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"Las Heridas de la Dictadura"
Discurso del Arzobispo de Chile aportando pruebas sobre las torturas de la dictadura
Enlaces: Derechos Humanos | Dictadura Chilena
"En el ámbito de nuestra convivencia hay heridas que nos restan fuerzas, porque aún sangran"1. Señor Presidente de la República, le agradezco de corazón sus palabras y el aprecio que Ud. manifiesta por el valor real y simbólico del nombramiento que ha hecho el Santo Padre de un nuevo Cardenal en nuestra Patria. Le agradezco así mismo la gentileza de haber invitado a esta Casa de Gobierno a tantos constructores de la sociedad, para que nos encontremos y compartamos fraternalmente nuestras impresiones, pero también nuestras preocupaciones y proyectos.
2. En estos dos días desde mi regreso a Chile, he recibido innumerables muestras de cercanía, de cariño, de apoyo y solidaridad. Ellas hablan más del corazón generoso, acogedor, esperanzado y creyente de nuestro pueblo que de mi propia persona. Y hablan más de la admiración que el pueblo le profesa al Santo Padre y a su mensaje de vida, que a quien él creara Cardenal de la Iglesia.
Pero una mirada más honda, me permite intuir algo muy hermoso: nuestro pueblo tiene una relación muy profunda con Jesucristo, lo considera Maestro y Buen Pastor, Fuente de vida y de esperanza, y ha abierto su corazón al Evangelio del Señor. Es por ello que su mensaje explica muchos rasgos distintivos de nuestra cultura. A mi parecer, por esta relación con Nuestro Señor, se han unido expectativas con mi nombramiento; desproporcionadas si se piensa en mi persona, no tan desproporcionadas si se piensa en la influencia de Jesucristo, cuyo Jubileo acabamos de celebrar, en la historia humana.
3. Esta noche hago uso de la oportunidad de dirigir a tantos constructores de la sociedad una palabra de gratitud por sus iniciativas y afanes en vista del bien de Chile, y de entregar un mensaje de esperanza. Estamos al servicio de un pueblo esforzado y noble, con sentido social y voluntad de futuro.
El año 2010, que será un hito en nuestra historia, se presenta como una gran oportunidad para concitar voluntades al servicio de grandes proyectos, que nos permitan dar un salto cualitativo en nuestro desarrollo y en nuestra interacción con el mundo. Quisiéramos despertar y liberar todas las energías del país para que ellas contribuyan a hacer de nuestro Chile una casa acogedora y fraterna para todos, como también un espacio para la creatividad y las iniciativas de todos, a partir de los aportes culturales y sociales de nuestras etnias.
4. Sin embargo, una y otra vez podemos constatar que algo nos impide mirar con mayor optimismo hacia delante y realizar nuestros sueños de futuro. Nuestro caminar todavía es lento y vacilante. No logramos aunar proposiciones para cumplir las tareas más difíciles, ni emprenderlas con energía.
Una de las razones centrales es ésta: en el ámbito de nuestra convivencia hay heridas que nos restan fuerzas, porque aún sangran. Quisiera nombrar tres heridas. Sangra el cuerpo social del país por la pobreza y por las enormes desigualdades que aún existen en nuestra sociedad. Sufre y sangra la familia, herida por múltiples factores, que inhiben su capacidad de contribuir al tejido humano de nuestra sociedad, si bien sigue siendo el valor más querido por los chilenos. Y sangran las heridas abiertas por palabras y acciones de violencia, que conculcaron la dignidad de personas, familias, agrupaciones e instituciones.
5. Ante el dolor, lo primero que cabe es el silencio y el respeto. Si un hermano sufre, todo el cuerpo social sufre. Y el respeto que se merece el dolor no admite instrumentalizaciones de ningún tipo. Tampoco admite una actitud indolente. Una sociedad que fuera insensible al sufrimiento de muchos de sus miembros, sería una sociedad sin alma.
