta a los inmigrantes?

             De un patrono nunca puede venir nada bueno.

Las falacias patéticas, principal arma del demagogo, representan el colmo de los malos argumentos. Ni siquiera los hay. Ni existen premisas ni conclusión, ni ganas de argumentar. Precisamente, se trata de evitarlo. No se pretende justificar una tesis, sino arrancar un asentimiento emocional.

  Cuando las razones son débiles, los afectos son los que gobiernan. Gibert.

 No es que toda apelación a las emociones sea falaz. Nadie puede prescindir de ellas. Los razonamientos son capaces de convencer a la mente, pero no mueven la voluntad. Es preciso conmover, pero tras haber convencido.

Si hay que lograr que lo dudoso se vea cierto, hay que echar mano del razonamiento, con las pruebas al canto. Mas si los oyentes necesitan antes bien ser movidos que en­señados, de suerte que no sean flojos en hacer lo mismo que ya saben y acomoden el asentimiento a las cosas que confiesan ser verdaderas, en este caso, se requieren mayores arrestos de elocuencia, y aquí son necesarias las súplicas e increpaciones, las incitaciones y apremios y todo otro recurso propio para conmover los ánimos. San Agustín.

Una cosa es mostrar que es cierto lo que decimos (persuadir) y otra lograr que los convencidos actúen (exhortar). Lo segundo es más difícil y no basta la razón porque con frecuencia, aunque quien nos escucha sepa lo que debe hacer, no quiere hacerlo.

  Le replicaron que se conformara con tener razón, ya que no habría de tener otra cosa. Rabelais.

  Del pecado todos dicen que es malo y le cometen todos. Quevedo.

 Con las emociones podemos arrastrar al mundo entero tras el féretro de Diana de Gales; con la razón ni siquiera lograremos que contribuyan al sostén de Unicef. Ambas, razón y emoción, son necesarias, pero en su debido orden. Cuando los oyentes estén convencidos suficientemente sobre cómo se debe actuar, será el momento de apelar a las emociones para mover a los recalcitrantes. Primero, luz al pensamiento y después, si hace falta, fuego a las emociones.

 Es preciso probar antes a uno como traidor y luego provocar a los oyentes contra la traición. Teón.

 Demóstenes a Esquines— Al oír tu discurso han dicho: ¡qué bien habla! Al oír el mío han corrido a empuñar las armas. Plutarco.

¿Por qué molestarnos en construir una argumentación convincente si podemos interesar al público de manera más directa, más fácil y más eficaz excitando sus emociones? Porque es peligroso y abre la puerta a toda suerte de irracionalidades; porque las emociones se enfrían tan pronto como termina la función; porque podemos ser refutados con facilidad; porque nuestro prestigio correrá un peligro permanente. Ocurre aquí como con todas las trampas: el que a veces salgan bien no las hace recomendables. ¿Y si la urgencia u otras circunstancias aconsejan apelar directamente a los sentimientos? Adelante con ellos. Al menos sabremos que estamos fomentando emocionalmente algo que, llegado el momento, podríamos sostener con la razón. La falacia consiste en hacer lo contrario, como era el caso de Hitler:

          Como orador, Hitler nunca se molestó en probar lo que decía: afirmaba para desencadenar la emoción... Consideraba a su auditorio como una mujer que debe ser en primer lugar desnudada emocionalmente y después seducida para luego abandonarla. Los últimos diez minutos de su discurso parecían un orgasmo verbal. Woods.

Una advertencia más: no todas las pasiones se pueden excitar decentemente. Hay pasiones y supersticiones sucias que debiera estar prohibido agitar en cualquier tribuna: venganza, odio, envidia, racismo, violencia... Conviene estar preparado para enfriarlas cuando se perciben en el público y, especialmente, nos importa ser capaces de combatirlas cuando las emplee nuestro adversario. Quien no conoce las trampas está desprotegido contra ellas. No puede preparar antídotos el que no sabe nada de venenos.

El sofisma patético caracteriza a las siguientes falacias: apelación al miedo, apelación a la  piedad, apelación a la lealtad, falacia de la Pista falsa.

Argumentar con Sofisma Patético

Sofisma Patético


Llamado así porque apela al pathos (la emoción) y no al logos (la razón). Comprende todos los medios de persuasión no argumentativos que pretenden sostener un punto de vista provocando las emociones de los oyentes.

             ¡Qué disgusto le vas a dar a tu padre!

             ¿Es que quieres hacer llorar a la Virgen?

             Me decepcionaría que dijeras lo contrario.

 No se nos explican las razones por las que debamos hacer o dejar de hacer algo. Se apela a nuestra sensibilidad para exhortarnos o disuadirnos una acción. No es que hurgar en nuestras emociones esté mal o sea condenable. Pero si ésa es toda la argumentación disponible, estamos ante una falacia. Su señor padre puede estar completamente equivocado; y eso de que llore la Virgen no deja de ser una manera de hablar. Deberíamos disponer de argumentos más sólidos, que tengan algo que ver con el fondo del asunto.

 Pueden ser muy útiles para suscitar respuestas irracionales, porque para la mayor parte de la gente es más fácil dejarse llevar por los sentimientos que pensar críticamente. También es más fácil para el orador excitar las pasiones del auditorio que construir  un argumento convincente. Por ello, los que tratan de persuadirnos más a menudo —políticos y anunciantes— tienden a despertar nuestra emotividad para inclinarnos a hacer cosas que probablemente no haríamos si pretendieran convencer­nos con argumentos.

Este tipo de maniobras es muy eficaz cuando se emplea ante un auditorio numeroso, como ocurre en manifestaciones callejeras, mítines políticos o asambleas religiosas, donde triunfa quien mejor manipule las emociones colectivas, sean éstas positivas (lealtad, piedad, solidaridad, espíritu de emulación) o negativas (miedo, envidia, rencor) ligadas o no a prejuicios sociales o étnicos.

             ¿Dejaremos que alguien piense que los españoles hemos sido cobardes?

             ¿Qué será de Francia, de nuestra lengua, de nuestras tradiciones, cuando abramos la puerta a los inmigrantes?

             De un patrono nunca puede venir nada bueno.

Las falacias patéticas, principal arma del demagogo, representan el colmo de los malos argumentos. Ni siquiera los hay. Ni existen premisas ni conclusión, ni ganas de argumentar. Precisamente, se trata de evitarlo. No se pretende justificar una tesis, sino arrancar un asentimiento emocional.

  Cuando las razones son débiles, los afectos son los que gobiernan. Gibert.

 No es que toda apelación a las emociones sea falaz. Nadie puede prescindir de ellas. Los razonamientos son capaces de convencer a la mente, pero no mueven la voluntad. Es preciso conmover, pero tras haber convencido.

Si hay que lograr que lo dudoso se vea cierto, hay que echar mano del razonamiento, con las pruebas al canto. Mas si los oyentes necesitan antes bien ser movidos que en­señados, de suerte que no sean flojos en hacer lo mismo que ya saben y acomoden el asentimiento a las cosas que confiesan ser verdaderas, en este caso, se requieren mayores arrestos de elocuencia, y aquí son necesarias las súplicas e increpaciones, las incitaciones y apremios y todo otro recurso propio para conmover los ánimos. San Agustín.

Una cosa es mostrar que es cierto lo que decimos (persuadir) y otra lograr que los convencidos actúen (exhortar). Lo segundo es más difícil y no basta la razón porque con frecuencia, aunque quien nos escucha sepa lo que debe hacer, no quiere hacerlo.

  Le replicaron que se conformara con tener razón, ya que no habría de tener otra cosa. Rabelais.

  Del pecado todos dicen que es malo y le cometen todos. Quevedo.

 Con las emociones podemos arrastrar al mundo entero tras el féretro de Diana de Gales; con la razón ni siquiera lograremos que contribuyan al sostén de Unicef. Ambas, razón y emoción, son necesarias, pero en su debido orden. Cuando los oyentes estén convencidos suficientemente sobre cómo se debe actuar, será el momento de apelar a las emociones para mover a los recalcitrantes. Primero, luz al pensamiento y después, si hace falta, fuego a las emociones.

 Es preciso probar antes a uno como traidor y luego provocar a los oyentes contra la traición. Teón.

 Demóstenes a Esquines— Al oír tu discurso han dicho: ¡qué bien habla! Al oír el mío han corrido a empuñar las armas. Plutarco.

¿Por qué molestarnos en construir una argumentación convincente si podemos interesar al público de manera más directa, más fácil y más eficaz excitando sus emociones? Porque es peligroso y abre la puerta a toda suerte de irracionalidades; porque las emociones se enfrían tan pronto como termina la función; porque podemos ser refutados con facilidad; porque nuestro prestigio correrá un peligro permanente. Ocurre aquí como con todas las trampas: el que a veces salgan bien no las hace recomendables. ¿Y si la urgencia u otras circunstancias aconsejan apelar directamente a los sentimientos? Adelante con ellos. Al menos sabremos que estamos fomentando emocionalmente algo que, llegado el momento, podríamos sostener con la razón. La falacia consiste en hacer lo contrario, como era el caso de Hitler:

          Como orador, Hitler nunca se molestó en probar lo que decía: afirmaba para desencadenar la emoción... Consideraba a su auditorio como una mujer que debe ser en primer lugar desnudada emocionalmente y después seducida para luego abandonarla. Los últimos diez minutos de su discurso parecían un orgasmo verbal. Woods.

Una advertencia más: no todas las pasiones se pueden excitar decentemente. Hay pasiones y supersticiones sucias que debiera estar prohibido agitar en cualquier tribuna: venganza, odio, envidia, racismo, violencia... Conviene estar preparado para enfriarlas cuando se perciben en el público y, especialmente, nos importa ser capaces de combatirlas cuando las emplee nuestro adversario. Quien no conoce las trampas está desprotegido contra ellas. No puede preparar antídotos el que no sabe nada de venenos.

El sofisma patético caracteriza a las siguientes falacias: apelación al miedo, apelación a la  piedad, apelación a la lealtad, falacia de la Pista falsa.

El Sofisma Patético

Sofisma Patético


Llamado así porque apela al pathos (la emoción) y no al logos (la razón). Comprende todos los medios de persuasión no argumentativos que pretenden sostener un punto de vista provocando las emociones de los oyentes.

             ¡Qué disgusto le vas a dar a tu padre!

             ¿Es que quieres hacer llorar a la Virgen?

             Me decepcionaría que dijeras lo contrario.

 No se nos explican las razones por las que debamos hacer o dejar de hacer algo. Se apela a nuestra sensibilidad para exhortarnos o disuadirnos una acción. No es que hurgar en nuestras emociones esté mal o sea condenable. Pero si ésa es toda la argumentación disponible, estamos ante una falacia. Su señor padre puede estar completamente equivocado; y eso de que llore la Virgen no deja de ser una manera de hablar. Deberíamos disponer de argumentos más sólidos, que tengan algo que ver con el fondo del asunto.

 Pueden ser muy útiles para suscitar respuestas irracionales, porque para la mayor parte de la gente es más fácil dejarse llevar por los sentimientos que pensar críticamente. También es más fácil para el orador excitar las pasiones del auditorio que construir  un argumento convincente. Por ello, los que tratan de persuadirnos más a menudo —políticos y anunciantes— tienden a despertar nuestra emotividad para inclinarnos a hacer cosas que probablemente no haríamos si pretendieran convencer­nos con argumentos.

Este tipo de maniobras es muy eficaz cuando se emplea ante un auditorio numeroso, como ocurre en manifestaciones callejeras, mítines políticos o asambleas religiosas, donde triunfa quien mejor manipule las emociones colectivas, sean éstas positivas (lealtad, piedad, solidaridad, espíritu de emulación) o negativas (miedo, envidia, rencor) ligadas o no a prejuicios sociales o étnicos.

             ¿Dejaremos que alguien piense que los españoles hemos sido cobardes?

             ¿Qué será de Francia, de nuestra lengua, de nuestras tradiciones, cuando abramos la puerta a los inmigrantes?

             De un patrono nunca puede venir nada bueno.

Las falacias patéticas, principal arma del demagogo, representan el colmo de los malos argumentos. Ni siquiera los hay. Ni existen premisas ni conclusión, ni ganas de argumentar. Precisamente, se trata de evitarlo. No se pretende justificar una tesis, sino arrancar un asentimiento emocional.

  Cuando las razones son débiles, los afectos son los que gobiernan. Gibert.

 No es que toda apelación a las emociones sea falaz. Nadie puede prescindir de ellas. Los razonamientos son capaces de convencer a la mente, pero no mueven la voluntad. Es preciso conmover, pero tras haber convencido.

Si hay que lograr que lo dudoso se vea cierto, hay que echar mano del razonamiento, con las pruebas al canto. Mas si los oyentes necesitan antes bien ser movidos que en­señados, de suerte que no sean flojos en hacer lo mismo que ya saben y acomoden el asentimiento a las cosas que confiesan ser verdaderas, en este caso, se requieren mayores arrestos de elocuencia, y aquí son necesarias las súplicas e increpaciones, las incitaciones y apremios y todo otro recurso propio para conmover los ánimos. San Agustín.

Una cosa es mostrar que es cierto lo que decimos (persuadir) y otra lograr que los convencidos actúen (exhortar). Lo segundo es más difícil y no basta la razón porque con frecuencia, aunque quien nos escucha sepa lo que debe hacer, no quiere hacerlo.

  Le replicaron que se conformara con tener razón, ya que no habría de tener otra cosa. Rabelais.

  Del pecado todos dicen que es malo y le cometen todos. Quevedo.

 Con las emociones podemos arrastrar al mundo entero tras el féretro de Diana de Gales; con la razón ni siquiera lograremos que contribuyan al sostén de Unicef. Ambas, razón y emoción, son necesarias, pero en su debido orden. Cuando los oyentes estén convencidos suficientemente sobre cómo se debe actuar, será el momento de apelar a las emociones para mover a los recalcitrantes. Primero, luz al pensamiento y después, si hace falta, fuego a las emociones.

 Es preciso probar antes a uno como traidor y luego provocar a los oyentes contra la traición. Teón.

 Demóstenes a Esquines— Al oír tu discurso han dicho: ¡qué bien habla! Al oír el mío han corrido a empuñar las armas. Plutarco.