Quienes tienen una fuerte sensibilidad, sienten como propio el dolor ajeno. Se dicen: ¡cómo sufriría yo si estuviera en su lugar! Y se preguntan: ¿qué esperaría de mis vecinos y amigos, aún de los poderes del Estado, si estuviera en su lugar? Y entre nosotros, sufren los más pobres y marginados; sufren angustias y rupturas muchos hijos y también esposos; se duelen quienes recuerdan humillaciones y duros golpes del pasado. Se acongojan quienes buscan los restos de sus seres queridos, y con ellos padecen también las instituciones que los ayudan en esa larga búsqueda. Y sufren nuestras Fuerzas Armadas y de Orden, por razones antiguas y recientes.
6. Cuando se trata de tareas nacionales, no cabe la sectorización del dolor: como si sólo existiera el dolor de “los míos”, olvidando el dolor de “los otros”. Sobre todo el sufrimiento de quienes han sido o son víctimas de la sociedad o de terceros, y el dolor lacerante de sus familias, debe despertar en nosotros el mayor compromiso de reparación y consuelo. Pero también, junto a las consecuencias graves e injustificables de sus acciones, existe el dolor y el remordimiento de quienes injustamente causaron tanto daño. Y no podemos olvidar el indecible dolor de sus hijos y de sus cónyuges. Una actitud de noble humanismo, y doblemente una actitud genuinamente cristiana, no puede pasar de largo ante ninguna forma de aflicción.
7. Sanar estas heridas es una gran tarea nacional. La solución no vendrá de una persona. Vendrá de un trabajo conjunto, en el cual no debiera haber divisiones, sino voluntad de sumar todos los aportes. Nadie puede marginarse de colaborar en estas tareas. Ellas han de ser abordadas en todas sus dimensiones, globalmente. No lograremos nuestros propósitos con medidas parciales, aisladas. Hay que promover todo lo que favorezca la gestación de una sociedad más fraterna y solidaria, en éstos y en otros ámbitos.
8. Así hemos de trabajar por la superación de la pobreza, por la equidad y la justicia social; por el bien verdadero de la familia; y por el reencuentro de todos los chilenos sobre la base de la verdad, la justicia, el perdón, el arrepentimiento y la clemencia. Se trata de promover la concordia y la verdadera paz: la paz social y la paz en los corazones.
Pensando en esta honda necesidad de la Patria y de nuestras familias, pedí que se me concediera como Iglesia titular en Roma un pequeño y hermoso templo, dedicado a Nuestra Señora de la Paz. Sumémonos en estas tareas. Nos convoca a ellas nuestro compromiso con Chile. Y a los que somos cristianos, a esta tarea nos invita nuestro Señor y Maestro, Jesucristo, que vino a revelarnos nuestra dignidad, y a reconciliarnos con Dios y entre nosotros, y que nos mandó que nos comprometiéramos con el prójimo, siguiendo el ejemplo generoso de su amor.
9. Pero a pesar de muchos esfuerzos no logramos concertar todas nuestras fuerzas para abordar estas tareas grandes nacionales. Contamos con suficientes personalidades capaces de dialogar y de gestar consensos. Pero ocurre que volvemos a prácticas del pasado. En efecto, rápidamente se cae en mutuas desconfianzas, polarizaciones y descalificaciones. Sucede así, porque nos cuesta superar conductas confrontacionales, y porque se suele privilegiar el bien sectorial, de grupo o de partido, por sobre el bien de Chile y de los más afligidos y marginados. La rápida sucesión de elecciones, alienta esta tendencia a hacerse fuertes en trincheras.
Queriendo prestar un servicio, y colaborando con la tarea de quienes están llamados a propiciar el bien de todos, quisiera invitarles a priorizar las tareas primordiales. Ellas deben ser abordadas y emprendidas como tareas nacionales por todos los dirigentes que tengan competencia en la materia, para plasmar amplios consensos que permitan un trabajo constructivo, no exento de costos electorales, pero que el pueblo de Chile sabrá reconocer, descubriendo la generosidad del espíritu que los impulsa y los beneficia. A veces hay que posponer temas y legítimas ambiciones, en vista de la colocación de fundamentos sólidos para el porvenir.