¿Por qué molestarnos en construir una argumentación convincente si podemos interesar al público de manera más directa, más fácil y más eficaz excitando sus emociones? Porque es peligroso y abre la puerta a toda suerte de irracionalidades; porque las emociones se enfrían tan pronto como termina la función; porque podemos ser refutados con facilidad; porque nuestro prestigio correrá un peligro permanente. Ocurre aquí como con todas las trampas: el que a veces salgan bien no las hace recomendables. ¿Y si la urgencia u otras circunstancias aconsejan apelar directamente a los sentimientos? Adelante con ellos. Al menos sabremos que estamos fomentando emocionalmente algo que, llegado el momento, podríamos sostener con la razón. La falacia consiste en hacer lo contrario, como era el caso de Hitler:

          Como orador, Hitler nunca se molestó en probar lo que decía: afirmaba para desencadenar la emoción... Consideraba a su auditorio como una mujer que debe ser en primer lugar desnudada emocionalmente y después seducida para luego abandonarla. Los últimos diez minutos de su discurso parecían un orgasmo verbal. Woods.

Una advertencia más: no todas las pasiones se pueden excitar decentemente. Hay pasiones y supersticiones sucias que debiera estar prohibido agitar en cualquier tribuna: venganza, odio, envidia, racismo, violencia... Conviene estar preparado para enfriarlas cuando se perciben en el público y, especialmente, nos importa ser capaces de combatirlas cuando las emplee nuestro adversario. Quien no conoce las trampas está desprotegido contra ellas. No puede preparar antídotos el que no sabe nada de venenos.

El sofisma patético caracteriza a las siguientes falacias: apelación al miedo, apelación a la  piedad, apelación a la lealtad, falacia de la Pista falsa.

Persuadir Eludiendo la Cuestión

Falacia de Eludir la Cuestión o Ignoratio Elenchi


Consiste en probar otra cosa diferente de la que se cuestiona. Tradicionalmente se la conocía como Ignoratio elenchi o elusión del asunto (del griego elencos, argumento). Es una de las más habituales.

   Quien la comete saca la discusión de su terreno, o se empeña en probar lo que nadie discute. Hace como el estudiante al que preguntan la lección 16ª y contesta la 14ª porque es la que se sabe bien.

             —¿Qué buscas debajo de la farola?

            — Las llaves.

            —¿Estás seguro de que es aquí donde las has perdido?

           — No, pero aquí hay más luz.

   Por ejemplo, quien no desea entrar en un debate sobre la licitud de un proyecto (que es lo que se discute), puede desviar la atención hacia la utilidad (que no discute nadie).


          Demóstenes—  Ahora bien, sé que Esquines va a evitar la réplica a los cargos mis­mos y, en su deseo de desviaros lo más lejos posible de los hechos, va a discur­rir sobre los grandes beneficios que resultan a todos los hombres por efecto de la paz y, contrariamente, los males que les sobrevienen a raíz de la guerra. De esta guisa va a ser su defensa.

La resume bien el dicho: ¿De dónde vienes? Manzanas traigo.

          — El secuestro es un crimen horrendo.

          — Sin duda, pero aquí lo que se discute es si el acusado lo cometió o no.

   Con frecuencia se utiliza para ofrecer una Pista falsa:

             Está usted haciendo el juego a los enemigos de la democracia.

             Estamos ante una estrategia para apartar del poder a un gobierno elegido legítimamente en las urnas.

             La democracia está en peligro (porque se critica al gobierno).

             Usted insulta a Cataluña (porque se critica a un político catalán).

Este recurso falaz fue bautizado por Bentham como Escudo de prevaricadores, porque se emplea para evitar la censura de las personas que ejercen el poder.

          El conductor— Gracias al euro, ante nosotros se abre un sólido futuro común para todos los europeos a salvo de la inestabilidad internacional y de las maniobras de los especuladores.

          El policía de tráfico— Vale, pero usted sopla el alcoholómetro. Forges (El País).

   Es una falacia madre, de la que participan todas las que tratan de desviar la atención hacia otro asunto, como es el caso de las siguientes: Ataque personal,falacia casuística, falacia ad consecuentiam, sofisma patético, falacia de la Pista falsa.

          El ministro inglés— Como estoy dispuesto a llegar a un acuerdo, vamos a seguir hablando del Peñón. Primero, esto no es un peñón. Mingote, Diario ABC.

Eludir la Cuestión

Falacia de Eludir la Cuestión o Ignoratio Elenchi


Consiste en probar otra cosa diferente de la que se cuestiona. Tradicionalmente se la conocía como Ignoratio elenchi o elusión del asunto (del griego elencos, argumento). Es una de las más habituales.

   Quien la comete saca la discusión de su terreno, o se empeña en probar lo que nadie discute. Hace como el estudiante al que preguntan la lección 16ª y contesta la 14ª porque es la que se sabe bien.

             —¿Qué buscas debajo de la farola?

            — Las llaves.

            —¿Estás seguro de que es aquí donde las has perdido?

           — No, pero aquí hay más luz.

   Por ejemplo, quien no desea entrar en un debate sobre la licitud de un proyecto (que es lo que se discute), puede desviar la atención hacia la utilidad (que no discute nadie).


          Demóstenes—  Ahora bien, sé que Esquines va a evitar la réplica a los cargos mis­mos y, en su deseo de desviaros lo más lejos posible de los hechos, va a discur­rir sobre los grandes beneficios que resultan a todos los hombres por efecto de la paz y, contrariamente, los males que les sobrevienen a raíz de la guerra. De esta guisa va a ser su defensa.

La resume bien el dicho: ¿De dónde vienes? Manzanas traigo.

          — El secuestro es un crimen horrendo.

          — Sin duda, pero aquí lo que se discute es si el acusado lo cometió o no.

   Con frecuencia se utiliza para ofrecer una Pista falsa:

             Está usted haciendo el juego a los enemigos de la democracia.

             Estamos ante una estrategia para apartar del poder a un gobierno elegido legítimamente en las urnas.

             La democracia está en peligro (porque se critica al gobierno).

             Usted insulta a Cataluña (porque se critica a un político catalán).

Este recurso falaz fue bautizado por Bentham como Escudo de prevaricadores, porque se emplea para evitar la censura de las personas que ejercen el poder.

          El conductor— Gracias al euro, ante nosotros se abre un sólido futuro común para todos los europeos a salvo de la inestabilidad internacional y de las maniobras de los especuladores.

          El policía de tráfico— Vale, pero usted sopla el alcoholómetro. Forges (El País).

   Es una falacia madre, de la que participan todas las que tratan de desviar la atención hacia otro asunto, como es el caso de las siguientes: Ataque personal,falacia casuística, falacia ad consecuentiam, sofisma patético, falacia de la Pista falsa.

          El ministro inglés— Como estoy dispuesto a llegar a un acuerdo, vamos a seguir hablando del Peñón. Primero, esto no es un peñón. Mingote, Diario ABC.

Ignoratio Elenchi

Falacia de Eludir la Cuestión o Ignoratio Elenchi


Consiste en probar otra cosa diferente de la que se cuestiona. Tradicionalmente se la conocía como Ignoratio elenchi o elusión del asunto (del griego elencos, argumento). Es una de las más habituales.

   Quien la comete saca la discusión de su terreno, o se empeña en probar lo que nadie discute. Hace como el estudiante al que preguntan la lección 16ª y contesta la 14ª porque es la que se sabe bien.