10. A muchos les extraña constatar la mayoritaria apatía de los jóvenes por la actividad política. Sin embargo, conocemos sus acciones solidarias, emprendidas sin descartar a nadie, ni entre los compañeros que se asocian a ellas ni entre quienes se benefician de su servicio. Conocemos también su distanciamiento de cuanto discrimina y excluye. Estoy cierto de que proyectos y acciones nacionales visionarias y propositivas, emprendidas vigorosamente, con respeto mutuo y sin acepción de personas, realizadas realmente en favor de todos, y con una verdadera pasión por dar respuesta a las expectativas de los más necesitados, interpretará y atraerá a muchísimos jóvenes.
11. Quisiera concluir, refiriéndome brevemente a esa profunda herida que sigue sangrando en nuestra sociedad y que proviene de la vulneración del derecho a la vida y a la integridad física durante el pasado reciente. Es conocido el compromiso de la Iglesia - y de otras confesiones religiosas - por el respeto a estos derechos fundamentales a través de la Vicaría de la Solidaridad y de otras instituciones semejantes, que buscaron la verdad, velaron por la justicia y alentaron la solidaridad con las víctimas y sus familiares.
Ha crecido nuestro afecto y respeto por los que sufrieron dichos atropellos. También se mantiene inalterable el respeto por quienes exigen justicia en los Tribunales. Es más, hemos dicho que a nuestro parecer, en vista de la reconciliación, es necesario hacer justicia, al menos en los casos más graves y emblemáticos.
12. Pero la verdad y la justicia no lo son todo. Palabras recientes del Santo Padre me han traído a la memoria el recuerdo de una reflexión del Cardenal don Raúl Silva Henríquez, mientras conversaba en Alemania con chilenos exiliados. A la réplica de una señora, que había perdido en aquellos duros años a seres muy queridos, le respondió desde su congoja que él no podía decir otra cosa: “Sólo perdonando habrá reconciliación”.
No se trata del olvido, sino del perdón. Con ocasión de la cuaresma, el Papa nos ha escrito a los católicos del mundo entero: “El único camino de la paz es el perdón. Aceptar y ofrecer el perdón hace posible una nueva calidad de relaciones entre los hombres, interrumpe la espiral de odio y de venganza, y rompe las cadenas del mal que atenazan el corazón de los contrincantes.
Para las naciones en busca de reconciliación y para cuantos esperan una coexistencia pacífica entre los individuos y los pueblos, no hay más camino que éste: el perdón recibido y ofrecido.” Y consciente de que se trata de una decisión libre, agrega: “Éste es un desafío que concierne a cada individuo, pero también a las comunidades, a los pueblos y a la entera humanidad. Afecta, de manera especial, a las familias.
No es fácil convertirse al perdón y a la reconciliación.” Pero el perdón no es el sentimiento espontáneo del corazón más herido. Por eso escribe Juan Pablo II: “La Iglesia, anunciando el perdón y el amor a los enemigos, es consciente de introducir en el patrimonio espiritual de la entera humanidad una nueva forma de relacionarse con los demás, una forma ciertamente fatigosa, pero rica en esperanza. En esto, ella sabe que puede contar con la ayuda del Señor, que nunca abandona a quien, frente a las dificultades, recurre a Él.”
13. Nuestro país cuenta con el Señor, y puede contar con grandes reservas espirituales. De parte de la Iglesia Católica,y seguramente de muchas otras comunidades cristianas y de otras religiones, haremos todo lo posible por difundir un espíritu realmente fraterno en nuestra sociedad; por hacer crecer el número de quienes asumen la opción preferencial por los pobres, tanto desde el ángulo de la misericordia como desde el ángulo de la justicia y de las estructuras que deben expresarla. Impulsaremos la espiritualidad y la práctica del perdón - del perdón que se pide y que se ofrece – como una exigencia del Evangelio, sin imponerla a nadie, y haremos cuanto esté de nuestra parte por servir a la familia, de manera que ella sea un santuario de la vida, la esperanza y la paz, un lugar de encuentro con la bondad y la sabiduría de Dios. Asimismo para que ella sea una escuela de ciudadanos que dediquen lo mejor de sí a construir nuestra convivencia desde sus mismos fundamentos, y a hacer que Chile crezca entre las naciones, sin doblegarse ante las corrientes que pueden destruir su identidad, y consciente de sus aportaciones para el futuro de la humanidad.





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