             —¿Qué buscas debajo de la farola?

            — Las llaves.

            —¿Estás seguro de que es aquí donde las has perdido?

           — No, pero aquí hay más luz.

   Por ejemplo, quien no desea entrar en un debate sobre la licitud de un proyecto (que es lo que se discute), puede desviar la atención hacia la utilidad (que no discute nadie).


          Demóstenes—  Ahora bien, sé que Esquines va a evitar la réplica a los cargos mis­mos y, en su deseo de desviaros lo más lejos posible de los hechos, va a discur­rir sobre los grandes beneficios que resultan a todos los hombres por efecto de la paz y, contrariamente, los males que les sobrevienen a raíz de la guerra. De esta guisa va a ser su defensa.

La resume bien el dicho: ¿De dónde vienes? Manzanas traigo.

          — El secuestro es un crimen horrendo.

          — Sin duda, pero aquí lo que se discute es si el acusado lo cometió o no.

   Con frecuencia se utiliza para ofrecer una Pista falsa:

             Está usted haciendo el juego a los enemigos de la democracia.

             Estamos ante una estrategia para apartar del poder a un gobierno elegido legítimamente en las urnas.

             La democracia está en peligro (porque se critica al gobierno).

             Usted insulta a Cataluña (porque se critica a un político catalán).

Este recurso falaz fue bautizado por Bentham como Escudo de prevaricadores, porque se emplea para evitar la censura de las personas que ejercen el poder.

          El conductor— Gracias al euro, ante nosotros se abre un sólido futuro común para todos los europeos a salvo de la inestabilidad internacional y de las maniobras de los especuladores.

          El policía de tráfico— Vale, pero usted sopla el alcoholómetro. Forges (El País).

   Es una falacia madre, de la que participan todas las que tratan de desviar la atención hacia otro asunto, como es el caso de las siguientes: Ataque personal,falacia casuística, falacia ad consecuentiam, sofisma patético, falacia de la Pista falsa.

          El ministro inglés— Como estoy dispuesto a llegar a un acuerdo, vamos a seguir hablando del Peñón. Primero, esto no es un peñón. Mingote, Diario ABC.

Argumentar usando la Falacia del Dominó

Falacia de la Pendiente Resbaladiza o del Dominó


Consiste en una cadena de argumentos que conduce, desde un comienzo aparentemente inocuo, a un final manifiestamente indeseable. Para rechazar una proposición o desaconsejar una conducta apela a consecuencias remotas, hipotéticas y desagradables. Por ejemplo:

           No se puede suprimir el servicio militar obligatorio porque distanciaríamos a los ciudadanos de su compromiso con la nación, lo cual debilitaría nuestra capacidad defensiva y de disuasión, con lo que en la práctica estaríamos invitando a que se abuse de nosotros y no se respeten nuestros intereses, especialmente los comerciales, con las consecuencias inevitables de recesión económica y desempleo. Ya se sabe que cuando esto ocurre la sociedad se siente irritada e insegura, la política se torna inestable y cualquier incidente puede crear un caos revolucionario.

Estamos ante una larga cadena de inferencias del tipo A causa B, B causa C, etc. que culminan en un final tenebroso. La falacia consiste en dar por fundadas consecuencias que no son seguras y a veces ni siquiera probables. Se ampara en la inquietud que desata el resultado final para colar de matute algunas relaciones causaefecto que son refutables (en este caso, todas): es una temeridad dar el primer paso, porque las consecuencias se producirán de modo automático e irremediable. Este ejemplo puede parecer exagerado. De hecho es una deliberada exageración, pero cosas así se escuchan cuando alguien no sabe qué alegar:

          Cuatro órdenes de perturbaciones sociales se pueden estudiar como posibles consecuencias del divorcio: los suicidios, la criminalidad general, la criminalidad en los menores delincuentes, y la criminalidad en los cónyuges. Leizaola.

Se nos presentan las consecuencias como si fueran obligadas cuando distan de ser ni siquiera probables.

             Debieras dejar de fumar porque la debilidad frente a la adicción caracteriza a una personalidad insegura, incapaz de afrontar las respon­sabilidades de un empleo o de una relación. Acabarás sola, infeliz y en la miseria.

Los pasos necesarios para aceptar esta conclusión suponen que todo el que fuma padece un defecto de la personalidad; que los desórdenes de la personalidad conllevan la pérdida del empleo y de las relaciones, y que esto equivale a terminar sola fané y descangallada. Este progresivo deslizamiento hacia la perdición es lo que da nombre al sofisma, conocido también como Falacia del dominó.

         Si los estudiantes no se plantan ahora ante la administración por este problema pequeño, el decanato pensará que tiene luz verde para arrebatarnos otro y otro derecho, hasta no dejar ninguno.

   Florece en abundancia siempre que se discuten innovaciones: servicio militar, legalización de las drogas, reinserción de presos, ampliación de los supuestos legales del aborto, juicios con jurado, o educación laica:

          Los jóvenes no educados en el respeto a Dios, serán reacios a soportar disciplina alguna para la honestidad de la vida y, avezados a no negar nada a su concupiscencia, serán llevados fácilmente a agitar la misma paz del Estado.

En cualquier campaña electoral se nos alecciona generosamente sobre las terroríficas consecuencias que se producirían si llegaran a gobernar los contrarios. Este sofisma, asociado a los ataques personales (Falacia ad hominem), suele consumir las mejores energías de los candidatos sin dejarles ocasión para cosas de mayor sustancia.

         Cualquier recorte en la asistencia sanitaria puede parecer banal, pero es muy peligroso. Los pequeños recortes abren la puerta a los grandes recortes y, finalmente, a la supresión del sistema sanitario gratuito. Si no impedimos esta tendencia, el Gobierno lo interpretará como un guiño de complicidad para acabar con el sistema sanitario público.

   Siempre que rebrota el debate sobre la eutanasia, aparece una abundante cosecha de sofismas sin que falte la pendiente resbaladiza:

          Una vez que una sociedad permite que una persona quite la vida a otra, basándose en sus mutuos criterios privados de lo que es una vida digna, no puede existir una forma segura para contener el virus mortal así introducido. Irá a donde quiera. Dr. Callahan.

Es, en fin, el argumento que nos recuerda que quien mal anda, mal acaba:

                               Yo conocí a un hombre e bien

                               tan cabá como er reló,

                               y se metió en er queré,

                               y en un hospitá murió.

A diferencia de la falacia del Wishful thinking, la que nos ocupa, considera únicamente posibilidades desfavorables y sugiere que las cosas irán mal porque pueden ir mal. Nos invita a confundir la realidad con nuestros temores.

Asociada al Sofisma patético fue muy provechosa para la propaganda exterior del sistema soviético. Las críticas al régimen comunista iniciaban pendientes resbaladizas que contribuían a un desastre inevitable: el fracaso de la Revolución. Los críticos, por tanto, eran traidores contrarrevolucionarios.

Una variedad de esta falacia consiste en rechazar una proposición alegando que puede producir efectos colaterales indeseables. El ejemplo tradicional se refiere al maestro que no permite a un niño llevar su tortuga a la clase de párvulos porque eso le obligaría a dejar que otros niños llevaran también sus mascotas: ¡quizás alguno tenga un elefante!

          La elección de los métodos de enseñanza se debe dejar en manos de los profesores. Si se permite que los estudiantes influyan en este campo, querrán intervenir en otros, incluso en la dirección de la Facultad. Esto conduciría a la ruptura del orden, la disciplina y, en definitiva, a la desaparición de toda docencia universitaria.

Lo que se viene a sugerir es que si se acepta una regla, no faltará quien pretenda aplicarla en otras situaciones que sean claramente indeseables.

Al rechazar la falacia, es preciso no dejarse distraer ni aterrorizar por los derrumbaderos escabrosos que vaticina. No nos interesa la última conclusión, sino examinar las premisas intermedias (del for­mato A causa B) y descubrir cuántas de ellas son refutables o necesitan justificación. Se puede responder de varias maneras, por ejemplo:

        a. Poniendo de manifiesto que la cadena argumental no la forman relaciones causales plausibles, es decir, que se están arrastrando las consecuencias por los pelos. Basta con que podamos detener la cadena en uno de los eslabones. Es como trazar una barrera que impide el deslizamiento por la pendiente.

             La supresión del servicio militar no provoca la indiferencia de los ciudadanos por los problemas de la nación.

        b. Bromeando: Largo me lo fiáis, como decían en el Convidado de piedra, o, si se prefiere: de aquí a cien años todos calvos.

          Suplico a los que anticipan sus temores acerca de los desórdenes que desolarán Fran­cia si se introduce la libertad de cultos, observen que la tolerancia no ha producido entre nuestros vecinos frutos empon­zoñados; y que los protes­tan­tes, inevitablemente con­denados, como todos sabemos, en el otro mundo, se han sabido arreglar de una manera cómoda en éste, sin duda en compen­sación debida a la bondad del Ser Supremo. Mirabeau.

No todos los argumentos que utilizan cadenas de consecuencias inquietantes son falaces. Por ejemplo:

             Debieras abandonar el tabaco. Te deja un desagradable olor en el alien­to, el pelo y la ropa, que molesta a los que se te aproximan.

En este ejemplo, las consecuencias son automáticas e inevitables. Una cadena argumental no es falaz cuando se construye sobre relaciones causales necesarias o plausibles que se pueden confirmar paso a paso.

Con frecuencia se emplea esta argumentación legítimamente para no ceder ante una coacción, una amenaza, o un chantaje:

             Si cede usted esta vez, deberá ceder un poco más la próxima, y así sucesivamente.

No por el hecho de anunciar males se incurre en falacia. Muchos temores están bien fundados y es razonable rechazar iniciativas que no se sabe a dónde conducen:

              Si ofreces el dedo te cogerán el brazo.

              Eso abriría un portillo peligroso.

              Existe el riesgo grave de que se nos escape el asunto de las manos.

              Por un clavo una herradura; por una herradura un caballo; por un caballo un reino.

Nunca es malo aconsejar prudencia.

          Si se legalizara el acto de acabar con la vida de alguien para ayudarlo, tal vez se haga daño a gente inocente como abuelos demenciados, y el Estado debe proteger a esa gente.

Tanto la falacia como el argumento legítimo adoptan la forma: Si P en­tonces Q, entonces R, entonces S, entonces T... pero una cadena argumental se construye sobre relaciones causales plausibles y se confirma paso a paso. En la falacia de la pendiente resbaladiza, se menosprecia la plausibilidad de los vínculos causales y se concentra toda la atención en los remotos resultados indeseables.

          Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da impor­tancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Thomas de Quincey.

Persuadir mediante la Falacia de la Pendiente Resbaladiza

Falacia de la Pendiente Resbaladiza o del Dominó


Consiste en una cadena de argumentos que conduce, desde un comienzo aparentemente inocuo, a un final manifiestamente indeseable. Para rechazar una proposición o desaconsejar una conducta apela a consecuencias remotas, hipotéticas y desagradables. Por ejemplo:

           No se puede suprimir el servicio militar obligatorio porque distanciaríamos a los ciudadanos de su compromiso con la nación, lo cual debilitaría nuestra capacidad defensiva y de disuasión, con lo que en la práctica estaríamos invitando a que se abuse de nosotros y no se respeten nuestros intereses, especialmente los comerciales, con las consecuencias inevitables de recesión económica y desempleo. Ya se sabe que cuando esto ocurre la sociedad se siente irritada e insegura, la política se torna inestable y cualquier incidente puede crear un caos revolucionario.

Estamos ante una larga cadena de inferencias del tipo A causa B, B causa C, etc. que culminan en un final tenebroso. La falacia consiste en dar por fundadas consecuencias que no son seguras y a veces ni siquiera probables. Se ampara en la inquietud que desata el resultado final para colar de matute algunas relaciones causaefecto que son refutables (en este caso, todas): es una temeridad dar el primer paso, porque las consecuencias se producirán de modo automático e irremediable. Este ejemplo puede parecer exagerado. De hecho es una deliberada exageración, pero cosas así se escuchan cuando alguien no sabe qué alegar:

          Cuatro órdenes de perturbaciones sociales se pueden estudiar como posibles consecuencias del divorcio: los suicidios, la criminalidad general, la criminalidad en los menores delincuentes, y la criminalidad en los cónyuges. Leizaola.

Se nos presentan las consecuencias como si fueran obligadas cuando distan de ser ni siquiera probables.

             Debieras dejar de fumar porque la debilidad frente a la adicción caracteriza a una personalidad insegura, incapaz de afrontar las respon­sabilidades de un empleo o de una relación. Acabarás sola, infeliz y en la miseria.

Los pasos necesarios para aceptar esta conclusión suponen que todo el que fuma padece un defecto de la personalidad; que los desórdenes de la personalidad conllevan la pérdida del empleo y de las relaciones, y que esto equivale a terminar sola fané y descangallada. Este progresivo deslizamiento hacia la perdición es lo que da nombre al sofisma, conocido también como Falacia del dominó.

         Si los estudiantes no se plantan ahora ante la administración por este problema pequeño, el decanato pensará que tiene luz verde para arrebatarnos otro y otro derecho, hasta no dejar ninguno.

   Florece en abundancia siempre que se discuten innovaciones: servicio militar, legalización de las drogas, reinserción de presos, ampliación de los supuestos legales del aborto, juicios con jurado, o educación laica:

          Los jóvenes no educados en el respeto a Dios, serán reacios a soportar disciplina alguna para la honestidad de la vida y, avezados a no negar nada a su concupiscencia, serán llevados fácilmente a agitar la misma paz del Estado.

En cualquier campaña electoral se nos alecciona generosamente sobre las terroríficas consecuencias que se producirían si llegaran a gobernar los contrarios. Este sofisma, asociado a los ataques personales (Falacia ad hominem), suele consumir las mejores energías de los candidatos sin dejarles ocasión para cosas de mayor sustancia.

         Cualquier recorte en la asistencia sanitaria puede parecer banal, pero es muy peligroso. Los pequeños recortes abren la puerta a los grandes recortes y, finalmente, a la supresión del sistema sanitario gratuito. Si no impedimos esta tendencia, el Gobierno lo interpretará como un guiño de complicidad para acabar con el sistema sanitario público.

   Siempre que rebrota el debate sobre la eutanasia, aparece una abundante cosecha de sofismas sin que falte la pendiente resbaladiza:

          Una vez que una sociedad permite que una persona quite la vida a otra, basándose en sus mutuos criterios privados de lo que es una vida digna, no puede existir una forma segura para contener el virus mortal así introducido. Irá a donde quiera. Dr. Callahan.

Es, en fin, el argumento que nos recuerda que quien mal anda, mal acaba:

                               Yo conocí a un hombre e bien

                               tan cabá como er reló,

                               y se metió en er queré,

                               y en un hospitá murió.

A diferencia de la falacia del Wishful thinking, la que nos ocupa, considera únicamente posibilidades desfavorables y sugiere que las cosas irán mal porque pueden ir mal. Nos invita a confundir la realidad con nuestros temores.

Asociada al Sofisma patético fue muy provechosa para la propaganda exterior del sistema soviético. Las críticas al régimen comunista iniciaban pendientes resbaladizas que contribuían a un desastre inevitable: el fracaso de la Revolución. Los críticos, por tanto, eran traidores contrarrevolucionarios.

Una variedad de esta falacia consiste en rechazar una proposición alegando que puede producir efectos colaterales indeseables. El ejemplo tradicional se refiere al maestro que no permite a un niño llevar su tortuga a la clase de párvulos porque eso le obligaría a dejar que otros niños llevaran también sus mascotas: ¡quizás alguno tenga un elefante!

          La elección de los métodos de enseñanza se debe dejar en manos de los profesores. Si se permite que los estudiantes influyan en este campo, querrán intervenir en otros, incluso en la dirección de la Facultad. Esto conduciría a la ruptura del orden, la disciplina y, en definitiva, a la desaparición de toda docencia universitaria.

Lo que se viene a sugerir es que si se acepta una regla, no faltará quien pretenda aplicarla en otras situaciones que sean claramente indeseables.

Al rechazar la falacia, es preciso no dejarse distraer ni aterrorizar por los derrumbaderos escabrosos que vaticina. No nos interesa la última conclusión, sino examinar las premisas intermedias (del for­mato A causa B) y descubrir cuántas de ellas son refutables o necesitan justificación. Se puede responder de varias maneras, por ejemplo:

        a. Poniendo de manifiesto que la cadena argumental no la forman relaciones causales plausibles, es decir, que se están arrastrando las consecuencias por los pelos. Basta con que podamos detener la cadena en uno de los eslabones. Es como trazar una barrera que impide el deslizamiento por la pendiente.

             La supresión del servicio militar no provoca la indiferencia de los ciudadanos por los problemas de la nación.

        b. Bromeando: Largo me lo fiáis, como decían en el Convidado de piedra, o, si se prefiere: de aquí a cien años todos calvos.

          Suplico a los que anticipan sus temores acerca de los desórdenes que desolarán Fran­cia si se introduce la libertad de cultos, observen que la tolerancia no ha producido entre nuestros vecinos frutos empon­zoñados; y que los protes­tan­tes, inevitablemente con­denados, como todos sabemos, en el otro mundo, se han sabido arreglar de una manera cómoda en éste, sin duda en compen­sación debida a la bondad del Ser Supremo. Mirabeau.

No todos los argumentos que utilizan cadenas de consecuencias inquietantes son falaces. Por ejemplo:

             Debieras abandonar el tabaco. Te deja un desagradable olor en el alien­to, el pelo y la ropa, que molesta a los que se te aproximan.

En este ejemplo, las consecuencias son automáticas e inevitables. Una cadena argumental no es falaz cuando se construye sobre relaciones causales necesarias o plausibles que se pueden confirmar paso a paso.

Con frecuencia se emplea esta argumentación legítimamente para no ceder ante una coacción, una amenaza, o un chantaje:

             Si cede usted esta vez, deberá ceder un poco más la próxima, y así sucesivamente.

No por el hecho de anunciar males se incurre en falacia. Muchos temores están bien fundados y es razonable rechazar iniciativas que no se sabe a dónde conducen:

              Si ofreces el dedo te cogerán el brazo.

              Eso abriría un portillo peligroso.

              Existe el riesgo grave de que se nos escape el asunto de las manos.

              Por un clavo una herradura; por una herradura un caballo; por un caballo un reino.

Nunca es malo aconsejar prudencia.

          Si se legalizara el acto de acabar con la vida de alguien para ayudarlo, tal vez se haga daño a gente inocente como abuelos demenciados, y el Estado debe proteger a esa gente.

Tanto la falacia como el argumento legítimo adoptan la forma: Si P en­tonces Q, entonces R, entonces S, entonces T... pero una cadena argumental se construye sobre relaciones causales plausibles y se confirma paso a paso. En la falacia de la pendiente resbaladiza, se menosprecia la plausibilidad de los vínculos causales y se concentra toda la atención en los remotos resultados indeseables.

          Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da impor­tancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Thomas de Quincey.

Dominó

Falacia de la Pendiente Resbaladiza o del Dominó


Consiste en una cadena de argumentos que conduce, desde un comienzo aparentemente inocuo, a un final manifiestamente indeseable. Para rechazar una proposición o desaconsejar una conducta apela a consecuencias remotas, hipotéticas y desagradables. Por ejemplo:

           No se puede suprimir el servicio militar obligatorio porque distanciaríamos a los ciudadanos de su compromiso con la nación, lo cual debilitaría nuestra capacidad defensiva y de disuasión, con lo que en la práctica estaríamos invitando a que se abuse de nosotros y no se respeten nuestros intereses, especialmente los comerciales, con las consecuencias inevitables de recesión económica y desempleo. Ya se sabe que cuando esto ocurre la sociedad se siente irritada e insegura, la política se torna inestable y cualquier incidente puede crear un caos revolucionario.

Estamos ante una larga cadena de inferencias del tipo A causa B, B causa C, etc. que culminan en un final tenebroso. La falacia consiste en dar por fundadas consecuencias que no son seguras y a veces ni siquiera probables. Se ampara en la inquietud que desata el resultado final para colar de matute algunas relaciones causaefecto que son refutables (en este caso, todas): es una temeridad dar el primer paso, porque las consecuencias se producirán de modo automático e irremediable. Este ejemplo puede parecer exagerado. De hecho es una deliberada exageración, pero cosas así se escuchan cuando alguien no sabe qué alegar:

          Cuatro órdenes de perturbaciones sociales se pueden estudiar como posibles consecuencias del divorcio: los suicidios, la criminalidad general, la criminalidad en los menores delincuentes, y la criminalidad en los cónyuges. Leizaola.

Se nos presentan las consecuencias como si fueran obligadas cuando distan de ser ni siquiera probables.

             Debieras dejar de fumar porque la debilidad frente a la adicción caracteriza a una personalidad insegura, incapaz de afrontar las respon­sabilidades de un empleo o de una relación. Acabarás sola, infeliz y en la miseria.

Los pasos necesarios para aceptar esta conclusión suponen que todo el que fuma padece un defecto de la personalidad; que los desórdenes de la personalidad conllevan la pérdida del empleo y de las relaciones, y que esto equivale a terminar sola fané y descangallada. Este progresivo deslizamiento hacia la perdición es lo que da nombre al sofisma, conocido también como Falacia del dominó.

         Si los estudiantes no se plantan ahora ante la administración por este problema pequeño, el decanato pensará que tiene luz verde para arrebatarnos otro y otro derecho, hasta no dejar ninguno.

   Florece en abundancia siempre que se discuten innovaciones: servicio militar, legalización de las drogas, reinserción de presos, ampliación de los supuestos legales del aborto, juicios con jurado, o educación laica:

          Los jóvenes no educados en el respeto a Dios, serán reacios a soportar disciplina alguna para la honestidad de la vida y, avezados a no negar nada a su concupiscencia, serán llevados fácilmente a agitar la misma paz del Estado.

En cualquier campaña electoral se nos alecciona generosamente sobre las terroríficas consecuencias que se producirían si llegaran a gobernar los contrarios. Este sofisma, asociado a los ataques personales (Falacia ad hominem), suele consumir las mejores energías de los candidatos sin dejarles ocasión para cosas de mayor sustancia.

         Cualquier recorte en la asistencia sanitaria puede parecer banal, pero es muy peligroso. Los pequeños recortes abren la puerta a los grandes recortes y, finalmente, a la supresión del sistema sanitario gratuito. Si no impedimos esta tendencia, el Gobierno lo interpretará como un guiño de complicidad para acabar con el sistema sanitario público.

   Siempre que rebrota el debate sobre la eutanasia, aparece una abundante cosecha de sofismas sin que falte la pendiente resbaladiza:

          Una vez que una sociedad permite que una persona quite la vida a otra, basándose en sus mutuos criterios privados de lo que es una vida digna, no puede existir una forma segura para contener el virus mortal así introducido. Irá a donde quiera. Dr. Callahan.

Es, en fin, el argumento que nos recuerda que quien mal anda, mal acaba:

                               Yo conocí a un hombre e bien

                               tan cabá como er reló,

                               y se metió en er queré,

                               y en un hospitá murió.

A diferencia de la falacia del Wishful thinking, la que nos ocupa, considera únicamente posibilidades desfavorables y sugiere que las cosas irán mal porque pueden ir mal. Nos invita a confundir la realidad con nuestros temores.

Asociada al Sofisma patético fue muy provechosa para la propaganda exterior del sistema soviético. Las críticas al régimen comunista iniciaban pendientes resbaladizas que contribuían a un desastre inevitable: el fracaso de la Revolución. Los críticos, por tanto, eran traidores contrarrevolucionarios.

Una variedad de esta falacia consiste en rechazar una proposición alegando que puede producir efectos colaterales indeseables. El ejemplo tradicional se refiere al maestro que no permite a un niño llevar su tortuga a la clase de párvulos porque eso le obligaría a dejar que otros niños llevaran también sus mascotas: ¡quizás alguno tenga un elefante!

          La elección de los métodos de enseñanza se debe dejar en manos de los profesores. Si se permite que los estudiantes influyan en este campo, querrán intervenir en otros, incluso en la dirección de la Facultad. Esto conduciría a la ruptura del orden, la disciplina y, en definitiva, a la desaparición de toda docencia universitaria.

Lo que se viene a sugerir es que si se acepta una regla, no faltará quien pretenda aplicarla en otras situaciones que sean claramente indeseables.

Al rechazar la falacia, es preciso no dejarse distraer ni aterrorizar por los derrumbaderos escabrosos que vaticina. No nos interesa la última conclusión, sino examinar las premisas intermedias (del for­mato A causa B) y descubrir cuántas de ellas son refutables o necesitan justificación. Se puede responder de varias maneras, por ejemplo:

        a. Poniendo de manifiesto que la cadena argumental no la forman relaciones causales plausibles, es decir, que se están arrastrando las consecuencias por los pelos. Basta con que podamos detener la cadena en uno de los eslabones. Es como trazar una barrera que impide el deslizamiento por la pendiente.

             La supresión del servicio militar no provoca la indiferencia de los ciudadanos por los problemas de la nación.

        b. Bromeando: Largo me lo fiáis, como decían en el Convidado de piedra, o, si se prefiere: de aquí a cien años todos calvos.

          Suplico a los que anticipan sus temores acerca de los desórdenes que desolarán Fran­cia si se introduce la libertad de cultos, observen que la tolerancia no ha producido entre nuestros vecinos frutos empon­zoñados; y que los protes­tan­tes, inevitablemente con­denados, como todos sabemos, en el otro mundo, se han sabido arreglar de una manera cómoda en éste, sin duda en compen­sación debida a la bondad del Ser Supremo. Mirabeau.

No todos los argumentos que utilizan cadenas de consecuencias inquietantes son falaces. Por ejemplo:

             Debieras abandonar el tabaco. Te deja un desagradable olor en el alien­to, el pelo y la ropa, que molesta a los que se te aproximan.

En este ejemplo, las consecuencias son automáticas e inevitables. Una cadena argumental no es falaz cuando se construye sobre relaciones causales necesarias o plausibles que se pueden confirmar paso a paso.

Con frecuencia se emplea esta argumentación legítimamente para no ceder ante una coacción, una amenaza, o un chantaje:

             Si cede usted esta vez, deberá ceder un poco más la próxima, y así sucesivamente.

No por el hecho de anunciar males se incurre en falacia. Muchos temores están bien fundados y es razonable rechazar iniciativas que no se sabe a dónde conducen:

              Si ofreces el dedo te cogerán el brazo.

              Eso abriría un portillo peligroso.

              Existe el riesgo grave de que se nos escape el asunto de las manos.

              Por un clavo una herradura; por una herradura un caballo; por un caballo un reino.

Nunca es malo aconsejar prudencia.

          Si se legalizara el acto de acabar con la vida de alguien para ayudarlo, tal vez se haga daño a gente inocente como abuelos demenciados, y el Estado debe proteger a esa gente.

Tanto la falacia como el argumento legítimo adoptan la forma: Si P en­tonces Q, entonces R, entonces S, entonces T... pero una cadena argumental se construye sobre relaciones causales plausibles y se confirma paso a paso. En la falacia de la pendiente resbaladiza, se menosprecia la plausibilidad de los vínculos causales y se concentra toda la atención en los remotos resultados indeseables.

          Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da impor­tancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Thomas de Quincey.

Pendiente Resbaladiza

Falacia de la Pendiente Resbaladiza o del Dominó


Consiste en una cadena de argumentos que conduce, desde un comienzo aparentemente inocuo, a un final manifiestamente indeseable. Para rechazar una proposición o desaconsejar una conducta apela a consecuencias remotas, hipotéticas y desagradables. Por ejemplo:

           No se puede suprimir el servicio militar obligatorio porque distanciaríamos a los ciudadanos de su compromiso con la nación, lo cual debilitaría nuestra capacidad defensiva y de disuasión, con lo que en la práctica estaríamos invitando a que se abuse de nosotros y no se respeten nuestros intereses, especialmente los comerciales, con las consecuencias inevitables de recesión económica y desempleo. Ya se sabe que cuando esto ocurre la sociedad se siente irritada e insegura, la política se torna inestable y cualquier incidente puede crear un caos revolucionario.

Estamos ante una larga cadena de inferencias del tipo A causa B, B causa C, etc. que culminan en un final tenebroso. La falacia consiste en dar por fundadas consecuencias que no son seguras y a veces ni siquiera probables. Se ampara en la inquietud que desata el resultado final para colar de matute algunas relaciones causaefecto que son refutables (en este caso, todas): es una temeridad dar el primer paso, porque las consecuencias se producirán de modo automático e irremediable. Este ejemplo puede parecer exagerado. De hecho es una deliberada exageración, pero cosas así se escuchan cuando alguien no sabe qué alegar:

          Cuatro órdenes de perturbaciones sociales se pueden estudiar como posibles consecuencias del divorcio: los suicidios, la criminalidad general, la criminalidad en los menores delincuentes, y la criminalidad en los cónyuges. Leizaola.

Se nos presentan las consecuencias como si fueran obligadas cuando distan de ser ni siquiera probables.

             Debieras dejar de fumar porque la debilidad frente a la adicción caracteriza a una personalidad insegura, incapaz de afrontar las respon­sabilidades de un empleo o de una relación. Acabarás sola, infeliz y en la miseria.

Los pasos necesarios para aceptar esta conclusión suponen que todo el que fuma padece un defecto de la personalidad; que los desórdenes de la personalidad conllevan la pérdida del empleo y de las relaciones, y que esto equivale a terminar sola fané y descangallada. Este progresivo deslizamiento hacia la perdición es lo que da nombre al sofisma, conocido también como Falacia del dominó.

         Si los estudiantes no se plantan ahora ante la administración por este problema pequeño, el decanato pensará que tiene luz verde para arrebatarnos otro y otro derecho, hasta no dejar ninguno.

   Florece en abundancia siempre que se discuten innovaciones: servicio militar, legalización de las drogas, reinserción de presos, ampliación de los supuestos legales del aborto, juicios con jurado, o educación laica:

          Los jóvenes no educados en el respeto a Dios, serán reacios a soportar disciplina alguna para la honestidad de la vida y, avezados a no negar nada a su concupiscencia, serán llevados fácilmente a agitar la misma paz del Estado.

En cualquier campaña electoral se nos alecciona generosamente sobre las terroríficas consecuencias que se producirían si llegaran a gobernar los contrarios. Este sofisma, asociado a los ataques personales (Falacia ad hominem), suele consumir las mejores energías de los candidatos sin dejarles ocasión para cosas de mayor sustancia.

         Cualquier recorte en la asistencia sanitaria puede parecer banal, pero es muy peligroso. Los pequeños recortes abren la puerta a los grandes recortes y, finalmente, a la supresión del sistema sanitario gratuito. Si no impedimos esta tendencia, el Gobierno lo interpretará como un guiño de complicidad para acabar con el sistema sanitario público.

   Siempre que rebrota el debate sobre la eutanasia, aparece una abundante cosecha de sofismas sin que falte la pendiente resbaladiza:

          Una vez que una sociedad permite que una persona quite la vida a otra, basándose en sus mutuos criterios privados de lo que es una vida digna, no puede existir una forma segura para contener el virus mortal así introducido. Irá a donde quiera. Dr. Callahan.

Es, en fin, el argumento que nos recuerda que quien mal anda, mal acaba:

                               Yo conocí a un hombre e bien

                               tan cabá como er reló,

                               y se metió en er queré,

                               y en un hospitá murió.

A diferencia de la falacia del Wishful thinking, la que nos ocupa, considera únicamente posibilidades desfavorables y sugiere que las cosas irán mal porque pueden ir mal. Nos invita a confundir la realidad con nuestros temores.

Asociada al Sofisma patético fue muy provechosa para la propaganda exterior del sistema soviético. Las críticas al régimen comunista iniciaban pendientes resbaladizas que contribuían a un desastre inevitable: el fracaso de la Revolución. Los críticos, por tanto, eran traidores contrarrevolucionarios.

Una variedad de esta falacia consiste en rechazar una proposición alegando que puede producir efectos colaterales indeseables. El ejemplo tradicional se refiere al maestro que no permite a un niño llevar su tortuga a la clase de párvulos porque eso le obligaría a dejar que otros niños llevaran también sus mascotas: ¡quizás alguno tenga un elefante!

          La elección de los métodos de enseñanza se debe dejar en manos de los profesores. Si se permite que los estudiantes influyan en este campo, querrán intervenir en otros, incluso en la dirección de la Facultad. Esto conduciría a la ruptura del orden, la disciplina y, en definitiva, a la desaparición de toda docencia universitaria.

Lo que se viene a sugerir es que si se acepta una regla, no faltará quien pretenda aplicarla en otras situaciones que sean claramente indeseables.

Al rechazar la falacia, es preciso no dejarse distraer ni aterrorizar por los derrumbaderos escabrosos que vaticina. No nos interesa la última conclusión, sino examinar las premisas intermedias (del for­mato A causa B) y descubrir cuántas de ellas son refutables o necesitan justificación. Se puede responder de varias maneras, por ejemplo:

        a. Poniendo de manifiesto que la cadena argumental no la forman relaciones causales plausibles, es decir, que se están arrastrando las consecuencias por los pelos. Basta con que podamos detener la cadena en uno de los eslabones. Es como trazar una barrera que impide el deslizamiento por la pendiente.

             La supresión del servicio militar no provoca la indiferencia de los ciudadanos por los problemas de la nación.

        b. Bromeando: Largo me lo fiáis, como decían en el Convidado de piedra, o, si se prefiere: de aquí a cien años todos calvos.

          Suplico a los que anticipan sus temores acerca de los desórdenes que desolarán Fran­cia si se introduce la libertad de cultos, observen que la tolerancia no ha producido entre nuestros vecinos frutos empon­zoñados; y que los protes­tan­tes, inevitablemente con­denados, como todos sabemos, en el otro mundo, se han sabido arreglar de una manera cómoda en éste, sin duda en compen­sación debida a la bondad del Ser Supremo. Mirabeau.

No todos los argumentos que utilizan cadenas de consecuencias inquietantes son falaces. Por ejemplo:

             Debieras abandonar el tabaco. Te deja un desagradable olor en el alien­to, el pelo y la ropa, que molesta a los que se te aproximan.

En este ejemplo, las consecuencias son automáticas e inevitables. Una cadena argumental no es falaz cuando se construye sobre relaciones causales necesarias o plausibles que se pueden confirmar paso a paso.

Con frecuencia se emplea esta argumentación legítimamente para no ceder ante una coacción, una amenaza, o un chantaje:

             Si cede usted esta vez, deberá ceder un poco más la próxima, y así sucesivamente.

No por el hecho de anunciar males se incurre en falacia. Muchos temores están bien fundados y es razonable rechazar iniciativas que no se sabe a dónde conducen:

              Si ofreces el dedo te cogerán el brazo.

              Eso abriría un portillo peligroso.

              Existe el riesgo grave de que se nos escape el asunto de las manos.

              Por un clavo una herradura; por una herradura un caballo; por un caballo un reino.

Nunca es malo aconsejar prudencia.

          Si se legalizara el acto de acabar con la vida de alguien para ayudarlo, tal vez se haga daño a gente inocente como abuelos demenciados, y el Estado debe proteger a esa gente.

Tanto la falacia como el argumento legítimo adoptan la forma: Si P en­tonces Q, entonces R, entonces S, entonces T... pero una cadena argumental se construye sobre relaciones causales plausibles y se confirma paso a paso. En la falacia de la pendiente resbaladiza, se menosprecia la plausibilidad de los vínculos causales y se concentra toda la atención en los remotos resultados indeseables.

          Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da impor­tancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Thomas de Quincey.